JOSÉ DEL
CASTILLO
(14.10.1737-5.10.1793)
En la biografía de José
del Castillo (Madrid, 14.10.1737-Madrid, 5.10.1793) llama poderosamente
la atención que siendo, en su juventud, uno de los pintores
mejor situados para encabezar el movimiento artístico del
absolutismo ilustrado, a la postre, se le encargasen obras secundarias,
pinturas para tapices y diferentes obras religiosas y para particulares,
destino para el cual no parecía estar predestinado. José
del Castillo es el más claro ejemplo de como la mala fortuna
puede influir en el desarrollo profesional de un pintor en el
Antiguo Régimen. Ahora bien, la mala fortuna, en el fondo,
no sirve para explicar nada y, más allá de ella,
deberemos rastrear los verdaderos motivos por los que se truncó
una de las más prometedoras carreras pictóricas
del dieciocho hispano. Será una combinación de dos
malas elecciones las que, desde nuestro punto de vista, provocarán
la postergación de la figura de José del Castillo
entre la elite de los pintores de su tiempo.
De estas dos causas, la primera se debió a un cambio en
los gustos artísticos de la época y, sobre todo,
del mundo de la corte madrileña. José de Castillo
era el discípulo hispano predilecto de Corrado Giaquinto,
pintor de Cámara de Fernando VI y uno de los últimos
grades representantes del barroco europeo. Sin embargo, a la muerte
de Fernando VI y con la contratación por parte de Carlos
III de Mengs, el gusto cortesano cambio a favor del encorsetado
y rígido neoclasicismo que el pintor bohemio impuso como
una verdadera dictadura del gusto en el Palacio Real madrileño.
Los modos de José del Castillo no encajaban en los nuevos
gustos cortesanos y, aun no consolidado entre la elite de los
pintores madrileños, a la postre, no pudo acceder a ella.
Ante esta frustración y su incapacidad tanto por adaptarse
a la nueva moda como por constituirse en un pintor lo suficientemente
respetado e importante como para poder defender su manera de entender
la pintura, José del Castillo sobrevivía mediante
la realización de las pinturas para tapices, decoraciones
secundarias al servicio de la Monarquía, sin conseguir
entrar entre los reputados pintores del rey, y con encargos de
personalidades políticas y religiosas que le permitían
alimentar a su abundante familia pero nunca llegar a una sólida
posición entre sus compañeros de pinceles.
La segunda causa explicativa para su frustrada carrera hay que
buscarla en sus equivocadas elecciones de los patrones que tendrían
que defender su valía cerca del monarca. Una vez que el
cambio de gusto le impidió incorporarse rápidamente
al grupo de los pintores de Cámara, José de Castillo
buscó, objetivamente con buen criterio, la protección
del conde de Floridablanca, a la sazón Primer Secretario
del Despacho, intentando conseguir sus objetivos a través
de tan alta influencia. Pero, sin embargo, entre los pintores
de la Corte, el grupo más cohesionado fue el formado por
los hermanos Bayeu y Goya que, a causa de su origen aragonés,
contaban con el apoyo de lo que se ha dado en llamar el "partido
aragonés" liderado en Madrid por el conde de Aranda,
acérrimo rival de Floridablanca por el control de la política
de la Monarquía en la segunda mitad del reinado de Carlos
III y durante el reinado de Carlos IV hasta la llegada al poder
de Manuel Godoy. La disputa política se desarrolla también
a nivel pictórico y se desarrollará en dos tiempos
y a dos niveles, el pictórico y el político.
A la altura de 1786 se desarrolla el primer enfrentamiento. Cuando,
tras la muerte de Cornelio Vandergoten, José de Castillo
pretende ser reconocido por el rey como director artístico
de la Real Fábrica de Tapices, el "clan aragonés"
de Bayeu, a pesa de que Castillo contó con el apoyo de
Floridablanca, se impuso con la designación real de Ramón
Bayeu y Goya para la dirección artística de esta
manufactura real. Floridablanca, en el cénit de su poder,
no estuvo a la altura, como patrón, de las exigencias de
José del Castillo y la oportunidad para consolidarse entre
la elite de los pintores españoles se esfumó nuevamente.
El segundo y definitivo asalto en esta imposible lucha de José
del Castillo por su reconocimiento se produjo pocos meses antes
de su muerte en 1793. A la muerte de Ramón Bayeu, el 1
de marzo de 1793, las esperanzas de José del Castillo en
pos de conseguir el ansiado título de Pintor Real renacieron
y, el 6 de marzo de 1793, elevó un memorial solicitando
tal plaza junto con otros artistas. Sin embargo la esperanza de
que tal petición le resultase favorable era, como al final
se comprobó, lejana ya que su valedor, Floridablanca, había
sido exonerado del servicio regio en febrero de 1792 y su puesto
había sido ocupado por su más directo rival, el
conde de Aranda, máximo representante, como hemos dicho,
del "partido aragonés". José del Castillo,
que estaba al tanto de todos estos vaivenes políticos y
de las consecuencias de los mismos para su carrera, acudió
a Eugenio LLaguno para que le recomendase en las altas instancias.
La elección de LLaguno, por su prestigio en el mundo artístico
e intelectual de la época era acertada, pero desde un punto
de vista político, aunque no había sido marginado
por Aranda, había perdido mucho de su peso específico
cuando era el Secretario de la Junta de Estado de Floridablanca.
El postrer intento de José del Castillo también
fracasó cuando Carlos IV decidió dejar vacante la
plaza que se solicitaba. Así, poco antes de morir las esperanzas
de José del Castillo se derrumbaron completamente y su
fracaso profesional se consumó definitivamente.
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