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Trazos de las luces El dibujo como instrumento en el proceso creativo del artista español del siglo XVIII

“... fue [el dibuxo] el origen de la Pintura y de la Escultura, y él es quien presta luces y perfecciones á todas las Artes nobles, y aun á los ejercicios mecánicos, y asi como sirve de grande ornamento su uso é inteligencia hasta á los propios Príncipes, hace a los Artistas mas excelentes”1.

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Francisco Preciado de la Vega.Es indudable que gran parte de los elementos definitorios de las Artes en nuestro Siglo de las Luces no brotan súbitamente sino que anclan sus raíces en los postreros años de la centuria precedente. En España por ejemplo a medida que nos adentramos en las décadas ilustradas la estancia en Roma se va conformando para el artista en un episodio esencial en sus estudios y por lo tanto en el correcto discurrir de sus carreras profesionales. No obstante a pesar de que en el siglo XVII la nómina de autores que encabezan sus méritos con esta etapa formativa resulta bastante restringida, se comienzan a esbozar ciertos patrones para esta peregrinación artística a la Ciudad Eterna. El caso personificado por Sebastián Muñoz es quizás uno de los que mejor puede encarnar esta prefiguración de venideros escenarios para el mundo del dibujo. Las dos academias de este pintor que comparecen a esta exposición (cat. n.º 1) constituyen un testimonio perfecto de esta incipiente irrupción de nuevos parámetros clasicistas en el proceso formativo. Su trascendencia radica en ser el impulsor de la tentativa inaugural para el establecimiento de una academia de pensionados españoles en Roma que no llegaría a fraguar hasta mediados del siglo XVIII con Francisco Preciado de la Vega. Además Muñoz acudirá en la capital de las Artes al taller de Carlo Maratta dando inicio a una línea de inspiración clasicista que articulará toda la evolución de las Pintura de la centuria enciclopedista. No debe ser postergada la circunstancia de que en 1775 la academia de San Fernando adquirirá su colección de dibujos procedente de la viuda de Andrea Procaccini, inmejorable corolario de la comparecencia de Antón Rafael Mengs al feudo hispano.

La comparecencia del siglo XVIII, a pesar del cambio dinástico, no se debe interpretar como un momento de ruptura sino mas bien de reglamentación de bastante elementos que en las décadas precedentes se venían ya practicando de una manera casi intuitiva. Con la irrupción de la Academia en el panorama artístico hispano la práctica del dibujo se formula como la base de toda educación artística y además se reglamenta el estudio del desnudo. El rígido proceso formativo que dicta esta institución estipula el progreso de sus discípulos a través de una sistemática reproducción de láminas, yesos y finalmente del natural. Las academias de Vicente Camarón (cat. n.º 12) son resultado directo de esta práctica de copia de láminas de maestros que se habría de perpetuar en España hasta bien avanzado el siglo XIX. Los desnudos de Sebastián Muñoz son corolario de una búsqueda de humanización de la escultura que presidirá la centuria enciclopedista aunque coexistiendo con un auténtico retorno a la naturaleza como fuente de inspiración. Las palabras de Francisco Goya vertidas en 1792 con motivo de una reforma de los planes de estudios en San Fernando son bastante reveladoras en este aspecto Francisco Goya defiende en 1792 el regreso a la naturaleza:

José del Castillo. Autorretrato
dibujando en Roma. “Cuadernos
de Italia” vol. III. Madrid,
Museo del Prado.
Luis Meléndez.
Autorretrato. París, Museo
del Louvre.

“¿Qué escándalo no causará el oir despreciar la naturaleza en comparación de las estatuas griegas, por quien no conoce ni lo uno ni lo otro, sin atender que la más pequeña parte de la naturaleza confunde y admira a los que más han sabido!”.

En España el dibujo quizás componga uno de los espacios donde se revela de manera más tangible la progresiva introducción de unos nuevos parámetros artísticos. Estos trazos esgrimidos a modo de herramienta de observación van cobrando a lo largo del siglo XVIII un protagonismo cada vez mayor. El paradigma de esta práctica es Francisco Goya que a partir de la realidad que le rodea, arranca simples apuntes de figuras con la intención de captar la fugacidad de un gesto o una actitud. Pero no se debe arrinconar la presencia de otros contemporáneos suyos como José del Castillo que nos han legado asimismo algunos de las más bellos ejemplares de esta moderna actitud. Algunas de las hojas de su taccuino italiano presentadas fuera de este contexto podría llegar a confundirse por su inmediatez con los esbozos del natural del francés Jean-Antoine Watteau. El autorretrato de Castillo dibujando en Roma está planteado para los ambientes más reservados de su formación y contrasta con su dibujo del San José (cat. n.º 7) fiel exponente de los más estrictos requerimientos de las instancias oficiales que estaban financiando sus estancias en la Ciudad Eterna. Es bastante significativo que los artistas españoles del XVIII pueden compaginar tendencias tan antagónicas por lo que el dibujo se erige para ellos en un magnífico terreno de libertad creativa que no pueden disfrutar en la realización de sus encorsetadas pinturas de encargo.

De modo concurrente el dibujo representa el territorio idóneo para profundizar en el particular método creativo de cada artista al ilustrar con bastante nitidez el proceso de gestación de una obra. De entre la nómina de pintores que conforman el panorama madrileño del denominado Siglo de las Luces los que mejor personifican técnicas de trabajo más antagónicas quizás sean Francisco Bayeu y Mariano Maella. Aunque paradójicamente ambos sean discípulos directos de Antón Rafael Mengs, la severa disciplina formal de los apuntes del aragonés contrasta con la desbordante libertad creativa sobre el papel del valenciano. Francisco Bayeu procede a sellar su experimentación compositiva con sus pormenorizados estudios parciales por lo que resulta bastante extraño José del Castillo. Autorretrato dibujando en Roma. “Cuadernos de Italia” vol. III. Madrid, Museo del Prado. Luis Meléndez. Autorretrato. París, Museo del Louvre.

advertir pentimenti en sus bocetos. No obstante su eterno émulo Mariano Maella, al igual que practicara el universal Goya, prolonga sus tanteos sobre el lienzo e incluso es bastante frecuente la localización de dibujos planteados después de tomar los pinceles con objeto de resolver una figura concreta para no continuar emborronando el cuadro. Los diseños del aragonés presentados en esta exposición (cat. 4 y 5) constituyen ejemplares bastante representativos de la multitud de bosquejos con que comparecerá el pintor de manera previa a abordar un llamamiento palatino. Mientras que los de Maella (cat. 2 y 3) responden a un personal proceso de diseño y rectificación simultánea que hace inconfundible la grafía de este Pintor de Cámara sobre los pliegos de papel. Además el proyecto para el claustro de la catedral de Toledo luce la cuadrícula indispensable para trasladar su escena al modelo y materializarla más adelante con la técnica del fresco. En ambos artistas los estudios de luces y sombras aparecen perfectamente resueltos por lo el diseño emerge únicamente a falta de colorido.

Francisco de Goya. Retrato
del arquitecto Ventura Rodríguez.
Estocolmo,
Nationalmuseum.
Escuela Española ffs. Siglo
XVIII. Retrato del ingeniero Mateo
del Castillo. Colección
particular.

 

Además los proyectos de arquitectos y a menudo los de escultores ostentan hacia la posteridad un trascendente valor añadido al componer el instrumento preceptivo con el que en su momento comparecería el autor ante su comitente en búsqueda del ansiado pláceme. En el caso de los pintores, son ciertamente restringidos los momentos en que un dibujo puede desempeñar la función de boceto de presentación. Este cotidiano carácter de selección aparece ejemplarizado en esta muestra por el modelo de Ventura Rodríguez (cat. 8) que es representativo de la sofisticación necesaria para satisfacer el grado de exigencia de un mecenas de la categoría del infante don Luis. No obstante en contadas ocasiones el promotor de una comisión pictórica llegará a admirar la fuerza de los diseños preparativos así como los embrionarios estadios de la composición que quedan así relegados a los espacios más íntimos del obrador. En este apartado sin embargo se debe hacer una salvedad con los diseños esbozados con objeto de materializar más adelante una estampa. La aguada de Antonio Carnicero (cat. 11) concebida con idénticas dimensiones que su correspondiente grabado de Joaquín Fabregat adquiere el valor añadido de erigirse en una obra de arte definitiva.

En España en el curso del siglo XVIII el dibujo mas que nunca se enarbola como un inestimable vehículo de transmisión artística. Durante la Ilustración hispana perviven todavía ciertas prácticas gremiales de centurias precedentes por lo que los talleres particulares logran una convivencia con las sesiones docentes de la academia de San Fernando. De ahí que diseños como el de ropajes de Francisco Bayeu (cat. n.º 6) serían atesorados en el obrador del aragonés no sólo con el propósito de poder ser reutilizados más adelante en su carrera sino como objeto de estudio para futuros discípulos. Por el contrario en otras ocasiones se tropieza asimismo con actitudes de índole completamente inversa, como la de Mengs que no duda en destruir todos sus dibujos preparatorios en un triste episodio que nos ha legado Ceán Bermúdez: “y se conservarian muchos mas, si por la escrupulosidad no hubiese encendido con ellos y con sus bocetos la chimenea ántes de partir á Roma la última vez, como lo he visto en Madrid con harto dolor mio”2. Se puede especular bastante sobre las razones que movieron a un artista de la vocación docente del bohemio a impedir que estos fragmentarios retazos de sus comisiones esbozadas para Carlos III se perpetuaran para la posteridad. Una de las explicaciones más viables quizás sea que para este dictador de las Artes sólo detentaban la categoría de meras herramientas de trabajo y no constituían creaciones dignas de estudio por venideras generaciones. Frente a estos estrictos postulados academicistas es evidente que a lo largo del siglo objeto de nuestro texto ciertos aspectos como el carácter inconcluso adquieren un desconocido valor y se admira como auténtico vestigio del genio creador que inspira a los artistas.

En el curso de esta centuria en nuestro país se va forjando la imagen del dibujo como un documento de la personalidad de su creador constituyendo una posible constatación de este proceso la nueva tipología de retratos de artistas que irrumpe con fuerza en la iconología hispana. Algunos de los componentes más frecuentes en la configuración de estas efigies como paletas, pinceles, compases o cinceles van siendo relegados a favor de estos trazos sobre el papel que ensalzan la genialidad de los retratados. En el autorretrato de Luis Meléndez su joven autor comparece ante el espectador, con una vanidad que roza la altanería, ostentando una de sus academias a modo de alegoría de su precoz status académico y preámbulo de una prometedora carrera. La amenazante presencia de este bodegonista español contrasta con la contenida compostura con la que la que Ventura Rodríguez parece explicar a un anónimo interlocutor su proyecto para la capilla de la Virgen del Pilar en Zaragoza. En este retrato, Francisco Goya se ha servido de uno de los proyectos de los que con toda seguridad el arquitecto se descubría más orgulloso como testimonio de una prolija y consolidada trayectoria profesional. Otro ministerio del dibujo nos lo brinda la representación inédita del ingeniero de caminos Mateo del Castillo, donde el alzado de un puente imaginario se erige en un sutil instrumento de ennoblecimiento de una profesión en búsqueda de su afianzamiento en el horizonte artístico de la Ilustración. Cada pintor en su lienzo se sirve del dibujo como vehículo de transmisión a la posteridad de conceptos ciertamente dispares. Pero lo que manifiestan todas estas pinturas es como en los ambientes académicos dieciochescos se concibe el diseño como la base de todas las Artes y como durante el Siglo de las Luces se vino finalmente en dignificar la presencia del Dibujo.

josé manuel de la mano

1 Preciado de la Vega, Francisco. Arcadia Pictórica en sueño, alegoría o poema prosaico
sobre la teórica y práctica de la Pintura. Madrid, 1789, p. 38.
2 Ceán Bermúdez, Juan Agustín. Diccionario histórico de los mas ilustres profesores de
las Bellas Artes en España. Madrid, 1800, t. III, p. 128.

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