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MATÍAS DE TORRES

(Aguilar de Campoo, Palencia, 1635-Madrid, 1711)

 

Cuenta Ceán Bermúdez en el Diccionario Histórico, publicado en Madrid en 1800, que Matías de Torres recibió su primera formación con “un pintor vulgar y de tienda” –es decir, lo más bajo en la escala de valores del XVII hispano- que era, además, su tío, de nombre Tomás Torriño. De una declaración firmada por él en 1694 se deduce que se trasladó a Madrid con once años, es decir, hacia 1646, en pleno apogeo velazqueño en particular y madrileño en general. A lo que aprendió con su tío debió añadir Matías lo que sacaba de sus estudios a partir de originales de Francisco de Herrera el Mozo, que llegó a la Villa y Corte rondando el año 1657, experiencia que dejó huella indeleble en su arte. Consiguió trabajo en el alcázar, donde pintó al fresco algunas habitaciones de las que nada se conserva tras el devastador y celebérrimo incendio de 1734. También se dedicó, según Ceán, al arte efímero, en “obras siempre apresuradas que dexan más utilidad pecuniaria que buen nombre”; en particular, su nombre está ligado a las fiestas por la canonización de Santa Rosa de Lima en 1671 y las tramoyas y decoraciones que se montaron en Madrid para la fastuosa entrada de María Luisa de Orleans en 1679; con Claudio Coello y José Donoso trabajó también en la preparación del llamado Cuarto de la Reina en el alcázar, quizá por su prestigio como trabajador rápido y eficaz. Pintó con gracia paisajes y batallas, y lo mejor de su arte se manifiesta en lo menudo y delicado, en los cuadros de pequeño formato que transpiran influencias de Rubens y los Bassano y, cómo no, de las estampas flamencas que circulaban profusamente en el Madrid del finales del siglo XVII. Véase si no la Adoración de pastores que hoy guarda la galería, de gama cálida y refinada y cierta delicadeza propia del pintor que se manifiesta particularmente en los niños y en las figuras femeninas. En ocasiones abundaba en el claroscuro, circunstancia que nos dejó una divertida anécdota narrada por Palomino en su Parnaso Español, de 1724; cuenta que un día el pintor Francisco de Solís fue preguntado por un acompañante qué santo se representaba en un cuadro de San Diego que Matías había pintado para el Convento de la Victoria, y contestó Solís que “San Brazo”, por ser ésta la única zona del lienzo que podía verse, perteneciente a una figura secundaria pintada en primer término, historieta que, verdadera o no, sirvió a Palomino para justificar una de las lecciones que había dado en el tomo primero de su obra El Museo Pictórico y Escala Óptica, a propósito del reparto equilibrado de luces y sombras en los lienzos. La obra más famosa de Matías de Torres es el retablo que pintó para la iglesia de la Trinidad en Atienza, entre 1668 y 1670. Al final de su vida se ayudó de su hijo Gabriel, pero como éste murió antes que él, y también sus hijas, que habían consumido con sus dotes los ahorros del pintor, a la pena por la definitiva pérdida se sumaron las penurias económicas; Matías de Torres murió en la extrema pobreza y fue enterrado de limosna en la madrileña parroquia de San Luis, en 1711.

Adoración de Pastores

 

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