Miradas de
la Ilustración.
El ámbito institucional y privado en el retrato español
del siglo XVIII
Por José de la Mano
También disponible
en PDF
La imperiosa necesidad del género humano
por perpetuar su memoria a través de su imagen ha legado
a la posteridad algunas de las obras de arte más significativas
de la Historia del Arte. En España en el género
del retrato acontece en el curso de la centuria enciclopedista
radicales transformaciones que sientan las bases de venideras
centurias. El repertorio de efigies que se han seleccionado para
esta exposición personifican dispares funciones de la imagen
como instrumento de propaganda institucional o personal. El siglo
XVII había ido recargando los interiores donde comparecían
los retratados, estos recursos compositivos barrocos irán
desapareciendo a favor de una mayor sencillez. De ahí que
las décadas ilustradas conlleven no sólo la reinterpretación
de anteriores códigos de representación sino también
la eclosión de nuevos prototipos que respondieran mejor
a las peticiones de nuevos grupos sociales en ascenso. Se ha intentado
en esta selección la localización de ejemplares
de las funciones más habituales dentro de la comisión
de un retrato.
El papel institucional del retrato quizás sea el más
frecuente en la génesis de llamamientos pictóricos
vinculados a la familia real. La imagen inédita de María
Luisa de Parma bosquejada por Mariano Salvador Maella que se presenta
en esta exposición instaura un auténtico paradigma
de las complicaciones que este tipo de representaciones pueden
suscitar a un pintor. Las radiografías practicadas a este
lienzo vienen sin duda a esclarecer los sucesivos estadios del
proceso creativo del valenciano. Los numerosos arrepentimientos
compositivos ratifican quizás la angustiosa necesidad de
su autor por mantener la confianza de unos recién proclamados
monarcas.
Pero además la inclusión unos años más
delante de la banda e insignias de la orden de María Luisa
sancionan la obligatoriedad de actualizar en todo momento estos
lienzos que en cierto modo todavía venían a suplir
la presencia regia en organismos oficiales. En el curso del Siglo
de las Luces resulta innegable que en este capítulo regio
la mayor parte de las pautas de representación anclan sus
raíces en centurias precedentes. No obstante la irrupción
de artistas de la categoría de Francisco de Goya vendrá
a conferir un vuelco a efigies de naturaleza tan tradicional.
Durante el siglo XVIII el retrato que actúa como regalo
resultó otro de sus destinos más cotidianos por
lo que este apartado comparece ampliamente representado en esta
muestra. Las miniaturas por ejemplo se erigen en preciados presentes
diplomáticos no sólo por su elevado valor económico
sino también por ejercer un relevante papel propagandístico
de la monarquía hispana. Gran parte de estas pequeñas
efigies reales se presentaban engastadas en lujosos joyeles que
con su valor material garantizaba la lealtad de agasajados funcionarios.
En la actualidad estas imágenes sobre marfil han perdido
en gran parte de los casos sus suntuosos engarces relumbrando
tan sólo su tremenda calidad artística. Otro producto
de este trascendental capítulo del mundo del retrato lo
constituye el lienzo de Antonio Carnicero que inmortalizó
a Prudencio María de Verastegui. La diputación de
Álava no encontró mejor homenaje a su último
Diputado General que la comisión a Madrid de este lienzo.
Este retrato actuó a modo de presente institucional y la
riqueza la daba la importancia del autor que la había materializado.
La documentación localizada para este encargo además
facilita datos de cómo se realizaban retratos a distancia.
De esta manera el parecido con el homenajeado pierde fuerza ante
la correcta reproducción de sus uniformes.
El ministerio del retrato en el restringido ámbito privado
va modelando en el siglo XVIII infinitas facetas desconocidas
hasta la fecha. En la centuria enciclopedista la sociedad hispana
comienza a no tener tan claras las fronteras entre clases de centurias
precedentes. Emergente estamentos sociales detentan ya los recursos
para vivir y vestir con análogo status que los linajes
más poderosos, mientras que la soberana y damas nobles
no presentan reparo alguno en posar ante los pintores ataviadas
de majas. Esta confusión formal, que no estamental, que
impregna la España del Antiguo Régimen tiene una
repercusión directa en el campo del retrato a través
de la orquestación de nuevos códigos de identificación
de la nobleza. En el proyecto fechado en 1791 para la institución
de una Real Orden de Damas de la Reina María Luisa, don
José de Vallugera y Núñez expone ya esta
preocupación: “... Es sin duda la nobleza el carácter
más estimado entre los mortales, y quanto más brilla
en vasallos, se aumenta el resplandor del Soberano. Los Grandes
de España, Títulos, Caballeros militares y nobles
se distinguen de los plebeios, aunque no sea más que por
la espada, pero las Damas se hallan confundidas, por los trages,
con toda clase de mugeres, a causa del incremento que tomó
el luxo. Si antes no era lícito a los plebeios vestir sedas
ni usar galones, oy no sería ventajosa la prohibición,
porque padecería el comercio”1. La creación
de una orden como distinción de las damas frente a otras
sin linaje refrenda sin duda esta intranquilidad a la hora de
comparecer en público o sobre un lienzo de las damas españolas
de origen nobiliario.
La precisión de ciertos grupos
sociales ascendentes por articular en la comisión de sus
retratos unos nuevos parámetros de identificación
resulta una constante en nuestro país a lo largo de todo
el siglo XVIII. En este apartado es donde en esta exposición
comparece el mayor número de novedades. El funcionario
Esteban de Mendizábal remite por ejemplo desde la Ciudad
Eterna a su familia de Madrid una efigie, testimonio de los tempranos
éxitos alcanzados en su carrera diplomática. Para
ello elige a uno de los pintores de la Miradas de la Ilustración
El ministerio del retrato en el restringido ámbito privado
va modelando en el siglo XVIII infinitas facetas desconocidas
hasta la fecha. En la centuria enciclopedista la sociedad hispana
comienza a no tener tan claras las fronteras entre clases de centurias
precedentes.
Emergente estamentos sociales detentan ya los recursos para vivir
y vestir con análogo status que los linajes más
poderosos, mientras que la soberana y damas nobles no presentan
reparo alguno en posar ante los pintores ataviadas de majas. Esta
confusión formal, que no estamental, que impregna la España
del Antiguo Régimen tiene una repercusión directa
en el campo del retrato a través de la orquestación
de nuevos códigos de identificación de la nobleza.
En el proyecto fechado en 1791 para la institución de una
Real Orden de Damas de la Reina María Luisa, don José
de Vallugera y Núñez expone ya esta preocupación:
“... Es sin duda la nobleza el carácter más
estimado entre los mortales, y quanto más brilla en vasallos,
se aumenta el resplandor del Soberano. Los Grandes de España,
Títulos, Caballeros militares y nobles se distinguen de
los plebeios, aunque no sea más que por la espada, pero
las Damas se hallan confundidas, por los trages, con toda clase
de mugeres, a causa del incremento que tomó el luxo. Si
antes no era lícito a los plebeios vestir sedas ni usar
galones, oy no sería ventajosa la prohibición, porque
padecería el comercio”1. La creación de una
orden como distinción de las damas frente a otras sin linaje
refrenda sin duda esta intranquilidad a la hora de comparecer
en público o sobre un lienzo de las damas españolas
de origen nobiliario.
La precisión de ciertos grupos
sociales ascendentes por articular en la comisión de sus
retratos unos nuevos parámetros de identificación
resulta una constante en nuestro país a lo largo de todo
el siglo XVIII. En este apartado es donde en esta exposición
comparece el mayor número de novedades. El funcionario
Esteban de Mendizábal remite por ejemplo desde la Ciudad
Eterna a su familia de Madrid una efigie, testimonio de los tempranos
éxitos alcanzados en su carrera diplomática. Para
ello elige a uno de los pintores de la colonia española
en Roma, Carlos Espinosa, aunque se decanta por retratarse según
la moda que estaba imponiendo Batoni, al igual que gran parte
de los nobles que se instalaban en esta capital como escala en
el Gran Tour. La efigie del ingeniero Mateo del Castillo resulta
asimismo sintomática de una presentación profesional
ennoblecida. Viene a ensalzar su profesión y su persona
a través del lienzo. En ambos casos los retratos no saldrían
del restringido ámbito familiar pero el comitente no se
resiste a inmortalizar sus éxitos.
josé de la mano
1 Proyecto de una Real Orden de Damas de la Reina
Luisa. Archivo del Ministerio de Asuntos Exteriores, Condecoraciones,
c ª 11. Floresta, Marqués de la. La Real Orden de
Damas Nobles de la Reina María Luisa. Segovia, Real Sociedad
Económica de Amigos del País, 1998, p. 355.
Claudio Coello 6 28001 Madrid tel.
(34) 91 435 0174
galeria@josedelamano.com
|