Escuela Española,
Retrato de Mateo
del Castillo

Retrato de Mateo del Castillo1808
Óleo sobre lienzo. 157 x 122 cm
También disponible en PDF
Quiso nuestro protagonista hacerse
retratar por uno de los mejores pintores de la Corte. Su mirada,
segura y satisfecha, delata el orgullo de quien se siente admirado
por lo que el espectador puede contemplar y descubrir en el lienzo:
a un hombre maduro, de casi treinta siete años de edad,
vestido de forma elegante y rodeado por los atributos más
señalados de su profesión. Despliega entre sus manos
la traza de un puente, situada en el centro de la composición,
en la que se lee con toda claridad el lugar donde fue proyectado,
Madrid; la fecha, el 30 de marzo de 1808; y la firma de su autor,
Mateo del Castillo1.
Datos suficientes para identificar
a este personaje con el que nació en Riotuerto (Cantabria)
en torno al año 1771, fruto del matrimonio entre Domingo
del Castillo y Ana María Gómez. Desde sus inicios
la biografía profesional de Mateo estuvo estrechamente
unida a la de su hermano Diego (1769), con quien compartiría
su primera formación a la vera de su padre, un modesto
maestro de obras, y más tarde en las aulas de la Real Academia
de Bellas Artes de San Fernando2. Formaron parte de una generación
de arquitectos que, nacida en la tradición de un grupo
familiar anclado en la práctica manual, donde nunca faltaron
canteros y maestros de obras, supo actualizar su modelo formativo
con las enseñanzas aprendidas en la nueva institución
académica, en cierto modo, obligados por los cambios introducidos
en el ejercicio de esta profesión.
Con el título de arquitectos
aprobados por la Academia de San Fernando, los hermanos Castillo
centraron su actividad en la práctica caminera que tanto
desarrollo alcanzaría en España en las últimas
décadas del siglo XVIII. En este caso, en la ingeniería
civil, que sin tener claramente definidos sus límites y
competencias trataba de independizarse del dominio ejercido por
los ingenieros militares. Tras varios trabajos decorativos realizados
en diferentes iglesias madrileñas, Diego quedaría
adscrito al ramo de obras públicas en 1795, en el que desarrollaría
algunos proyectos de puentes y carreteras en el centro peninsular.
Ambos tendrían el honor de
formar parte del primer cuerpo facultativo de la Inspección
General de Caminos y Canales, creada por Real Orden de 12 de junio
de 17993. Aunque siguió vinculada a la Dirección
General de Correos, dependiente a su vez de la Secretaría
de Estado, nació al separarse de aquella. Se trató
del primer órgano técnico que de forma organizada
y competente se ocupó en exclusiva del control, proyección
y ejecución de las Obras Públicas en España.
Y más importante aún, los técnicos de esta
Inspección pasaron a formar parte del cuerpo de ingenieros
de Caminos y Canales, embrión de esta ilustre carrera que
alcanzaría sus cotas más elevadas en décadas
venideras.
Los Castillo quedarían englobados
en el grupo de facultativos encargados de los caminos de los Sitios
Reales, en calidad de “arquitectos conservadores”,
muy probablemente en compañía de Francisco Javier
Mariategui (1776-1845) y Manuel Martín Rodríguez
(1746-1823). Una posición que se mantendría invariable
a pesar de la reforma impulsada en 1803 por el nuevo inspector
de Caminos y Canales, Agustín de Betancourt; y por la llegada
de las primeras promociones de ingenieros formados en la nueva
Escuela dirigida por José María Lanz.
Con esta categoría profesional
sería retratado Mateo del Castillo, vestido tal vez con
el uniforme de los facultativos de la Inspección. La traza
fue firmada pocos días antes de que estallara la Guerra
de la Independencia, que le debió de sorprender en Madrid.
Diego se encontraba trabajando en su tierra natal, donde no tardaría
en participar en arriesgadas acciones bélicas contra las
tropas invasoras. Una etapa histórica dramática,
en la que los ingenieros de los Sitios Reales permanecieron fieles
a la causa monárquica, sin que conste su colaboración
con el gobierno ocupante. Una filiación que se mantendría
en los lustros siguientes, en un contexto muy negativo para el
cuerpo de ingenieros que, como otros estamentos técnicos
y científicos herederos de la Ilustración, se había
declarado mayoritariamente progresista y liberal. Circunstancias,
muchas veces convertidas en represalias contra sus compañeros,
que en ningún caso afectaron –hasta lo que hoy se
sabe— a Mateo del Castillo, quien siguió manteniendo
una actividad profesional muy discreta, alejada de estos avatares
políticos. Tuvo tiempo de ver, antes de morir en 1836,
la definitiva separación de los ramos de Caminos y Correos
(1833) y la división del cuerpo de ingenieros civiles en
las inspecciones de Caminos y de Minas (1835).
El pintor sin nombre conocido que
retrató a don Mateo del Castillo, lo situó junto
a su mesa de trabajo, con la silla girada hacia el espectador,
en una posición forzada ya utilizada por Francisco de Goya
en los retratos de Gaspar Melchor de Jovellanos (Museo del Prado)
y de Ferdinand Guillemardet (Museo del Louvre). Casi todos los
objetos que le rodean ilustran el perfil profesional que hemos
tratado de resumir en las líneas anteriores. El libro de
gran formato que descansa detrás de la silla, en el que
asoma una lámina de un alzado de orden compuesto, hace
alusión a su aprendizaje de la teoría arquitectónica
en el seno de la Academia de San Fernando. Incide en uno de los
aspectos más interesantes que se repite en las biografías
de varios ingenieros civiles de la primera Inspección.
Alcanzaron esta cualificación desde la teoría y
la práctica de la Arquitectura. En algunos casos tras complementar
las clases de la Academia con el trabajo en los talleres de prestigiosos
profesionales. El cartabón y el compás que aparecen
sobre la mesa reafirmarían esta vinculación.
Más dudas ofrece la presencia
destacada de un globo terráqueo. En uno de sus soportes
se puede leer con claridad la palabra “MÉRIDIEN”
y más arriba, también en francés “DEGRÉS
D’ELEVATION”. Pudiera tratarse de un simple recurso
decorativo que animara la sensación de vacío producida
por el fondo neutro del cuadro; pero, a la vista de la intención
narrativa con que fueron pintados los demás objetos, es
probable que sirviera para singularizar algún aspecto estimado
por el retratado. Las hipótesis –que no han podido
ser corroboradas documentalmente— señalan al cuerpo
de ingenieros cosmógrafos y a las expediciones franco-españolas
que abordaron la medición del arco de meridiano Dunkerque-Barcelona,
en la búsqueda de una unidad de medida universal. En el
primer caso es bien conocida la adscripción a este cuerpo,
establecido en el Real Observatorio Astronómico de Madrid,
de tres importantes facultativos de la Inspección de Caminos:
José Agustín de Larramendi, Francisco van Baumberghen
y José Chaix. Los dos primeros como comisarios desde 1799,
el tercero incorporado en esta misma categoría pocos años
después. Pero además este último formó
parte de las tres comisiones científicas que abordaron
la medición del citado meridiano en suelo hispano, primero
desde la frontera gala hasta Barcelona y a partir de 1803 desde
la capital catalana hasta Valencia y las Islas Baleares. La tercera
campaña, en la que también participaron Jean-Baptiste
Bioy y François Arago, por parte francesa, y José
Rodríguez González, se desarrolló entre 1806
y 1807, poco tiempo antes de que se pintara el retrato de Castillo.
Aunque las fuentes históricas no confirman su vinculación
al cuerpo de ingenieros cosmógrafos y menos aún
a las campañas del meridiano, quede manifiesta esta circunstancia
y la posibilidad de que Mateo simpatizara con el proyecto geodésico.
Como ingeniero de Caminos sería una manera más de
reivindicar el carácter técnico y científico
de su profesión.
Por último llamar la atención
sobre el elemento que vincula directamente a Mateo del Castillo
con la práctica de la ingeniería civil, la traza
de un puente que sujeta con sus manos. La ausencia de un nombre
o de una localización específica acentúan
el carácter especulativo del proyecto que, como si se tratara
de un ejercicio técnico, pretendería demostrar la
pericia de su autor, capaz de construir un puente con tres Arcos
de 70 pies cada uno de luz.
Se trata de una estructura muy innovadora
en el panorama edilicio español, con un tablero de rasante
horizontal sostenido por tres arcos escarzanos iguales y dos pilas
de planta semicircular en sus tajamares. Las ventajas de este
tipo de arcadas eran notorias cuando se trataba de salvar corrientes
de gran amplitud que discurrían sin mucho desnivel respecto
a las riberas. Permitía aumentar la luz de los vanos de
forma significativa y rebajar el perfil de los alzados, aligerando
la gravitación del conjunto. Su construcción, como
reconocía el propio Alberti, hacía necesario el
reforzamiento de los apoyos situados en las orillas pues los empujes
horizontales se multiplicaban en ambas direcciones.
Tal vez la dificultad constructiva
y los inconvenientes estructurales del arco rebajado hicieron
que su uso, conocido desde el Bajo Imperio, se fuera perdiendo
hasta su definitiva recuperación en el siglo XVI. Y sería
en Francia donde este sistema alcanzaría un desarrollo
imparable en la Edad Moderna. El hito que marcaría para
siempre esta evolución llegaría de la mano del ingeniero
Jean-Rodolphe Perronet (1708- 1794) y su puente de Neuilly levantado
sobre las aguas del Sena. S proceso de construcción (1768-1774),
el encimbrado simultáneo de toda su estructura, los avances
técnicos incorporados al proyecto y su espectacular puesta
en escena, marcaron un antes y un después en la ingeniería
de los puentes de fábrica. Fue articulado con cinco arcos
con luces de casi 40 metros y pilas de un grosor muy reducido
para la época, de apenas 4,30 metros, lo que suponía
1/10 con respecto a la luz de aquellos. Un adelanto, sin duda
revolucionario, que pronto sería conocido en toda Europa
gracias a la publicación de las obras de Perronet, ilustradas
con estampas explicativas.
Pues bien, Mateo del Castillo retomó
este intrépido planteamiento del ingeniero francés,
introduciendo arcadas de casi veinte metros de luz sostenidas
por dos pilas con tajamares romos. Una licencia, esta última,
que podría parecer una rémora del pasado pero que
en realidad suponía ahondar aún más en los
beneficios de este sistema pues la escasa gravitación de
los arcos permitía aligerar el grosor de sus soportes,
hasta convertir su propia planta en unos auténticos estiletes
que dividían las aguas. En definitiva, un proyecto que
no tenía parangón en la ingeniería española
de su tiempo. Un verdadero salto cualitativo, más sorprendente
aún si tenemos en cuenta que los vanos de los mejores puentes
españoles del siglo XVIII no alcanzaban la docena de metros.
Todo ello nos llevaría a pensar que la mirada de satisfacción
y orgullo del retratado vendría motivada por esta especie
de “no va más” o “tour de force”
planteado con su traza. Sin duda que un proyecto excepcional,
aunque fuera sobre el papel, en la historia de esta disciplina
técnica.
juan luis blanco mozo
1 El presente
texto es una versión abreviada del artículo dedicado
a la biografía y trayectoria profesional del retratado,
en Blanco Mozo, Juan Luis, “Mateo del Castillo y Gómez
(ca. 1771-1836), ingeniero de la Inspección General de
Caminos y Canales”, en Revista de Obras Públicas,
año CL, n.° 3436, Madrid (sept. 2003), pp. 41-52.
2 A falta de
documentos directos que nos ilustren sobre la vida de Mateo del
Castillo, su trayectoria biográfica se sostiene en los
datos extraídos de un memorial de Méritos y servicios
de su hermano Diego, publicado en Sazatornil Ruiz, Luis, Arquitectura
y desarrollo urbano de Cantabria en el siglo XIX, Cantabria, 1996,
p. 196; e Ídem, Catálogo monumental de Liérganes,
Santander, 1997, pp. 55-56.
3 Alzola y Minondo,
Pablo, Las Obras Públicas en España. Estudio histórico,
Madrid, 1899 (ed. de Madrid, 1979), pp. 325-327; Rumeu de Armas,
Antonio, Ciencia y tecnología en la España ilustrada.
La Escuela de Caminos y Canales, Madrid, 1980, pp. 267-269; Sáenz
Ridruejo, Fernando, Ingenieros de caminos del siglo XIX, Madrid,
1990, pp. 1-3; e Ídem, Los ingenieros de caminos, Madrid,
1993, pp.
Claudio Coello 6 28001 Madrid tel.
(34) 91 435 0174 galeria@josedelamano.com
|