JUAN MARTÍNEZ
ABADES
(7.3.1862-19.1.1920)
Más allá de sus
virtudes pictóricas, la figura de Juan Martínez
Abades (Gijón, 7.3.1862-Madrid, 19.1.1920) es un claro
ejemplo del intelectual que podía generar una sociedad
como la española de la Restauración, con todas sus
virtudes pero también con todos sus defectos. Excelente
pintor de marinas, ilustrador de prestigio en la primera etapa
de "Blanco y Negro" y exitoso compositor y letrista
de cuplés que cantaron todas las grandes estrellas del
genero, Martínez Abades era una persona famosa y reconocida
que, sin embargo, nunca pudo ni quiso escapar de las estrictas
limitaciones artísticas e intelectuales de la España
de la Restauración. Trabajador, aplicado, serio e "integrado"
se incrustó en el ambiente intelectual de la emergente
burguesía, de la que como hijo de un industrial gijonés
provenía, sin mayores dificultades pero, a la vez, sin
ninguna inquietud por investigar fuera de ese mundo, actitud que,
por otra parte, mantenía la mayoría de sus muy respetados
amigos, desde María Guerrero a Álvaro Retana, que
constituían la elite intelectual del momento.
La formación artística de Juan Martínez Abades
se inició cuando entró a cursar estudios de bachillerato
en el Instituto Jovellanos de Gijón. Allí empezó
a desarrollar sus extraordinarias dotes para el dibujo lo que
le proporcionaró la posibilidad de marchar a Madrid en
1880 para matricularse en la Escuela Especial de Pintura, Escultura
y Grabado a la par que recibía clases particulares de José
Gragera y de Ignacio Suárez-LLanos. Aplicadísimo
alumno de la Escuela, la etapa de formación de Martínez
Abades en la misma se alargó hasta 1887 y en ella, lo que
iba a ser una constante en su vida, se presentó a varias
Exposiciones Nacionales por las que, entre algún premio
y algún fiasco, consiguió una beca de la Diputación
de Oviedo para marchar a Italia.
La estancia de Juan Martínez Abades en Italia abarcó
los años de 1888 y 1889 aunque la misma no parece que tuviera
grandes repercusiones en su posterior evolución como pintor.
Sin embargo, durante dicha estancia Martínez Abades pintó
una de sus obras más celebradas, El viático a bordo,
con la que se presentó a la Exposición Nacional
de Bellas Artes de 1890 consiguiendo una Segunda Medalla en la
misma. Este reconocimiento le lanzó a la fama en el mundo
pictórico hispano.
En ese momento dió por concluido su período de fomración
y se lanzó a la conquista del público. Y esa conquista
en el ambiente madrileño de finales del siglo XIX sólo
podía realizarse a través de las relaciones sociales,
los concursos en las exposiciones, tanto nacionales como regionales
y la especialización temática.
Y serán estos tres caminos los que emprenda Martínez
Abades para prosperar. Fuertemente respaldado por sus amistades
asturianas, entre las que destaca Florencio Valdés, verdadero
protector de Martínez Abades, éste irá estableciendo
en Madrid un grupo de relaciones que partiendo de los colegas
pintores o los paisanos asturianos le llevarán a asentarse
entre la elite intelectual madrileña. Estas relaciones
se constituían en una verdadera red social de apoyo y respaldo
mutuo imprescindible para sobrevivir en la corte.
Por lo que respecta a la participación en Exposiciones,
el caso de Juan Martínez Abades llega a ser casi patológico.
Ya desde su época de estudiante en la Escuela Especial
de Pintura, Escultura y Grabado, Martínez Abades se había
presentado a algunos concursos pero, desde su regreso de Italia
y hasta, aproximadamente, 1910 su presencia en las mismas es constante
con diferente fortuna. Así, además de su premio
en la Exposición Nacional de 1890, recibió una Segunda
Medalla en la Exposición Nacional de 1892 por El entierro
del piloto y una Primera Medalla y la Encomienda de Isabel La
Católica en la Exposición Nacional de 1901. También
participó en exposiciones extranjeras como la organizada
en Berlín en 1891 o la de Chicago en 1893.
Pero, sin duda, por lo que Martínez Abades era reconocido
en el mundo pictórico de la época era por sus marinas.
Se llegó a decir que era el marinista por antonomasia del
cantábrico. En el conjunto de su obra, las marinas, tanto
al oleo como en el mundo de la ilustración, son muy abundantes
y de una factura técnica irreprochable. Era el género
en el que mejor se desenvolvía teniendo, además,
un mercado consolidado en el que dominaba sin posible discusión.
La figura de Juan Martínez Abades, sin embargo, trascendió
el marco de la elite intelectual de la Restauración por
dos actividades que le acercaron al gran público: su labor
de ilustrador y, sobre todo, como compositor de cuplés.
En lo que hace referencia al mundo de las ilustraciones, Martínez
Abades se había acercado a este mundo en su época
juvenil como ilustrador de revistas cómicas como "La
Caricatura" o "Madrid cómico" pero será
su colaboración con la revista "Blanco y Negro",
que acababa de salir a la luz, la que le dará mayor notoriedad.
Esta revista, fundada por Torcuato Luca de Tena en 1891, acogió
a Martínez Abades con asiduidad desde 1893 formando parte
del primer gran grupo de ilustradores de la publicación
(Agustín Lhardy, José García Ramos, Cecilio
Pla, Manuel García Rodríguez o Narciso Méndez
Bringa). Desde 1900 las ilustraciones realizadas por Martínez
Abades fueron mayoritarimente en color y se desarrollaron hasta
la muerte del artista.
En los últimos años de su vida la faceta de ilustrador
y compositor de cuplés predominaron sobre sus trabajos
al óleo. Su labor como ilustrador era reconocida y estaba
bien pagada y, además, su actividad musical le proporcionaba
inesperados y elevados ingresos anuales. Sin embargo, sus marinas
empezaron a no proporcionarle el prestigio anterior. La Exposición
Nacional de 1908 fue el punto de inflexión en su creación
al óleo. En la misma presentó seis obras con motivos
asturianos, canarios y vascos que pese a sus grandes expectativas
pasaron sin pena ni gloria. La inclusión en el palmarés
de autores como Romero de Torres o Darío de Regoyos eran
todo un síntoma de los nuevos aires por los que empezaba
a caminar la pintura española para los que Martínez
Abades no estaba preparado. Como consecuencia de esta frustración,
Abades dejó a un lado su producción marinera en
beneficio de la ilustración y, sobre todo, el mundo de
la música.
Aún así continuo pintando de manera incansable todo
tipo de marinas desde su residencia en Ribadesella a la vez que
continuaba presentándose a los concursos de la Exposiciones
Nacionales ya sin el impacto anterior. Aún así su
arte sería reconocido por parte de la crítica y
el público en una gran exposición antológica
que se organizó sobre su obra en el salón Iturrioz
de Madrid en 1913. Así transcurrieron sus últimos
años entre composiciones de cuplés, ilustraciones
y marinas hasta su muerte en Madrid el 19 de enero de 1820.
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