La
galería José de
la
Mano
nos permite hoy recuperar la obra de los cincuenta de un
artista perdido en las páginas de nuestra historia. Se trata de Joan
Puig Manera (Olot, 1921), un pintor catalán, formado en
la Escuela
de Bellas Artes de
San Jordi que, allá por los cincuenta, se marchó a París
para poder conocer la vanguardia; y que no sólo la conoció, sino
que se integró en la escena artística francesa con éxito.
Su historia
es la historia de una generación de postguerra que se vio obligada a
partir, no tanto por convicciones políticas –que las había–, sino
por ambiciones profesionales. Y es que los años de posguerra, la
separación de Europa y la cerrazón política y cultural
hicieron mella en el clima artístico español. Tras la guerra
civil, el subsiguiente éxodo
masivo de artistas e intelectuales, la crisis económica y social y un
sistema político, principalmente afanado en la recuperación del
país, propiciaron que, el apartado artístico, se dejara en manos
del gusto conservador y académico de los nuevos dirigentes
políticos. Los débiles ecos de la vanguardia internacional, que
llegaban a través de escasas publicaciones y de algunas exposiciones, no
eran suficientes para dinamizar el panorama artístico español
[1]
. A estas
circunstancias se unían las dificultades de acceso al arte del siglo XX
de los jóvenes artistas que, al no encontrar posibilidades en
España, al igual que en épocas pasadas, realizaron un nuevo
peregrinaje a París
[2]
.
Hacia
finales de los años cuarenta y durante toda la década de los
cincuenta, a los artistas españoles exiliados en París tras el
conflicto bélico, se sumaron muchos otros que, partieron a la capital
francesa con el deseo de aprender y formarse en las novedades artísticas
europeas. Así, se establecieron en dicha ciudad Eduardo Chillida, Antoni
Tàpies, Fermín Aguayo, Salvador Victoria, Antonio Saura, etc. Junto
a ellos, se exilió también un grupo de artistas que iban a tomar,
como Puig Manera, la decisión de integrarse en las filas de la
abstracción geométrica. Así, se establecieron en París,
en un primer momento, Sempere y Palazuelo, y ya a la par que Manera,
Ángel Duarte, Agustín Ibarrola, José Duarte, Juan Serrano
(futuros miembros del Equipo 57), Quera Tisner, Castellano, etc.
[3]
Las
razones de este éxodo eran evidentes. En España, un país
en el que la cultura de vanguardia se debatía por abrir, con más
pena que gloria, el caparazón conservador del régimen franquista,
París se perfilaba como un espacio abierto a la creación.
Así, aunque Nueva York estaba haciéndose con la capitalidad del
arte moderno, para Manera, como para la joven vanguardia española:
“París es necesario, porque vivir allí, es conocer la avanzadilla
del arte”
[4]
.
La
avanzadilla era, en los cincuenta, el arte abstracto. Así, desde inicios
de la década, se desarrollaron en la ciudad diferentes iniciativas que
tenían como objetivo su difusión, desarrollo y comprensión
[5]
. No
obstante, las comunidades no-figurativas no llegaron a comprenderse
fácilmente, y la capital francesa fue, desde la mitad de los cuarenta y
durante los cincuenta, un campo abierto para el debate entre las dos tendencias
abstractas en boga: la abstraction chaude y abstraction froide. En la primera,
se aglutinaron todos los defensores del informalismo y en de la segunda, más
minoritaria, los de las tendencias geométricas. Dentro de estas
últimas se encontraban parte de los representantes de la vieja guardia
concreta, que había resistido en Europa durante la guerra, como Serge
Poliakoff, Jean Arp, Georges Vantogerloo, August Herbin, etc. En torno a ellos,
se reunieron un grupo de jóvenes artistas, llegados del extranjero,
entre los que se encontraban Víctor Vasarely, Richard Mortensen, Robert
Jacobsen, Jesús Rafael Soto, Yaacov Agam, Nicolas Schöffer, etc. Estos
artistas, reunidos en unos pocos espacios, se convirtieron en los nuevos
impulsores de las tendencias racionales. Así, desde la liberación
de París y, sobre todo, a lo largo de los cincuenta, se realizaron
importantes avances para la recuperación de la geometría, aunque
no se llegará a imponer como tendencia hasta los sesenta: en 1951 se fundó el Groupe Espace, en el que André
Bloc reunió a una serie de arquitectos, pintores y escultores franceses
e italianos, con el fin de reavivar la eterna premisa de la integración
de las artes
[6]
;
además Herbin guió al Salon
des Réalités Nouvelles hacia el arte concreto; la
galería Denise René se afianzó como promotora de la
geometría; y la revista Art
d´Aujourd´hui dio cobertura mediática a las actividades
de dicha vertiente de la abstracción
[7]
.
A ese
medio artístico llegó Puig Manera en 1956 con la firme
convicción de acceder a la vanguardia internacional. Entró en
Francia, través de la vía clásica de acceso, es decir, gracias
a una beca otorgada por el Instituto Francés de Barcelona. Esta fue una
de las instituciones que facilitó el viaje al país galo a un
importante número de artistas españoles, mediante la
concesión de becas
[8]
.
La llegada a la capital francesa supuso el
contacto con un medio artístico desconocido, convirtiéndose en
una mina de información que, como a otros artistas, le mantuvo, en un
primer momento, ocupado en el aprendizaje y en el conocimiento de las
corrientes artísticas existentes en la ciudad, muchas de las cuales les
eran totalmente desconocidas
[9]
. De hecho, los primeros años se dedicó a ampliar
estudios en la École de Beaux
Arts, perfeccionando la técnica del grabado. Y tres años
más tarde, profundizó sus
conocimientos en historia del arte en la École
du Louvre.
Ya desde
1956 Manera comenzó a tener los primeros contactos con la
abstracción, al llegar a la geometrización de la figura y a las
primeras composiciones con esgrafiados geométricos. No era el
único. En efecto, al mismo tiempo, se encontraban desarrollando líneas
paralelas, en París, Pablo Palazuelo, Eusebio Sempere, Ángel
Duarte, Vicente Castellano y José Duarte. Los tres últimos, sobre
todo, realizaron, también a mediados de la década, unos cuadros
que, como los de Manera, combinaban elementos constructivos, con otros de orden
expresivo. Ésta era, no obstante, una opción minoritaria en el
París de la época, pues aunque la geometría contaba con espacios
de difusión, era la abstracción informalista la que gozaba de
mayor predicación. “Del año 56 al 59 los pintores formalistas
éramos muy pocos en París –explicaba Manera–. La inmensa
mayoría hacía informalismo y entonces había una gran
cantidad de artistas que seguían las huellas de Picasso o bien
tendencias figurativas, casi todas pasadas de época”
[10]
.
Sin
embargo, el joven pintor comenzó a abrirse camino desde su llegada. Las primeras
intervenciones en la escena artística francesa se realizaron en círculos
favorables al joven arte español y en relación con la comunidad hispana
desplazada a París.
La Cité Universitaire
Internationale, con el Colegio de
España, fueron, en efecto, lugares de reunión, intercambio y
difusión de las nuevas generaciones españolas
[11]
. Lo
cierto es que el ambiente artístico era generalizado por toda
la Cité
,
siendo uno de los emplazamientos de confluencia de artistas jóvenes de
todas las nacionalidades
[12]
.
Fue en el Colegio
de España, entonces, donde inauguraron su etapa parisina, tanto a
Manera, como Sempere, Victoria,
Balaguer, etc. Efectivamente, nuestro artista participó, desde su
llegada, en la exposición anual de pintura del Colegio de España,
ganando, en 1956, el primer premio por su obra Mujer en la ventana
[13]
. La experiencia la repitió en el
57, consiguiendo el segundo galardón
[14]
.
Y un año más tarde, amplió su radio de acción a
otra de las casas de
la Cité
, exponiendo, junto a Tran Quang Hieu,
en
la Maison
de
l’Indochine, donde residía
[15]
.
Igualmente, desde 1957 aparecen las primeras noticias en prensa de la
participación de Manera en el panorama de las artes parisino, siempre en
relación con la joven generación de artistas españoles en
París
[16]
.
Estas
muestras colectivas fueron el primer paso para el hallazgo de una
galería con la cual comenzar una trayectoria internacional. Y es que
para nuestro artista, como para sus compatriotas desplazados a París, la
búsqueda de un marchante era uno de los objetivos fundamentales.
“En París hay muchos
pintores –escribía Fernando Arrabal–; dicen diez mil. Todos esperan
el “marchand”. Es un azar complejo: cuenta la suerte, cuenta el talento del
“marchand” y cuenta, sobre todo, la calidad del pintor. Mientras tanto,
trabajar –para comer– y pintar –para vivir”
[17]
.
La
pertenencia a una galería suponía la verdadera entrada en el
panorama de las artes francés y la posibilidad de vivir de la pintura. No
obstante, la empresa no era sencilla y una gran parte de los artistas
extranjeros no llegaron a encontrarla. De ahí que escribiera Michel
Bagot: “para los pintores extranjeros la calle Seine [lugar en el que se
encontraban la mayor parte de las galerías] es la consagración”
[18]
. En efecto, el encuentro de Joan Puig Manera con John Craven, fotógrafo
y propietario de una galería de arte contemporáneo, determinó
su ingreso en la escena artística parisina, fuera de los círculos
hispánicos, y marcó el inicio de su carrera internacional. Su
relación con este marchante se encuentra documentada desde 1958. Ya
desde entonces, el catalán era considerado uno más de los
artistas de la galería, junto con Waldren, Philipp Martin, Edgar
Pillet, Dubuis y Krizets
[19]
.
La
galería Craven no era, como Denise René, una galería
militante del arte geométrico, pero si del arte abstracto en general,
como demuestran sus colectivas que reunían a un amplio espectro de esta vertiente. Tanto los artistas vanguardistas Delaunay,
Van Doesburg, Klee, Kandinsky, como las jóvenes promesas como Gilioli,
Gillet, Hartung, Jacobsen, Magnelli, Pillet, Michaux, Matta encontraron un lugar
en común en Craven.
Los
primeros años Manera participó en colectivas, compartiendo
espacio con los artistas señalados
[20]
.
Fue en 1960 cuando realizó su primera individual, suscitando comentarios
positivos de la prensa parisina. En France
Observateur se destacaba: “este pintor español busca incluir
ciertas emociones en la geometría de su construcción
plástica”
[21]
; en Arts se apuntaba: “su
sentimiento del color degradado revela una viva sensibilidad”
[22]
. Este año, 1960 marca, igualmente, su
inicio de la participación en la convocatoria anual de la
exposición Comparaisons en el
Musée d´Art Moderne de
la
Ville
de París.
Además
de un espacio de promoción en la ciudad, Craven le proporcionó
los contactos para exponer también en Italia e Inglaterra
[23]
.
Así, la mayor parte de su proyección se canalizó a
través de este marchante, quien se ocupó de las ventas y de las
exposiciones internacionales, al menos en los cincuenta
[24]
.
De este modo, comenzó a exponer en la galería “Paris Gallery” de
Londres en muestras colectivas, como Abstract
Variations, en las que se
reunía una heterogénea nómina de artistas abstractos, muy
similar a la de Craven. Así, entre los artistas reunidos se encontraban Dewasne,
Dubuis, Hartung, Herbin, Esteve, Mortensen, Soulages, Vasarely
[25]
.
Y en 1961, fue seleccionado para Carnegie
International como representante de
la Escuela
de París, gracias a la
crítica Claire Guilles Guilbert.
Manera
mantuvo, igualmente, relación con otros enclaves abstractos, como el Salon des Réalités Nouvelles,
del que fue socio, al menos durante el año 1959. Inaugurado en 1946, este
certamen fue creado para la difusión de las tendencias abstractas, convirtiéndose
en un centro de reunión del arte concreto internacional. El patrocinio
de la geometría se desarrolló, sobre todo, durante la
vicepresidencia de Herbin, entre 1947 y 1955, quien dio una orientación
definitiva hacia el movimiento concreto; o como él mismo explicaba,
hacia todas aquellas obras “sin vínculos con las apariencias exteriores
[…] un espacio animado por las líneas, las formas, las superficies, los
colores”
[26]
. Bajo la influencia del pintor
francés, el Salon se convirtió en uno de los bastiones de la
geometría internacional desde los años cuarenta
[27]
.
En 1959, con Fontené como presidente, el espíritu había
cambiado y Réalités
Nouvelles se abría a todas las vertientes de la abstracción.
No obstante, en él siguieron exponiendo un número importante de
artistas abstractos-geométricos y el salón llegó, incluso,
a hacer una sección de arte concreto. Así, en la convocatoria de
1959 participaron, junto a Puig Manera, Eusebio
Sempere, y los también geométricos Marino di Teana, Günter Ferdinand
Ris, Penalba o Luis Tomasello
[28]
.
Igualmente,
nuestro artista mantuvo contacto con otras galeristas como Suzanne De Coninck
[29]
y Denise René. Junto
a Réalités Nouvelles,
la recuperación del legado abstracto racional tuvo en esta marchante una
de sus más destacadas aliadas. Dada la importancia de la misma, los
artistas españoles residentes en París, y cercanos a la corriente
concreta, establecieron una relación de mayor o menor grado. Durante los
años cuarenta y cincuenta la participación española fue
escasa, reduciéndose a algunas colaboraciones de Sempere y más
tarde el Equipo 57. Sin embargo, el trato de los españoles con la
galería y con los artistas de la misma fueron frecuentes, participando
en las inauguraciones e incluso dejando obra en depósito. Este fue el
caso de Manera quien aunque no llegó a exponer,
según un inventario personal, si dejó algunas obras en la
galería
[30]
.
Al
mismo tiempo que desarrollaba su labor en París, Manera consiguió
mantener contactos con el entorno español y así, con cierta
frecuencia, sus actividades y exposiciones en la capital francesa fueron
recogidas por la prensa española
[31]
.
Al igual, se relacionó con la joven generación de artistas en
París, como Clavé, Pelayo, Valls, Aguayo
[32]
,
Miró
[33]
o el crítico
Julián Gállego. Ya en España, constan sus contactos con
personalidades de la cultura y el gobierno, entre las que no podía
faltar el comisario oficial Luis González Robles, con el que
marcó una cita el 27 de mayo de 1959
[34]
.
A pesar de estos vínculos y de alguna exposición realizada en
suelo español
[35]
,
su trayectoria se desarrolló en París y no será hasta
1971, a
su vuelta a
España, cuando comenzará a exponer con frecuencia en el entorno
catalán. En efecto, su circunstancia de residente en París lo
dejó al margen, hasta los años setenta, del desarrollo de las
tendencias en España que, iniciadas en 1957, no llegarán a
hacerse escuchar hasta 1959. En ese momento Manera había recorrido ya un
largo camino y había alcanzado un estilo personal que irá
desarrollando a partir de entonces. Su precocidad con respecto al desarrollo de
los movimientos geométricos españoles y sus propuestas
plásticas, en los límites del arte óptico, sólo
podrían compararse con las de Eusebio Sempere.
Geometría, luz y
vibración
Los
cinco primeros años de Manera en París, que son los que se
reúnen en esta exposición, muestran la evolución y el
afianzamiento de un pintor en la geometría. Así, entre 1956 y
1961, pasó de una figuración de reminiscencias metafísicas
a una geometría vibrátil.
Ya
desde las primeras obras se demuestran las características de un estilo
que se va a hacer más personal a medida que avancen los años.
Este se caracteriza por la geometrización de la forma; la
primacía de la línea; el uso de las texturas; el empleo de una limitada paleta
cromática.
Su
geometría no es aquella de orden matemático, quasi-industrial y despersonalizada de los artistas coetáneos
August Herbin u Olle Baertliz, sino que presenta claras reminiscencias
líricas. Sus pinturas mantienen un equilibrio entre construcción
y expresión que encontramos también en el artista español
coetáneo Eusebio Sempere. Además, las obras de Manera refieren a
un universo simbólico que sobrepasa el contenido plástico y no
permite concebirlas como meras composiciones de líneas y formas en el
plano, pues para Manera “incluso los cuadros más abstractos simbolizan
un tema figurativo, histórico o religioso”
[36]
.
La
geometría de Manera se construye a través de la línea, la
cual modela la forma y disecciona el
espacio. En ocasiones, evidente por su perfilado en negro y su hendidura en la
capa de preparación; en ocasiones latente en los perfiles de las formas,
la línea es, en los cuadros de este pintor, el mecanismo de
construcción de la estructura. Como escribía Julián
Gállego en 1960:
“Si nos fijamos en el contorno
de estas superficies, nos encontramos muy a menudo que no forman mas que una
sola línea no interrumpida de un ángulo a otro de la tela, hilo
conductor de este laberinto en apariencia tan sencillo”
[37]
.
Junto
a la línea, Manera emplea la pintura para crear texturas, desarticulando
la rigurosa rotundidad de la forma. La utilización de una gruesa capa de
preparación, sobre la cual aplica el óleo, favorece los matices.
Además, aplica los colores con degradados, veladuras y, en ocasiones, empastes
que avivan la composición. El cromatismo, parco en colores, juega con la
escala de grises, negros, blancos y, ya a en los albores de los sesenta, los
azules. A partir de esta gama Manera invoca la luz. Sus cuadros presentan unos
focos de intensidad cromática blanca que introducen una luz interna en
la composición; “la lumière
interieure, ce mystere”, como la describe Craven
[38]
.
Esta luz, que también encontraremos en las obras de los sesenta de Joan
Claret, se convierte para Puig Manera en una materia a apresar en el lienzo, pues
como el mismo indica: “lo que más me importa de mi obra es la luz,
más que el color”
[39]
.
Conjugando ambos recursos, línea y cromatismo, Manera ofrece una
visión calidoscópica, en donde predominan las transparencias geométricas y el ritmo,
creando una poética de la luz y del espacio.
Estos
mismos recursos dan soporte a los juegos visuales que le llevarán a los
límites del arte cinético. Un cinetismo de la luz que ha sido
definido por Manera como: “movimiento, logrado gracias a diferentes planos de
luz”
[40]
.
Este camino que definirá su trabajo más adelante, tiene sus
orígenes en las obras de los cincuenta. Así, en algunos cuadros
llega a efectos vibrátiles por la repetición de las figuras, el
uso de las veladuras, el empleo de las superposiciones, los cambios de
dirección y la utilización de la tonalidad. A partir de estas
tácticas se producen efectos de acercamiento y profundidad de la imagen,
de desenfoque y de movimiento. Además, sus obras presentan un dinamismo
interno por la utilización de las diagonales y la superposición
de las figuras en múltiples direcciones. Él mismo ha explicado el
procedimiento:
“Un cuadro está formado
por diversos planos de luz. Cuando estos logran estar ajustados se crea una
tensión y el cuadro vibra. Se produce como una forma de electricidad, un
magnetismo que ha de comunicarse al espectador. Y esto no es privativo del
cinetismo, ni del arte abstracto. Sucede en todas las tendencias”
[41]
.
No obstante, estas primeras obras
todavía se sitúan en un espacio intermedio entre geometrismo
lírico y el cinetismo, o en “su justo marco”, como ha destacado Daniel
Giralt-Miracle
[42]
. En realidad, dando un
salto histórico con permiso del lector, podríamos aplicar a estos
cuadros la categoría de perceptual
abstraction acuñada por William Seitz, pues Manera consigue, mediante el uso del cromatismo una delicada
estimulación de la visión
[43]
.
Aunque
podemos ver una evidente evolución de la problemática
plástica de Manera, lo cierto es que su obra no sigue una línea cronológica
clara de la figuración a la abstracción. En efecto, el pintor catalán
va abriendo nuevos caminos, a medida que va afianzando su estilo, que continúa,
paralelamente, a lo largo de los años. Aunque las primeras obras
figurativas desembocan en la experimentación con la abstracción,
Manera no abandona este camino inmediatamente. El año 1956 marca, en
términos generales, el inicio de cuatro series que va a desarrollar en
mayor o menor medida hasta 1961.
La
primera es la serie figurativa, que se inicia con Mujer en la ventana. En ella
realiza un progresivo proceso de geometrización del cuerpo femenino,
mediante líneas triangulares y elípticas, que nos llevan a pensar
en Jacques Villon. Manera realiza un delicado uso del cromatismo (blancos,
hueso y rosa), que contrasta con la gruesa capa de preparación utilizada
y la textura del óleo.
A continuación, se encuentra la serie
de triángulos curvos, que realizó hasta 1958. Ésta es una
continuación de la problemática precedente, pero eliminando la
figura y complicando la composición. De esta manera, emplea la
repetición y la superposición caótica de figuras
geométricas con empastados grises, negros y blancos. Las líneas,
que adquieren mayor protagonismo por perfilarse en negro, parecen esgrafiados en
la gruesa capa de preparación. Tanto en esta serie, como en la
precedente, Manera juega con los elementos básicos del dibujo, que es la
línea y con los de la pintura que es el color.
En
tercer lugar, desarrolló otra serie de figuras geométricas con
veladuras, en la que repite una forma y la superpone, consiguiendo juegos de
transparencias, a través del color. Comenzó utilizando la forma
del triángulo que empleaba en las otras series, aunque podemos encontrar
también el uso del círculo. En este caso la regularidad de las
figuras, la limpieza de los perfiles es innegable. La línea se integra en
la forma y deja de perfilarse, tan claramente como en los anteriores, formando
parte de los límites de las figuras que se difuminan en el juego de
transparencias. En el año 1957 se atreve con los rectángulos y
con los cuadrados, superponiéndolos y multiplicándolos, mediante
veladuras, lo cual provoca un efecto de desenfoque que nos lleva a los
límites del arte óptico. A partir de 1959 amplia la paleta,
incluyendo una gama de azules que no había utilizado demasiado hasta
entonces. Estas fueron las obras que parecieron más genuinas al su
marchante John Craven, quien le animó a continuar avanzando en ese
camino. Quizás por ello, sea la serie que consta de más obras. Le escribía, en 1958:
“Usted
sabe que mi preferencia inmediata fue por las telas simplísimas, digamos
hechas a partir de rectángulos para comprendernos mejor […] Ahora se
porque:
En las
telas de “rectángulos”, hay una manera de hacer que no me recuerda nada. Es solamente usted. Con un
dominio del color y la materia. Todo es perfecto y se ve que domina totalmente la situación. Hay una
luz interior insólita”
[44]
.
Por
último, realizó una serie de curvas en las que resume los
procedimientos precedentes. Aunque contamos con una obra ya en 1957, la mayor
parte de las mismas las realizó en 1960 y 1961. En ellas vuelve a la paleta
cromática sobria y al uso de la veladura, creando diferentes
tonalidades. La línea adquiere una libertad mayor, al no verse
constreñida a una forma definida. Las líneas convergen, se
expanden, se encojen, creando un mar de
aguas en movimiento provocan efectos dinámicos.
A modo de conclusión
Pionero
de la abstracción geométrica de los cincuenta, Joan Puig Manera
forma parte de los jóvenes artistas en París que defendieron esta
vertiente en sus momentos más duros, como Víctor Vasarely, Julio
Le Parc, Francisco Sobrino, Eusebio Sempere, Jesús Rafael Soto, etc. Así,
participó en el proceso de implantación de
la geometría como tendencia en suelo francés. Y es que los
cincuenta no fueron fáciles para estos artistas,
pues aunque existían espacios de apoyo y difusión, como ya hemos
apuntado, la preeminencia del informalismo era clara. No obstante, la
balanza de la abstracción fue decantándose por la
geometría a finales de la década y, como ha destacaba Denise
René en
la Documenta
de Kassel de 1959:
“A partir de 1958 el tachismo ya
no nos molesta. Los aficionados están cansados de los sempiternos
embadurnamientos. Quieren algo sólido, y nosotros lo tenemos. El canto del
cisne de esta tendencia fue la enorme exposición Documenta en Kassel, en 1959. Rodeados por kilómetros de
informal, todos los “construidos” se amontonaban en un pasillo.
¡Había que ver el gesto aturdido de la gente, yendo de una sala a
otra, ebrios de materia bruta, y finalmente encantados al tropezar con nuestras
esferas, líneas rectas, cuadrados!”
[45]
.
Con la
entrada de los sesenta, las tendencias experimentales, cinéticas y programmatas, que se habían mantenido en pugna y desarrollo a lo largo de los cincuenta,
van a convertirse en una de las alternativas válidas a la crisis del
informalismo. A partir de entonces, los artistas geométricos
comenzarán a surgir en masa en todos los rincones de occidente. En ese
momento, Manera se encontraba realizando una obra plenamente madura.
Lamentablemente,
pocos han sido los estudios dedicados a este artista y su presencia en la historiografía
española o francesa es mínima
[46]
. Su
trayectoria personal, realizada al margen de los caminos canónicos de la
vanguardia española, le han supuesto la marginación de las nuevas
iniciativas de recuperación de las tendencias españolas de los
cincuenta y sesenta. Es por ello que esta exposición supone la
oportunidad de comenzar a emplazar a Joan Puig Manera en el lugar que se merece.
P.B.L.