Por
José Manuel de
la Mano
*
El
22 de enero de 1809 José I hacía su segunda entrada pública
en Madrid. Uno de los ámbitos donde se padecerá con mayor
intensidad la ausencia de Carlos IV será en el campo de
la Artes
, ya que la entrada de
los franceses comportaba el destronamiento de su principal mecenas por espacio de
cuatro décadas. Durante estos casi cinco años de invasión
napoleónica la vida cotidiana de los artistas, a imagen del resto de la
sociedad española, no se ofrecería nada cómoda. Los
sucesivos vaivenes políticos del reinado, detentaron su reflejo directo
en las confusas militancias de gran parte de los pinceles que conformaron el
panorama cortesano de esta época josefina. De la permanencia de multitud
de artistas en el Madrid bajo ocupación francesa, no se infiere su
simpatía hacia la dinastía Bonaparte. Desde un primer momento el
nuevo gobierno intentará fiscalizar la vida de todos los
madrileños, y por ende de sus pintores. En los albores del reinado
josefino se decreta en el curso de las Navidades de 1808 un juramento colectivo
de lealtad a José I, a modo de velada medida policíaca para
censar las direcciones de sus vecinos. Todos los alcaldes de barrio irán
recabando por parroquias las firmas de los cabezas
de familia, entre los que concurriría Francisco Goya en la calle
Valverde nº 15, frente a San Basilio (manzana 345), y su hijo Javier en la
calle de
la Zarza
,
nº 9 (manzana 380).
El siguiente paso no se haría de esperar, a los pocos meses la
administración gala arbitra un empréstito obligatorio de veinte
millones de reales. En el Diario de Madrid del 26 de marzo de 1809 se presenta
la nómina de pintores obligados a hacer frente a este enmascarado
impuesto, entre todos ellos serán citados: “Mariano Salvador Maella,
Francisco Goya, Joaquin Inza, Andres del Peral, Alfonso Garrido,
Gerónimo Alvaro, Ramon Llexet, Eusebio Brun de Buendía, Juan
Duque-mayor, Antonio Barrios, Antonio Tadey, Antonio Carnicero, Agustin Esteve,
Fernando Branvilla, Juan Bausil, José Camarón, Pedro Girout de
Villette, Francisco Xavier de Ramos, Jacinto Gómez, Luis Yapelli,
José Enguidanos, Antonio Poza y Muñoz, Ignacio Uranga, Eugenio
Cisneros, Juan Duque-menor, Juan
Navarro, Zacarías Velázquez, Mariano Sánchez”.
Con este motivo Goya será grabado con 3.200 reales de los 50.800 que
tendría que asumir este colectivo de profesores. Esta relación esboza
un panorama bastante preciso de los pinceles con domicilio en Madrid en esta
coyuntura histórica.
Un
mes antes los profesores de
la
Academia
serían también convocados el 27 de
febrero de 1809 en la calle Alcalá, con objeto de prestar un nuevo juramento
de fidelidad a José I.
La incomparecencia de Francisco Goya a este acto se ha venido a menudo en enarbolar
como un temprano acto de rebelión ante el nuevo poder. Sin embargo como
ya se ha advertido el juramento del aragonés se había ya verificado
a la entrada de las tropas francesas. La explicación quizás resida
en que nuestro protagonista no estaba interesado en continuar con su plaza de
profesor.
Otro de los pintores que tampoco concurriría a
la Academia
será su
amigo y discípulo, Agustín
Esteve, pero a imagen de Goya trabajó de manera bastante activa durante
este convulso reinado, a pesar de que en las jornadas del dos de mayo
presenció, en compañía de su discípulo José
Martínez, la agresión y robo de los soldados franceses al
médico José Albarrán.
Su primera colaboración pictórica concurrirá a comienzos
de 1810 con un par de retratos de cuerpo entero del rey, llamados a presidir
la Secretaría
de Hacienda y el ayuntamiento de Madrid. Más adelante el 12 de junio de
1812 extiende otra factura por dos nuevos “… retratos al olio que ha hecho para S.M.”.
A esta intensa actividad de retratista regio se debe de añadir la de
copista de una Venus de Tiziano que se preservaba en
la Casa
de Campo, en respuesta a
una petición del coronel Breuille.
A pesar de ciertas excepciones de colaboracionistas españoles, entre las que cabría enumerar a Esteve, Maella, Napoli
y por supuesto Goya, la fortuna profesional de los pintores de Carlos IV será otra
bien diferente. Durante el reinado de Bonaparte, acontece un incuestionable desplazamiento
oficial de la mayor parte de los pinceles que trabajaron para el monarca
destronado. Las referencias documentales a las figuras que iluminaron la pintura
española de las décadas ilustradas se presentan ahora como
inexistentes. Es cierto que la edad de algunos comportaría su
fallecimiento en el transcurso de estas jornadas cómo Joaquín Inza que moriría en
1811, Gregorio Ferro en 1812, Jacinto Gómez Pastor en 1812 o Antonio Carnicero en 1814.
Éste último, Antonio Carnicero, sufriría un
funesto incidente en la tarde del 2 de mayo de 1808 en su propia casa de la
calle Luzón. Al asomarse a una ventana su hijo Fernando, su sobrina
Catalina y una criada para ver pasar una patrulla francesa “… recibieron una
descarga de que quedó instantáneamente muerta Dª Catalina,
con el pecho y el corazón atravesados, herida en una mano la criada y
quemada la levita el hijo de Carnicero”. Otros pintores de una generación más joven
como correspondería a Zacarías
González Velázquez, “… se constituyó en su casa
divirtiéndose en la ejecución de una colección de cuadros,
sobre
la Historia
del Quijote, cuya colección consta de 14 cuadros originales”.
Esta exaltación pictórica del paradigma de caballero español
que se enfrenta a los gigantes, acompañaría al retrato ecuestre
de Wellington por Francisco Goya en las salas de San Fernando a comienzos de
septiembre de 1812, en un Madrid liberado por los ingleses.
Su hermano Isidro González Velázquez intentará llegar a
Cádiz, pero tendrá que instalarse en Palma de Mallorca. En
septiembre de 1809 se invita a los profesores de
la Academia
a remitir sus
solicitudes con el propósito de alcanzar algún destino palatino.
Esta oportunidad será aprovechada, con desigual fortuna, por varios
maestros españoles. Por ejemplo el valenciano José Camarón solicitará el destino de Pintor
Cámara, será recomendado
por el conde de Melito como maestro de dibujo de una Casa de Educación
de Niñas, decidiendo sin embargo en
fecha incierta instalarse en Valencia.
Otro de los artistas académicos que pretendería los favores del
monarca sería Francisco Xavier
Ramos, ya que habiendo “… hecho el juramto. de fidelidad solicita la confirmacion de
su destino, honores y sueldo”.
La ambigua conducta de este pintor rememora comportamientos del genial
aragonés, ya que a Ramos en las jornadas inmediatas al 2 de mayo de 1808
se le habían incautado un par de escopetas.
Algunos de los principales decoradores de las Casas de Campo de Carlos IV,
pretenderán de igual manera las mercedes de José I. Éste
será el caso de Luis Yapelli, que
se afanará en su taller por inmortalizar la celebración de San
José, santo del rey, en la iglesia de San Isidro en 1810 y de Juan Duque que aborda la decoración del
palacio donde residía el conde de Melito en la calle Barquillo.
Por
otra parte el colectivo de artistas franceses que residían en España
de manera previa a la proclamación de José I, bascularon sin la
menor reserva hacia el nuevo gobierno. Por ejemplo en el mes de julio de 1810
el diplomático-pintor Alexandre de
Laborde solicita una financiación para la edición
española de su Voyage pittoresque
et historique de l’Espagne, aunque desde el ministerio del Interior se arbitre“… Que las circunstancias no
permitiendo condescender a la pretensión de este interesado”. Gran parte de los pintores extranjeros que estaban en nómina de
Carlos IV eran en su amplia mayoría miniaturistas. Uno de ellos, Joseph Bouton, decidiría en julio
de 1808 abandonar Madrid con su familia como séquito de José I en
su precipitada huida hacia Vitoria, “… dexando su casa al arbitrio de unos
criados qe. le robaron parte de sus muebles y enseres, la otra parte
fue confiscada y vendida por
la
Junta
insurreccional”.
Al mes siguiente se le confirmaría en Burgos su sueldo de Pintor de
Cámara y alcanzaría una licencia de Cabarrús para
permanecer en Francia, jurándole fidelidad al nuevo monarca ante el
embajador español. Al expirar esta licencia el pintor decide retornar a
España hacia julio de 1810, inquiriendo
de inmediato a través del conde de Melito una audiencia personal ante el
rey.
A pesar de su probada lealtad a Bonaparte este pintor tropezaría con bastantes
problemas para cobrar su nómina, y no alcanzaría comisión
alguna de relevancia cortesana.
Esta precariedad de ingresos le lleva a reclamar a José I la devolución
de un par de emblemáticos
retratos en miniatura de María Luisa de Parma, que en su momento no
habían sido abonados por su comitente.
En cambio su principal competidor de profesión Jean Bauzil, que la destronada María Luisa apellidaba el
“pintor loco”, obtendría numerosos encargos e incluso un sueldo que se
le abonaba a través de
la
Real
Cámara.
En 1809 transcurridos escasos días de la segunda entrada de José
I en
la Villa
,
el pintor eleva el 29 de enero una solicitud al conde de Melito, introducida
por una carta de recomendación del por entonces comandante de Madrid, el
general Lauberdiere.
Entre los méritos que aduce el pintor a lo largo de su carrera, subraya
haber retratado en varias ocasiones a Luciano Bonaparte, hermano del rey, en el
transcurso de su embajada en Madrid.
A partir de su nombramiento se multiplica la comisión de retratos de José
I como aderezo visual a suntuosas cajas o joyeles, empleados como preciados
regalos diplomáticos. No obstante a pesar de este éxito
profesional, en febrero de 1811 ante el incierto horizonte político solicita
una licencia real para retornar con su familia a Francia.
Este protagonismo de los artistas galos en la esfera pública se
reproduce en otras ciudades como Barcelona, donde el pintor Joseph Bernat Flauguier vendrá en
monopolizar ciertas parcelas de la vida académica, la sistemática
reproducción de retratos regios y el esbozo de violentas escenas de
la Guerra
de
la Independencia
siempre
desde la perspectiva de los generales franceses.
La
conciencia generalizada de crisis del Antiguo Régimen parece extenderse
al campo de
la Pintura
,
donde acontece un destronamiento casi generalizado de los pintores de época
de Carlos IV. Al mismo tiempo este vacío profesional se erige en una
coyuntura ideal para que pinceles de
segunda fila o de una generación más joven, disfruten de su ansiada
oportunidad cortesana. Un paradigma de pintor que no había alcanzado
dignidad alguna en el curso de las décadas precedentes será Manuel Palomino. En el mes de abril de
1809 ya comparece a las órdenes de Quilliet, en la restauración
de los cuadros seleccionados para la decoración de
la Casa
de Campo.
Pero para este mentor palatino acometerá otras actividades bastante más
delictivas, como la eliminación de los números de inventario de
los cuadros distraídos de la colección real para facilitar su
venta en el extranjero.
Este individuo pretenderá de modo casi continuo las mercedes de
José Bonaparte, ya que tan sólo en el curso de 1810 solicita del
soberano la suspensión del embargo por deudas de su escuela de dibujo,
la concesión de
la Real
Orden
de España, la dignidad de Pintor de Cámara y una casa para su
nueva academia. En el campo de la
miniatura emerge la figura de un joven José
de Rojas que ante la ausencia de Bauzil suministra en consecutivas
ocasiones retratos regios y que alcanzará la dignidad de Pintor de Cámara.
Un discípulo de San Fernando, Francisco
Carrafa solicita asimismo del gobierno josefino“… qe. se le tenga
presente pa. reformar y componer las Pinturas del Rl.
Palacio”. Otros artistas como Alonso García Sanz y Rafael Esteve, grabador que inmortalizaría
Goya en 1815, conseguirían que un par de sus dibujos, que
reproducían cuadros de San Fernando, fueran adquiridos por el soberano
en persona para sus habitaciones en
la
Casa
de Campo.
Incluso un español, Manuel
Esquivel de Sotomayor, obtendrá una beca del rey para proseguir su
formación en Florencia con el célebre grabador Morghen.
Al
margen de Nápoli, Maella y Goya, que se estudiaran por separado, en el
reinado de José Bonaparte comparecen un par de artistas bastante
más jóvenes que disfrutaron un tremendo protagonismo. Uno de
ellos será el valenciano Vicente
Velázquez que aunque en 1808 era maestro de Pintura en el Real
Consulado de Santander, de inmediato en 1809 ya “… pide un empleo análogo á su
Profesion de Pintor”.
El 20 de enero de 1810 Juan Antonio Llorente recomendaba su candidatura al
conde de Melito en compañía de Esteve y Carnicero con objeto de
formar el museo de Pinturas.
Esta intercesión ante la corte sería agradecida por el artista
con un retrato del canónigo, que rememora visualmente su homóloga efigie
de Francisco Goya. Resulta paradójico que el retratado a la hora de
ilustrar su célebre “Historia de
la Inquisición
”,
prefirió la efigie de Velázquez a la del aragonés. Este pintor
acompañará asimismo a la corte josefina durante la jornada de
Andalucía, aunque su lealtad se
descubre bastante efímera al esbozar un retrato de Fernando VII con
motivo de su entrada a Valencia.
La localización de un inédito gabinete de retratos, firmado y
fechado en mayo de 1811, inmortalizando a Francisco Amorós y Ondeano acompañado por sus tres hijos, detenta un tremendo interés ante
el exiguo repertorio pictórico de este reinado. El progenitor es
inmortalizado con
la Orden
Real
de España mientras que su hijo Antonio, vestido con
toda probabilidad con el uniforme del colegio de pajes, se simboliza con sus
libros de gramática francesa.
No
obstante si hay que destacar la candidatura de un pintor, por encima de todos
sus colegas, como paradigma de artista que más allá de
afrancesado se podría apellidar casi como de josefino, es la figura del
valenciano José Ribelles y Helip [o Felip] (1778-1835). Su primer contacto con José Bonaparte en persona será
en mayo de
1809 a
través de una audiencia palatina concedida para exhibir un dibujo
reproduciendo una de Venus de Tiziano de
la Sala
Reservada
de
la Academia.
Tras
su
contemplación el monarca decide gratificarle con tres mil reales y
preservar la obra para completar uno de los gabinetes de su palacio de
la Casa
de Campo.
Unos meses más tarde en agosto de este año Frédéric
Quilliet intercede ante el conde de Melito para el cobro de otro cuadro de
Ribelles, figurando la fábula de Apolo y Laooconte, que se había
remitido asimismo a
la Casa
de Campo. Esta composición
procedía del taller del pintor, pues había sido presentada en la
exposición organizada en 1808 en las salas de San Fernando.
Las adquisiciones de obras de esta joven promesa con destino a la
colección particular de soberano no concluyen aquí. Algún
tiempo después, el 15 de abril de 1813 se subasta en Londres una
colección de cincuenta cuadros incautados a los franceses por el jefe de
la guerrilla de Navarra en las proximidades de Vitoria, procedentes supuestamente
de María Luisa de Parma y del Palacio del Buen Retiro. Esta a menudo
olvidada venta ratifica como el traslado del equipaje del rey José rumbo
a lugar seguro pudo dar comienzo ya a finales de 1812, mucho antes de que Wellington
apresara su famoso cargamento en la batalla de Vitoria en el mes de junio de
1813. Entre estos primeros lienzos que el monarca comenzaría a expedir hacia
Francia se incautaría otro de Ribelles, descrito como: “A storm with a
wreck, very spirited”.
Sin embargo la principal fuente de ingresos para Ribelles durante estos
años sería el diseño de telones y escenografías de
teatro. Algunas crónicas posteriores, como las de Caveda, testimonia: “…
Supo granjearse el favor del público por sus disposiciones para cultivar
el arte. Goya, que las había reconocido y estimado en su justo valor, se
dolía con su franqueza genial de que no las aprovechase más
cumplidamente abandonando la pintura de decoraciones teatrales y las de puro
entretenimiento por las de cuadros al óleo y un detenido estudio de los
mejores originales”.
La
razón de este éxito profesional de Ribelles durante la
invasión napoleónica quizá resida en razones ajenas por
completo a su actividad artística. Al regreso al trono de Fernando VII
el 18 de enero de 1815 el pintor confiesa ante
la Inquisición
“…Que en el año de 1811 entro por curiosidad, y haberle dicho que
adelantaría en su Arte en la reunion qe. llamavan de los framo.
á la qe. asistio de
5 a
6 beses”.
El artista había llegado al grado de maestro en la logia Beneficencia de
Josefina, que estaba alojada en la calle de las Tres Cruces. Resulta curioso
que en el número 5 de esta misma calle residía Xavier Goya con su
mujer en fechas concurrentes. Según su declaración la actividad
artística para esta sede masónica consistió tan
sólo en el diseño de su diploma y la decoración de una de las
estancias, en compañía del escultor también masón
Pedro Hermoso. En su confesión adjuntó dos sucintos esbozos con
su consiguiente descripción. José Bonaparte detentaba la dignidad
de Gran Maestre del Grande Oriente de Francia, de ahí que intente
favorecer en todo momento a Ribelles, muy por encima de su potencial
artístico. Aunque el pintor declara que había acudido en contadas
ocasiones a estas sesiones masónicas, su grado de maestro le
confería una tremenda proyección dentro de la logia. Este escenario
podría justificar la incongruencia de que José I a pesar de los
miles de obras maestras que podía disfrutar de manera gratuita, se
inclinara a adquirir cuadros a José Ribelles.
En
las antípodas de este comportamiento filobonapartista comparecen los
pintores que se decantaron hacia el bando patriota. Algunos de ellos aparecen todavía
censados en Madrid a raíz del empréstito obligatorio de marzo de
1809, aunque muy pronto intentan huir de la capital. Uno de ellos es el
miniaturista Eugenio Ximenez de Cisneros,
cuya súplica del 30 de diciembre de ese año nada mas instalarse
en Córdoba testimonia, cómo “… con la venida del enemigo á
Madrid, temiendo me comprometiese á servirlo á causa de haverme
llamado el Marques de Monte Hermoso, diciendome pr. medio de su
secretario, qe. en atención de ser uno de los criados mas
antiguos qe. disfrutava el sueldo, quedava revalidado en el, con lo
demas qe. omito pr. no ser mas difuso; pero sin
acobardarme mi edad de sesenta y seis años y despreciando estas ofertas
con la mayor resolucion, me resolví á abandonarlo todo, dexando
mi casa y haveres al furor del enemigo, rompiendo pr. un tropel de
dificultades, á fin de conservar la fidelidad qe. con juramto.
tengo prometida á mi legitimo sobno. Dn. Ferndo.
7º huyendome de Madrid, el tres de octubre pa. esa Sevilla, y
llegando á esta de Cordova, fuy detenido”. De otro memorial posterior se
infiere que tras la conquista de Córdoba por las tropas francesas “… y no teniendo orden de continuar su viaxe,
tubo qe. regresarse á esta Corte, estando oculto y
permaneciendo constante en su fidelidad como es notorio”.
La perspectiva para los pintores españoles que residían fuera del
país tampoco se presentó nada fácil, al verse en la
obligación de secundar el juramento a José I para poder cobrar
sus pensiones. En París acudirían a la embajada hispana los
pintores Juan Antonio Ribera, Francisco Lacoma y el miniaturista huido
de Madrid José Bouton,
en Florencia el artista mengsiano Carlos Espinosa ,
mientras que en la ciudad de Roma José
de Madrazo, Miguel Cabañas, Teodoro Mur y José Aparicio serán encarcelados en el Castillo de
Sant’Angelo ante su negativa a aceptar el nuevo régimen.
A imagen de lo que acontecía en España, la ambigüedad
política de estos artistas se constata de inmediato, ya que en 1812 Aparicio
no muestra reparo alguno en retratar a la esposa del conde de Tournon, prefecto
bonapartista de Roma.
Los
integrantes de la verdadera guerrilla artística afloran a través
de los diarios de sesiones de
la Cortes
Generales
en Cádiz. Algunos de los pintores patriotas confinados
en Cádiz hicieron notar su presencia con la remisión de sus
creaciones a las Cortes. En 1812 un mallorquín llamado Jaime Riera, académico de San
Carlos, presenta una alegoría de España y Jorge III con la
intención de que le sirviera de credencial ante el monarca
británico. Ante la escasa calidad
del lienzo la comisión decreta que será más apropiado
aguardar a momentos de paz “… encargando estos proyectos á sus mejores
profesores para que eternicen con sus obras la gratitud española hacia
la Gran
Bretaña
, y dejen
monumentos en que admire la posteridad el buen gusto del tiempo de la
Córte”. De modo concurrente ese
mismo año otro pintor, Antonio
Sánchez González, comparece en mayo de 1812 con un dibujo “… que
representa alegóricamente, reunidos en un punto de vista, los hechos
más principales ocurridos en
la Península
desde el dia 2 de mayo de 1808
hasta el en que se publicó
la Constitución
”.
A las pocas semanas se plantea la posibilidad de “…. ejecutar en grande, en
escultura ó pintura, el propio pensamiento para el salon de
Córtes […] y encuentra ser muy conveniente para significar y promover
las glorias de los españoles, y para que con este pensamiento, sirviendo
como de escala á otros mayores que el ingenio español ha de
presentar, empiecen a borrase las siniestras impresiones con que nuestros enemigos
mayormente han procurado denigrarnos”.
El germen de encargos a Francisco Goya tan emblemáticos cómo los
fusilamientos del 3 de mayo o la carga de los mamelucos, se vislumbran ya en
estos tempranos arbitrios. A través de estos Diarios se patentiza el firme propósito de las Cortes por perpetuar
artísticamente la brutalidad de esta guerra, aunque eso sí al
dictado de pinceles de inmortal genialidad. Hasta el momento los únicos
pintores de la corte de Carlos IV en los que se ha podido documentar su
estancia en Cádiz, serán Fernando
Brambila y Juan Gálvez. En
agosto de 1808, tras la precipitada huida de José I, ambos artistas marchan
hacia Zaragoza con la comisión de inmortalizar el asedio a la ciudad. Esta
campaña pictórica se desarrolla en paralelo con un viaje de
Francisco Goya a esta capital con idéntico objetivo.
Luces y sombras de una biografía goyesca.
Esta prosopografía de la
militancia político-artística de los pintores, contextualiza la
contradictoria conducta de Francisco Goya durante la ocupación francesa.
En esta narración la trayectoria colaboracionista del aragonés
dista bastante de la de un masón oportunista cómo José Ribelles,
pero también difiere por completo de la biografía patriota de un auténtico
guerrillero del pincel cómo Juan Gálvez. A la luz de esta crónica,
la impresión es que el universal maestro iría salvando cada situación
de forma análoga a la mayor parte de sus compañeros de profesión
en una etapa en que el contexto político varía cada nueva jornada.
Para comenzar la convulsión política de 1808 comportará sin
embargo al aragonés un sinfín de comisiones pictóricas de
dispar naturaleza. En esta fecha aparece firmado el retrato Pantaleón
Pérez de Nenín como húsar de la reina María Luisa.
De modo concurrente
la
Academia
le encarga un retrato de Fernando VII, llamado a
destronar al que en 1790 esbozaría Francisco Bayeu en directo delante de
Carlos IV. Ante la ausencia de una iconografía actualizada del joven
monarca, Goya requiere la misma gracia que su cuñado, es decir una
audiencia pictórica ante su regio modelo. A comienzos de abril “… S.M.
me dio sólo tres cuartos de hora en dos sesiones, diciendo que a su
vuelta de Burgos me daría todo el tiempo necesario”.
Los acontecimientos de Bayona obligarían al pintor a abandonar este
retrato en un mero esbozo, que se retomaría con motivo de la proclamación de Fernando VII a finales
de agosto para concluirse definitivamente a comienzos de octubre. El monumental
retrato ecuestre de Fernando VII no pudo estar concluido para la exposición
pública que se organizó en las salas de la academia en ese
año. El activo interés
del aragonés por inmortalizar en directo este áulico rostro,
reside en su afán por articular una iconografía oficial que le
brindara la rentabilidad económica alcanzada en 1789 con la de Carlos IV
y María Luisa de Parma. La intención del aragonés se
traslada al ministro Pedro de Cevallos a través de San Fernando “… donde
mejor que en parte alguna deberá estar el que sirva de modelo para
cuantos será preciso sacar para satisfacer las ansias de sus leales y
amados vasallos”.
En
paralelo la proclamación de Fernando VII en Madrid el 24 de agosto de
1808 comportará al aragonés la comisión del diseño
del ornato pictórico de la residencia de Tadeo Bravo de Rivero. La
vinculación personal del pintor con este diputado de Lima se
había entablado algún tiempo antes, ya que en 1806 había
posado para un retrato de cuerpo entero y encargado un lienzo protocolarizado
como “… la despedida que hize de mi familia en Lima”.
La Gaceta
de
Madrid brinda una precisa crónica de esta fachada, pero hasta el
momento no se había reparado en otro texto que permite completar la
descripción de esta composición perdida de Goya:
“… y venciendo el
amor a su Rey el óbice de ser cuarto entresuelo, llenó los cinco
entrepaños de pinturas alusivas al día […] representaba en una
matrona la fidelidad por sus símbolos de un perro y una arca cerrada,
cuya llave tenía en una mano, y en segundo término un indio y una
india Peruanos, para indicar que era la fidelidad limeña la que en un
medallón tenía en su derecha el retrato de nuestro Fernando […]
debajo de las estatuas tenía en vistosos transparentes. Viva Madrid, Viva
la
Religión
, Vivan
los Españoles. Viva el valor.
Encima de la alegoría de en medio: Viva
Fernando el Deseado, y debajo en una lápida.
A Fernando VII
Rey de España
y de las Indias.
La Ciudad
de Lima”
A
la luz de esta complementaria descripción de la alegoría de Goya,
se infiere que la interpretación iconográfica de la fidelidad se
declama al dictado de los preceptos de Cesare Ripa, personificada en una mujer
vestida de blanco con la llave en la mano izquierda y el tradicional perro a
sus pies. El aragonés estaba intentando concluir su retrato ecuestre de
Fernando VII por lo que al recibir el encargo de Tadeo Bravo de Rivero se
ofreció a esbozar tan sólo el boceto y trasladar la
ejecución definitiva a su discípulo Asensio Juliá. En este
trance de la historia de España esta iconografía de fidelismo del Perú se ostenta de
manera muy justificada, ya que el virrey Abascal vendría en demostrar su
total adhesión a Fernando VII frente a los envites de Murat e incluso de
la propia hermana del rey,
la
Princesa
del Brasil Carlota Joaquina. Al mismo tiempo las representaciones
de Fernando VII en el curso de esta proclamación serían de vital
importancia, por ser la primera vez que se tremolaba en Madrid el Pendón
Real sin la presencia de su soberano. Ante esta desoladora perspectiva los
lienzos y esculturas vinieron a paliar ante los madrileños la regia
ausencia, “… cuyos retratos se puede asegurar que eran casi tantos como las
casas, supliendo por los originales del pincel las infinitamente multiplicadas
copias del buril”. Los estrados del ayuntamiento estuvieron presididos por efigies
de Antonio Carnicero, las fachadas de
la Imprenta Real
por
una de José Camarón y
la Real Compañía
de Filipinas por otra
de cuerpo entero de Agustín Esteve. De este surtido repertorio visual el
prototipo más actualizado sería sin lugar a dudas el esbozado del
natural por Francisco Goya tan sólo cuatro días antes de la salida
de Fernando VII hacia Bayona. Como aconteciera con la iconografía de Carlos
IV en su exaltación de 1789, la imagen más moderna de Fernando
VII brotaba de nuevo de la genialidad de Francisco Goya, aunque en esta
ocasión interpretada por sus discípulos, en el medallón de
Juliá y en la efigie de Esteve.
En
la esfera más personal los levantamientos del 2 de mayo de 1808 también
sobresaltan los círculos más íntimos de Francisco Goya,
con motivo del fallecimiento de un hijo de su sobrina Feliciana Bayeu,
Andrés Ibáñez Bayeu, y resultar herido uno de sus
discípulos, León Ortega y Villa.
En octubre de este año el artista dona 21 varas de lienzo para las
tropas de Palafox.
Estas telas llamadas en origen a acoger las inmortales creaciones
pictóricas de Goya recibirían sin embargo un destino bien
distinto. Ese mismo mes partiría hacia Zaragoza, en
compañía del pintor Luis Gil Ranz, en respuesta a la llamada de
Palafox para “… ver y examinar las ruinas de aquella ciudad, con el fin de
pintar las glorias de aquellos naturales, a lo que no me puedo excusar por
interesarme tanto en la gloria de mi patria”.
La crónica de lo que Goya crearía durante estas jornadas en esta
capital han llegado a nuestros días a través de testimonios
indirectos. Lady Holland recoge el 29 de abril de 1809 en su diario una
descripción de un gabinete de Palafox “… In his room there were several drawings done by
the celebrated Goya, who had gone from Madrid on purpose to see the ruins of
Saragossa; these drawings and one of the famous heroine above mentioned
[Agustina de Aragón], also by Goya, the French officers cut and
destroyed with their sabres”. Aunque este último dibujo corresponda quizás
con la serie de Juan Gálvez, esta cita rescata la noticia de que el
general preservó para su colección algunos de los bosquejos de
Goya colgados en su despacho como patrón de conducta patriota. Un poco
más adelante, en 1830 Alcaide Ibieca comenta sobre el pintor “… llegó á Zaragoza
á últimos de octubre de 1808, y formó aunque
precipitadamente, dos bocetos de las principales ruinas, figurando en uno de
ellos el hecho de arrastrar los muchachos, en el choque del 4 de agosto, por la
calle del Coso los cadáveres franceses […] para evitar un compromiso,
los cubrió con una baño que despues no pudo quitar, y
quedó inutilizado aquel trabajo”.
Estas anécdotas afianzan la hipótesis de que durante estas
semanas en Zaragoza, Goya esbozaría sobre el papel y lienzo, escenas
vividas en directo así como glosadas por los aragoneses sitiados.
El
proyecto original de Goya sería permanecer en Zaragoza bastante más
tiempo, pero con toda probabilidad el asedio de los franceses sobre la ciudad aceleró
su partida. Algunos historiadores han venido en fechar su llegada a Madrid en
marzo de 1809, sin embargo resulta más probable que aconteciera a
finales de noviembre de 1808, ya que en diciembre el aragonés ya
ratifica en Madrid el juramento colectivo a José I. El hijo de su
compañero de viaje, Luis Gil Ranz, rememoró a Ossorio este accidentado
retorno: “… En aquella empresa corrieron no pocos riesgos y contratiempos,
debidos en gran parte á la exaltacion de la opinion pública, y en
no poca á la falta total de oido de Goya, al que Gil Ranz tenia que
hablar valiendose del alfabeto de los sordo-mudos, lo que en una ocasión
fue causa de que se les tuviese por espías y tuvieran que refugiarse al
pueblo natal de Gil Ranz, y esperar en él ocasión oportuna para
trasladarse á Madrid”. De momento tan sólo se conocen
dos estaciones en este viaje por caminos al arbitrio del ejército y las
guerrillas, la ciudad natal de Goya, Fuendetodos y la de Gil Ranz, Renales
(Guadalajara). Con sus decisiones este par de pintores parecen evitar
localidades importantes y prefieren esconderse en aquellos lugares donde se
podían alojar con familia. De este modo la supuesta ausencia de Goya de
Madrid durante el invierno de 1808-09 defendida por diversos historiadores resulta bastante improbable.
A su llegada a Madrid el panorama
había cambiado de signo, a las ceremonias patriotas que rodearon la
proclamación de Fernando VII le relevaría la inmediata entrada triunfal
de José y Napoleón Bonaparte. En lo que concierne a Francisco
Goya el año de 1809 rebela un inesperado vacío documental y
artístico. En enero de ese año, como el resto de los
madrileños, el aragonés se ve en la obligación de alojar a
oficiales franceses en su casa de la calle Valverde, en su caso un tal M.
Posar, inspector de vestuario militar.
Durante este tiempo una de las escasas noticias acerca del discurrir de su vida
es la misiva que redacta el artista el 5 de mayo reclamando los 150 doblones,
que
la Academia
le había asignado como gratificación por el retrato ecuestre de
Fernando VII. A simple vista parece
una temeridad que en pleno reinado intruso Goya reclame el abono de un retrato
del destronado rey, pero de modo casi concurrente el ayuntamiento de
la Villa
tramita el pago a
Antonio Carnicero de las efigies de Fernando VII que presidieron los distintos tablados
de su proclamación.
Un poco más adelante, en junio de 1809, el aragonés también
comparece en una junta de
la
Academia
con motivo del nombramiento de Almenara como
protector. La pública militancia del pintor en el bando patriota durante
1808 comportara su voluntaria desaparición de la mayor parte de los
círculos artísticos y palatinos. Al confrontar esta discreta
actitud con la de sus compañeros de profesión durante 1809,
emergen comportamientos totalmente divergentes. A raíz de las
biografías presentadas con anterioridad, en el curso de estos meses
inaugurales del solio josefino en el gremio de los pintores, a imagen de
algunos círculos de la sociedad hispana, se desata un auténtico
“... apetito de gracias y favores de la nueva Corte”.
En lo que respecta al caso concreto de Mariano
Salvador Maella y Manuel Napoli,
es incuestionable que a escasas semanas del arribo del soberano francés los
artistas se afanan en mover todos sus contactos cortesanos. Maella
conseguiría preservar su dignidad de Primer Pintor de Cámara por
intermediación del marqués de Montehermoso y del conde de Melito,
mientras que Goya ni siquiera reclama este mismo cargo que disfrutó en
época de Carlos IV. De igual modo Napoli entraría asimismo en
nómina de
la
Cámara
con una temprana actividad de restaurador de
los cuadros seleccionados para José I por Quilliet rumbo a
la Casa
de Campo. El voluntario
destierro del universal aragonés, contrasta con la frenética
campaña de todos sus colegas por encontrar su hueco con la nueva
dinastía.
A
lo largo de todo este escurridizo 1809 la única actividad profesional de
Goya que se ha conseguido exhumar de los archivos, es su participación
en la tasación de una colección de pinturas seleccionadas para el
general Sebastiani. El 20 de diciembre de ese año José
Napoleón dictamina que de los cuadros incautados en los conventos
suprimidos, “… Nuestro Ministro de lo Interior eligirá primero ciento que nos reservamos, y
destinamos á las recompensas nacionales, que señalaremos por
Decretos particulares”.
A continuación en sucesivos decretos se regalan varias de estas obras al
mariscal Soult, duque de Dalmacia, así como a los generales Sebastiani y
Dessolles. En efecto el 4 de enero de 1810 se le
concederá a Horace-François-Bastien Sebastiani su correspondiente
obsequio pictórico “… como un testimonio particular de nuestra satisfacción por los
servicios que nos ha hecho”.
Los tres cuadros seleccionados en el improvisado almacén del convento
del Rosario serían de Van Dyck “la mujer adultera”, de Bordone “
la Sagrada Familia
” y
finalmente de Tiziano “
la
Virgen
y Jesús”.
Pero esta supuesta recompensa nacional había ido precedida de otra donación enmascarada en la
fórmula de una venta. El 2 de septiembre de 1809 el conde de Melito notificaba
a Feraud: “… Je vous previens , Monsieur, que le Roi a fait present á Mr.
le General Sebastiani des tableaux dont la liste suit, qui sont
depósés au Palais de Buenavista. Vous voudrey bien les lui faire
deliver”. A pesar del
carácter de obsequio que confiere José I a esta pequeña
colección pictórica, más adelante se arbitra que se
verifique como una compra por parte del general. En esta todavía confusa
maniobra, Goya será requerido para que acuda al antiguo palacio de Godoy
con objeto de verificar la tasación de casi una veintena de lienzos. El
20 de octubre Feraud contesta a Miot de Melito: “… J’ai l’honneur de vous
adrésser un état d’estimation des 15 tableaux existants dans
votre maison, et estimés pour Monsieur Goya en ma présence
à la somme de 116.000 réaux”.
Los cuadros que acudiría el aragonés a valorar se
inventarían cómo “1 Pereda, grand tableau, 4 Murillo de petite
dimension, 2 Navarrete, 1 Coello, 2 Rivera, 1 Luini, 1 ebauche de Velazquez, 2
Manieres flamandes, 2 Wouvermans, 1 Albert Durer”. En base a su dictamen económico parece que Francisco Goya no recibió demasiadas
presiones, ya que la tasación emitida por nuestro artista comparece
bastante acorde con los precios de la época.
La clausura política de
Francisco Goya del año nueve parece concluir en 1810 al constatarse una progresiva
recuperación de su actividad artística, tanto en su vertiente
privada como en la más pública. En lo que concierne al
capítulo más íntimo las únicas planchas de los
Desastres de
la Guerra
que aparecen fechadas son en esta jornada, aunque es bastante factible que muchas
de estas estampas se esbozaran durante los nebulosos meses goyescos de 1809, al
permanecer tan reciente en la retina la impronta de la guerra padecida en su
tránsito por tierras aragonesas. En un contexto asimismo familiar comparecen
en 1810 fechados los retratos de los suegros de su hijo Xavier, Juan
Martín de Goicoechea y Juana Galarza. Esta producción personal se
solapa con otra de proyección más oficial, ya que en febrero de
ese año ultima su alegoría de José I, cuyos
prolegómenos se intentarán
desentrañar más adelante. Nuestro protagonista parece asimismo
retomar a
la Academia
,
ya que el 15 de junio Goya acude en compañía de los profesores de
San Fernando a una recepción ante el marqués de Almenara.
Entre el mes de mayo y octubre esbozaría los retratos del general
Nicolás Guye y su sobrino. A finales de agosto de este año el
aragonés es designado por Manuel Romero, para en compañía
de Manuel Nápoli y Frédéric Quilliet seleccionar los
cuadros españoles que debían exhibirse en un museo
público. Al mes siguiente, en septiembre, acontece uno de los episodios
supuestamente más oscuros de la biografía de Francisco Goya, la
selección de cincuenta cuadros como presente a Napoleón Bonaparte,
que dada su complejidad se abordará más adelante en un
capítulo separado. El 10 de noviembre de 1810 Goya participaba al
arabista José Antonio Conde del solapamiento de dos convocatorias del
ministerio del Interior para la mañana siguiente, una en el Palacio
Nuevo con el propio ministro y otra concurrente en el convento de San Francisco
el Grande para revisar las pinturas seleccionadas para Napoleón.
Esta misiva se conoce ya desde antiguo pero sin reparar en que al dorso se
encuentra un borrador de la contestación de este colaborador de Manuel
Romero: “quiere S.E. saber si el retrato ha de ser á pie ó
caballo, á que horas ha dicho á Vm que vaya. Hoy no á
estado en Palac”. Una posibilidad es que se refiera a un retrato de aparato del
monarca, para algunas de las piezas de la secretaría del Interior que de
modo concurrente se estaban engalanando con pinturas procedentes de los Bienes
Nacionales. Por el contrario la hipótesis más factible es que se
refiera a una efigie del propio Manuel Romero que ya existe constancia de que
el aragonés inmortalizó en un lienzo. La localización de
esta esquela permite plantear la teoría de que el retrato de Manuel
Romero custodiado en la actualidad en Chicago, fuera en origen de cuerpo entero
pero en un momento indeterminado se le seccionarían las piernas.
Tras estas ajetreadas jornadas de
1810, a
partir de este mes
de noviembre se verifica un auténtico agujero negro en la
biografía de Francisco Goya que nos traslada casi hasta agosto de 1812. Durante
estos casi dos años los escasos episodios conocidos de su voluntario retiro
parecen discurrir en paralelo con los de su competidor en la corte, Mariano
Maella. A lo largo de 1811 la única referencia a ambos pintores es su
juramento a José Bonaparte en respuesta a la concesión de
la Real Orden
de
España, bajo la comprometida fórmula: “Juro ser siempre fiel al honor y al Rey”. Es indudable que a diferencia de otros compañeros de
profesión, como Manuel Palomino, ninguno de los dos solicita tal
dignidad aunque tampoco la pueden rechazar. En estas fechas el tándem Goya-Maella
emerge de nuevo en una relación del profesorado nominado para la 4ª
sección de Pintura de
la
Academia
de Ciencias, que José I pretendía
instaurar en la capital.
Ambos despachos responden al interés de la administración
josefina por contar en sus filas, al menos nominalmente, con las personalidades
más relevantes de todas las áreas de la cultura. El año siguiente
de 1812 iba a resultar bastante doloroso en el terreno personal ya que Josefa
Bayeu fallecía en el mes de junio, tan sólo unos meses después
de la muerte de la mujer de Maella, María González Velázquez.
La entrada en Madrid de los ingleses en agosto de 1812 comportaría para
el aragonés su retorno a la vida pública a través del apresurado esbozo de
diversos retratos de Wellington en los más dispares formatos, como dice
el propio pintor “… no tengo tiempo para nada”. Sin embargo esta alegría
se tornaría en un auténtico espejismo ante el regreso de José
I a comienzos de noviembre y su permanencia en Madrid hasta marzo de 1813, lo que
entrañaría una nueva reclusión de nuestro protagonista en sus
círculos más íntimos. De modo concurrente el exilio del
pintor a Piedrahita acontece asimismo en este año de 1812,
ya que la estampa con el lenguaje de los sordos aparece firmada en esa localidad
y fechada en este año. Al
analizar el devenir de la biografía
y actividad artística de Francisco Goya durante el reinado intruso, se
refrenda la opinión algunos historiadores que lejos de juzgar al pintor
como un colaborador francés lo reconocen cómo un auténtico
superviviente de una impredecible coyuntura histórica.
Goya y los 50 cuadros del “equipaje” de Napoleón.
A finales de abril de 1813 el
marqués de Almenara reclamaba desde Valladolid el envío a
París de los 50 cuadros españoles que José I había
ofertado a su hermano Napoleón. En las semanas previas al
desmoronamiento de la dinastía Bonaparte en España, esta
pinacoteca abandonará nuestras fronteras empaquetada en seis cajas sin
conseguir que nadie las interceptara, como el célebre “equipaje” del rey
José. La historia de esta auténtica embajada pictórica del
arte español todavía no ha sido ponderada en toda su complejidad. Siempre se ha venido en
repetir la participación de Francisco Goya en este episodio
coetáneo a
la Guerra
de
la Independencia
,
pero sin duda una precisa relación de los sucesos permitirá clarificar
la exacta intervención del universal aragonés. Sin embargo este
capítulo de nuestra historia daba comienzo tres años antes, en
los albores del solio hispano de José I, cuando a través de una
orden real del 20 de diciembre de 1809, el soberano decreta la selección
de cincuenta cuadros de la escuela española para que representaran a
nuestra nación en el Museo Napoleón de París. La primera persona
comisionada para la redacción de esta lista será
Frédéric Quilliet, que tenía ultimada su propuesta el 7 de
enero de 1810. Este comisario de Bellas Artes era el funcionario josefino que
mejor conocía las colecciones tanto de
la Corona
como de los
conventos suprimidos, por lo que no supondría ningún esfuerzo
recrear mentalmente las pinturas que debían conformar esta delegación
hispana. El marqués de Almenara comparece con este inventario ante
José Bonaparte en el curso de la primera quincena de enero en la ciudad
de Almagro. Unas misivas inéditas permiten rescatar la noticia de que
tras esta fugaz audiencia se decide trasladar a Napoleón de inmediato
este gesto de su hermano mayor. El 16 de enero de 1810 el propio Almenara
remite desde Almagro una copia de esta lista al embajador español en París,
exponiendo en su carta que
la
Pintura
española se descubre bastante desconocida en
Europa, de tal modo que “… una colección de sus mejores cuadros colocada
en el Museo Napoleón contribuirá al esplendor de aquel grande
establecimiento y seria un monumento de la amistad del Rey a su Augusto hermano
el Emperador y Rey de la gloria del nombre Español” . El dos de marzo siguiente el duque de Frías participaba desde Francia
a su interlocutor ante el rey José, la remisión de este
inventario al duque de Cadore, ministro de Asuntos Exteriores, que se
elevó al Emperador, “… habiendo apreciado mucho este soberano esta
prueba de amistad”.
Tras
el retorno de la corte a Madrid el duque de Campo Alegre participa a finales de
agosto al ministro del Interior el interés del monarca por conocer la exacta
situación de este pictórico asunto de Estado. Por esta
razón desde la mencionada secretaría José Antonio Conde
transmite el 5 de septiembre a Quilliet: “… Quiere S.E. qe. le de
razon del estado qe. tienen las cincuenta pinturas destinadas para
S.M.Impl. si estan embaladas, si se pueden todavía ver;
porque. quieren qe. vayan con el primer conmboy”.
Al día siguiente el francés remite la lista de las pinturas, exponiendo
al ministro que se encontraba supervisando la construcción de las cajas
para su transporte. El inventario inicial de Almagro estaba ordenado en base a
las tres cardinales escuelas nacionales, es decir la madrileña,
valenciana y sevillana, con las consiguiente incongruencia de asignar
creaciones como
la
Coronación
de
la Virgen
del Greco, una Sagrada Familia de Blas de
Prado, o incluso el Descendimiento de Michiel Coxcie, al capítulo de la
escuela madrileña. Frente a ello, esta segunda propuesta se redacta en
función de la ubicación de las pinturas, de lo que se infiere que
25 permanecían colgadas en el Palacio Nuevo, 9 en el Palacio de Buena
Vista, 5 en la antigua casa del Príncipe de
la Paz
y finalmente 11 almacenadas
en el convento del Rosario. Pero al confrontar ambos catálogos de
Quilliet, se descubre cómo durante estos meses de 1810 el francés
por su cuenta se había afanado en perfeccionar su diccionario visual de
la Pintura
española,
preservando tan sólo 33 cuadros de la lista original firmada por
José Bonaparte. Se eliminarán pintores como Eugenio Caxés,
Francisco Ribalta y por supuesto el flamenco Michiel Coxcie, mientras que se
añadirán otros candidatos como Espinosa, Labrador, Moya y Rizi.
Además de algunos artistas ya seleccionados se variará los lienzos
que les debían representar en el extranjero, éste será el
caso de Vicente Carducho, Claudio Coello, del Greco, Juan de Juanes, Navarrete,
Pereda, Ribera, Sánchez Coello y Zurbarán.
De manera concurrente en estos meses
acontece un proceso judicial contra Frédéric Quilliet por
sustracción de cuadros pertenecientes a la corona y exportación
ilícita de obras de arte.
A raíz de este el turbio incidente el 21 de julio de 1810 José I
le destituye de su cargo de conservador, aunque no parece ser relegado de la comisión
del Museo Napoleón. En paralelo a través de la documentación
Manuel Nápoli comienza a detentar un mayor protagonismo en la
elección y recogida de esta colección. El 6 de septiembre Manuel
Romero autoriza al mencionado pintor a recopilar todos estos cuadros dispersos
por diversos emplazamientos, con objeto de reunirlos en el almacén del
Rosario. Al acudir Nápoli al Palacio de Buenavista se encuentra con que de
la segunda lista de Quilliet faltaban las dos obras de Juan Carreño y la
de Pedro de Moya, pinturas que los funcionarios sospechaban que el propio monarca
había regalado al general Sebastiani. De igual modo en la antigua casa
del Príncipe de
la Paz
se echa en falta el Descendimiento de Pereda, que emerge transcurrido el tiempo
en la colección personal de Pablo Recio y Tello, canónigo paradójicamente
comprometido en 1813 con Maella y Ramos en la expedición definitiva a
Napoleón. El 13 de ese mes Luis Feraud
comunicaba que en el Palacio Nuevo tampoco localizaban
la Virgen
de Monserrat de Cano
y
la Virgen
de
Blas de Prado. Todos estos contratiempos compelen a Quilliet a articular una
tercera lista como alternativa a todas aquellas creaciones sustraías de sus
emplazamientos originales. Con este motivo propone la incorporación de
varios lienzos procedentes de la iglesia de San Juan, pero que habían
sido prometidos por José I a la iglesia de Santiago y que
permanecían a la espera de la conclusión de sus respectivos
tabernáculos: en concreto de Carreño, un bautismo de San Juan
así como
la
Herodías
y de Claudio Coello, una presentación.
De igual modo Quilliet y Nápoli proponen tres lienzos inmortalizando
diferentes batallas, dos de ellos por Eugenio Caxés y otro por Juan de
la Corte.
En
su momento desde el ministerio se había cuestionado la conveniencia de
incluir cuadros tan nacionales como las batallas de Juan de
la Corte
y Eugenio
Cajés, más apropiados para el museo que se intentaba fundar de
modo concurrente. No obstante no se quitaron de la lista como
acontecería con otro par de pinturas que no se consideraron “… convenientes
al decoro y dignidad de V.M.”, el retrato de Isabel
la Católica
de
Antonio del Rincón así como el inquisitorial auto de Fé de
Francisco Ricci. Ante las continuas mudanzas Manuel Nápoli prosiguió
proponiendo alternativas, en esta ocasión dos batallas de Vicente
Carducho y una Virgen con el niño atribuida a Zurbarán. El
ayudante de Quilliet llegaría a reunir en el Rosario la mitad de los 50 cuadros,
a la espera tan sólo de recoger la otra parte en el Palacio Nuevo. Durante
estas semanas el pintor intentará por todos los medios cerrar una fecha
para el trasporte de los que faltaban, aunque sin recibir respuesta alguna de
los oficiales de Palacio. En efecto desde
la Administración
General
de
la
Corona
se estaba retrasando dicha entrega a la espera de la
opinión de José Bonaparte. Para facilitar la decisión real,
Feraud decide señalar en las habitaciones del madrileño
alcázar con un papel blanco todas aquellas pinturas que se pensaban
remitir a París. Finalmente el 20 de septiembre, a su vuelta de una
jornada en Guadalajara, el soberano contempló en directo la
sangría que comportaba la lista de Quilliet para su propia
colección, por lo que arbitra un brusco giro a la situación.
Todas
estas significativas mudanzas que Quilliet practicó a través de
estas tres sucesivas listas parecen verificarse a espaldas del monarca, pero lo
que provoca en realidad el enfado de José I será la
inclusión de pinturas procedentes de sus gabinetes privados. Al
día siguiente en el consejo del 21 de octubre de 1810 el rey ordena que
se redacte otra selección distinta y que se verifique un informe sobre “los manejos de Mr.
Quilliet”. Ante este regio arbitrio
Frédéric Quilliet quedaba relegado de la comisión que
había orquestado por espacio de casi nueve meses. En la misma reunión
se recuerda la obligación de que esta nueva relación de cuadros
“…. estubiesen firmadas por el Ministro de Hacienda y de lo Interior, y el
Superintendente General de
la Casa
Rl.
y aprobadas por S.M”. En esta cláusula impuesta a sus ministros por
José Bonaparte radica la explicación de la incorporación
de Manuel Nápoli, Mariano Maella y por supuesto Francisco Goya, a este
compromiso bonapartista. Los funcionarios no podían avalar con sus
conocimientos lista alguna, y deseaban evitar eventuales reclamaciones derivadas
de la rubrica de una embajada pictórica que se sabía
comprometedora. Además no se puede olvidar que el emperador Napoleón
tenía en su poder desde el mes de enero la primera lista de Quilliet que
no tenía absolutamente nada que ver con las pinturas que iba a recibir
de Madrid. Al día siguiente, el 22 de septiembre el conde de Melito
comunicaba a Manuel Romero el proyecto del rey de que “… se forme una lista firmada por V.E. y por mí para elevarla á su
aprobazn.”, añadiendo más adelante “… me parece que
para poner á cubierto la responsabilidad de V.E. y la mia será
necesario dirigir la originl. al Exmo. Sor.
Ministro de Estado á efecto de que tenga á bien pasarnos una
copia de ella, deviendo colocarse la que me remita en el Archivo de la Corona”.
En
la carta, referida con anterioridad, del 22 de septiembre Miot de Melito
también proponía: “… à este efecto indico à V.E.
à D. Manuel Napoli para el reconocimto. preliminar que ha de
hacerse y quando V.E. pensase nombrar al mismo, entonces nombrare por mi parte
á D. Franco. Goya”.
El 25 de ese mismo mes Manuel Romero le contestaba: “…. en la eleccion de los
profesores que me indica veo con mucha satisfacn. qe.
V.E. nombra por su parte los mismos profesores qe. yo tenia
nombrados para qe. hiciera el escogimiento de pinturas para
la Galeria
publica y he
creido conveniente que acompañe á los Señores Goya y
Napoli Dn. Mariano Maella profesor bien acreditado”. En efecto a finales de agosto Francisco Goya,
había sido comisionado en compañía de Manuel Nápoli
y Frédéric Quilliet, para la selección de los mejores cuadros
españoles que habrían de conformar el proyectado museo
público. A falta de mas documentación se puede especular con la
hipótesis de que fueran estos dos antiguos pintores de Carlos IV los que
desaconsejarían al monarca la donación al general Dessolles del
retrato de Felipe IV de Velázquez pues “… la galería ó
museo de pinturas de V.M. no deberia privarse de este quadro por ser el mejor
retrato qe. existe en España del monarca qe. mas
favorecio las Bellas Artes”.
En lo que concierne al regalo para Napoleón Francisco Goya, al igual que
los otros dos pintores, recibirá el 26 de septiembre desde
la Superintendencia
General
la
comunicación oficial de que se proceda “… à evaquar este encargo
con el mayor acierto”.
A partir de este instante Goya y sus
compañeros se afanan en la articulación de una cuarta lista que
concluirán el 25 de octubre de 1810. Dada la premura de tiempo la
voluntad del ministro del Interior era aprovechar parte del trabajo ya hecho “…
Si á V.M. parece conveniente encargaré á los Profesores de
pintura, D. Francisco Goya, Dn. Mariano Maella y D. Manuel Napoli,
vean y examinen estos 25 quadros reunidos en el Rosario para asegurar á
V.M. del merito de ellos y estos mismo, sin atenerse á la lista hecha en
Almagro, designarán los restantes para completar dignamente el numero de
los 50, escogiendolos de los que tiene V.M. en el Rosario”.
Mientras que Quilliet conocía a la perfección la cultura visual
del futuro espectador en el Museo Napoleón, al nombrar a los pintores españoles
se les advierte “… que no sean de
asuntos repetidos ni de ridículas devociones”. La idea de tomar como
base el inventario de Quilliet será totalmente desatendida por nuestro
nuevo comité, ya que tan sólo once cuadros derivan de los
precedentes documentos. En la relación que ratifica Goya se incluyeron 25
pintores de los cuales algunos constituían nuevas incorporaciones como Manuel
Benito Agüero, Manuel Alonso, Bartolomé de Cárdenas,
Francisco Hererra el Mozo, Francisco Herrera el Viejo, Juan Bautista Maíno,
Juan Martín Cabezalero y Fray Juan Rizzi, mientras que se arbitraba la
eliminación de otros candidatos con bastante mayor proyección como
Bartolomé y Vicente Carducho, Juan Carreño, Luís Carvajal,
Espinosa, Labrador, el Greco, Herrera Barnuevo, Juan de Juanes, Nuñez de
Villavicencio, Pantoja de
la Cruz
,
Blas de Prado y Francisco Rizi. Resulta incuestionable que en lo que respecta
al catálogo de pintores, era ciertamente más representativa de
la Pintura
nacional la lista
francesa que la española. El 25 de octubre Mariano Maella dirige una
misiva al conde de Melito adjuntando el inventario original con las preceptivas
firmas del valenciano, Manuel Nápoli y por supuesto Goya, encabezadas
con una reveladora cláusula: “… Los que abajo firmamos Profesores de
Pintura nombrados por los Exmos. Sres. Ministro del
Interior, y el Superintendente General de
la
Casa
Real
, […] certificamos que los
cincuenta cuadros expresados en el presente Estado qe. han sido
elegidos por nosotros, son todos originales y de
la Escuela
Española
,
y qe. nos han parecidos los mas dignos de poderse presentar para
la Real
aprobación”.
Como ya se ha advertido este párrafo constituye una imposición de
sus comitentes, en una maniobra ministerial por salvaguardar su
responsabilidad.
El
paso siguiente sería que los ministros examinaran en directo los cuadros
de este inventario, por lo que para simplificar esta operación se
decreta su reunión en el convento de San Francisco el Grande. Hasta el
momento se ha venido en repetir que la referida lista del mes de octubre de
1810 corresponde a la que los funcionarios elevarían a José
Bonaparte. No obstante la documentación testimonia como en el mes de
noviembre el equipo de Goya se vería precisado a redactar una quinta
lista. Los motivos de este nuevo catálogo se ocultan todavía en
una compleja nebulosa de datos, aunque cabe la especulación de que sobrevino
idéntica coyuntura que con la recogida de los cuadros de Quilliet. A los problemas para acceder a
los caóticos depósitos del Rosario, se añade que varios
lienzos estaban expuestos al culto en altares de
la Encarnación
y Santa Isabel, por lo que el Superintendente de
la
Casa
Real
previene el 9 de noviembre que “…
no deben comprenderse los que estan en Iglesias abiertas, y si los depositados
en el Rosario, y de Bienes Nacionales”. El 10 de ese mes Goya sería
convocado por Manuel Romero, al igual que el resto de artistas y Miot de Melito,
para acercarse a las doce del día siguiente a San Francisco a reconocer
el conjunto de las obras. A la recepción de esta misiva el aragonés
advierte al colaborador del ministro, José Antonio Conde: “… No se como
puede ser eso, me acaba de decir S.E. qe. vaya a Palacio y no se
quando despacharé, si es posterior la orden de S.E. a la qe.
me ha dado sirbase VS. avisarmelo antes de las doce”. El conde de Melito no pudo comparecer al
mismo tiempo que los pintores pero lo hará a la mañana siguiente,
en consecuencia el día 12 Conde escribe “… Sores dn.
Mariano Maella, dn. Franco. Goya y dn. Manuel
Napoli me encarga S.E. que VSS. tengan la bondad de firmar la adjunta lista
para presentarla á S.M. mañana”.
La segunda lista española estaba ya ultimada, aunque con motivo de las
órdenes de tres días antes resulta imposible que en esta fecha los
50 cuadros estuvieran agrupados en el convento franciscano.
De esta quinta lista de noviembre de
1810 todavía no se ha conseguido localizar copia alguna, aunque la
existencia de una relación con evidentes variantes frente a la de octubre
permite plantear la hipótesis de que rememore en parte la venidera
propuesta. Este borrador
todavía incluye las pinturas de la iglesia de Santa Isabel, por lo que
no se puede considerar el documento final que Melito y Romero mostrarían
a mediados de mes a José Bonaparte. Al comparar estas consecutivas propuestas
se advierte la corrección de algún error de escasa trascendencia
que se había deslizado el pasado octubre, por ejemplo un lienzo de
José de Ribera descrito como Abraham y sus ovejas pasará a
identificarse con Jacob. Además en noviembre se incorporan por primera
ver efigies de monarcas hispanos, como los retratos de Carlos V y Felipe II por
Pantoja de
la Cruz. El
respeto hacia el imperio de los Austrias por parte de Napoleón queda
perpetuado en una anécdota transcrita por Mesonero Romanos, por la que el propio Emperador
en su fugaz visita al alcázar madrileño en diciembre de 1808 “…
Penetrando despues en los salones de Palacio se hizo enseñar el retrato
de Felipe II, ante el cual permaneció silencioso algunos minutos”. En oposición a estas novedades
también se recupera alguna idea de las precedentes listas de Quilliet,
con la entrada de dos cuadros de Carreño que procedían de la
iglesia de San Juan o la presencia de una pintura de Luis Carvajal. En la
audiencia ante el monarca la definitiva lista rubricada por Maella,
Nápoli y Goya, se acompañaría de otra instancia de los
ministros josefinos. En calidad de responsables últimos de esta
pinacoteca para el Museo Napoleón, sugieren separar cinco pinturas por
su escasa calidad y mala conservación y su sustitución “… si V.M.
lo tiene à bien con pinturas de Murillo, Pablo de Céspedes y
Vargas pintores de mucho merito que florecieron en Andalucia y cuyas obras
escasean en Castilla”.
Como ya se glosó con anterioridad en la tercera selección de
Quilliet Manuel Romero había reprobado la iconografía de dos de sus
cuadros, ahora en esta segunda lista española los ministros ya se
permiten opinar de modo incomprensible acerca de cuestiones de índole
estrictamente artístico.
La explicación a esta
paradoja quizás resida en una misiva cursada por Frédéric Quilliet
a Miot de Melito con fecha de noviembre de 1810.
En una velada maniobra el Superintendente de
la Real Casa
solicitó
del por entonces destituido conservador su comparecencia en San Francisco con
objeto de emitir un informe privado sobre la selección de Maella-Nápoli-Goya.
Los vínculos personales-comerciales de ambos personajes se descubren
bastante estrechos, pues como denuncia a Napoleón un infiltrado del
emperador en la corte josefina apellidado Lagarde, era de dominio
público que Melito amparaba a Quilliet en su labor de sustitución
de cuadros originales por copias rumbo a su posterior venta en el extranjero.
Este escrito de Quilliet resulta trascendental para nuestro estudio al intentar
desacreditar la lista española, en paralelo a una feroz defensa de su
última propuesta. La ocupación inaugural del francés
será ordenar cronológicamente por su fecha de nacimiento todos
los pintores allí seleccionados, recapitulando que de los 25 candidatos más
de ocho no se podían considerar de primer nivel. A continuación
de lo más general se traslada a lo más concreto, al cuestionar la
atribución a Ribalta de
la
Santa
Águeda en la cárcel y considerarla mas
bien una obra italiana de Carles Veronese. De igual modo critica la
inclusión de un cuadro del portugués Bartolomé Cárdenas,
cuando habían sido rechazadas obras del Greco al igual que de los
hermanos Bartolomé y Vicente Carducho por su origen extranjero. Con
idéntica rotundidad censura la presencia de composiciones cómo el
San Ildefonso de Agüero, los cuatro lienzos de Cabezalero o un San
Francisco de Paula de Escalante, cuando se había prescindido de creaciones
como las de Sánchez Coello o seleccionado mediocres creaciones de José
de Ribera. En lo que concierne a pintores ya incluidos en las listas francesas,
se procede a defender los cuadros elegidos por Quilliet, éste
será el caso de Pantoja de
la
Cruz
en el que expone a su mentor palatino su perplejidad
ante la decisión de enviar los retratos de Carlos V y Felipe II, cuando
en las adoraciones de su propuesta comparecía inmortalizada toda la
familia de Felipe II. Otro de los asuntos que discute es el de las dimensiones,
ya que precisándose cuadros de gran formato que denomina de
“Galería” para el Museo Napoleón, se han apartado muchos de
“gabinete”. En este capítulo pone como ejemplo que incluso de pintores
que trabajaban en pequeñas tablas como Luís de Morales, él
había elegido la de mayores dimensiones y composición más
compleja. En lo concerniente a cuestiones de índole iconográfico
tan sólo reprueba el martirio de Santiago de Navarrete, por lo
desagradable del tema. A la luz de este despacho de los cinco cuadros que
Melito y Romero proponen retirar a José I en su audiencia palatina (Martirio
de Santiago de Navarrete, El Pretorio de Pilatos y Calvario de Cabezalero,
la Inmaculada
de Cerezo y
San Francisco de Paula de Escalante), cuatro de ellos se nos descubren
cuestionados en esta rotunda misiva. De igual modo cabe la hipótesis de
que la idea de su permuta por artistas andaluces pudiera partir asimismo del
propio Quilliet, principal artífice las incautaciones en el curso de esa
campaña militar.
El
comisario Quilliet compendia este prolijo dictamen con una reveladora disquisición
acerca del artista y el amateur, parangonando
a David y a Denon. El francés es de la opinión que ambas
actividades detentan valores diferentes, el pintor debe permanecer en su taller
ejercitando su genialidad mientras que al amateur se le atribuye una mayor
imparcialidad en sus juicios. Al compilar el trabajo de los pintores
españoles en la elección para el Museo Napoleón, la
crítica parece llevarse al terreno personal llegando a aseverar: “… Mais
M. Maëlla, M Goya. L’un septuagenaire, n’ayant eu de gout, l’autre sourd,
chacun d’eux n’ayant aucune ideé de cedont ils e sont chargés. Tous deux, qui
sans M. Napoli eussent commis mille écards”. La
participación de Goya en este célebre episodio artístico
del reinado de José Bonaparte, ha servido a menudo para tejer la leyenda
negra de un pintor colaboracionista con el gobierno intruso. Después de
confrontar la prolija documentación se puede afirmar que la
formación de esta efímera pinacoteca recayó en Mariano
Maella y Francisco Goya como imposición ministerial, fiscalizada en todo
momento por Quilliet en persona o por su leal informador Nápoli. En base
a los testimonios localizados hasta el momento el aragonés parece
trabajar en esta comisión josefina un periodo breve de tiempo. Del mes
de noviembre de 1810 al de abril de 1813, en que finalmente se verifica el
envío a París, su nombre no vuelve a aparecer vinculado a este
cometido. Incluso el documento de expedición de este equipaje del Emperador en 1813 aparece
refrendado tan sólo por los pintores Francisco Xavier Ramos y Mariano
Maella. Como se ha ido viendo, esta envenenada lista resulta el corolario de un
sinfín de intereses enfrentados, un monarca poco generoso con su
colección, unos ministros ávidos por salvaguardar su
responsabilidad, los siempre oscuros manejos de Quilliet y porqué no, de
unos españoles que van demorando su expedición. Esta supuesta colaboración
de Francisco Goya conforma tan sólo otro episodio más de la
complicada vida de un madrileño que no puede sustraerse a ciertas
obligaciones emanadas del peso de su nombre en la corte. De manera paradójica
Quilliet jamás cuestionó la presencia de cuatro monumentales
cuadros de batallas gloriando victorias de la monarquía hispana, aunque
desde una perspectiva actual ¿Qué sutil alegoría a la
futura derrota de las tropas francesas?
Goya y la iconografía
hispana de José Bonaparte.
El cuadro más emblemático de la
actividad artística de Francisco Goya durante el reinado de José
Bonaparte es sin duda la alegoría de
la Villa
de Madrid, concebido en respuesta a un
encargo de la municipalidad.
Esta célebre composición jamás ha sido estudiada en el
contexto de la iconografía hispana de José I, donde ante la
ausencia de un prototipo oficial el aragonés sabrá salvar los
obstáculos para articular una magistral composición. El modelo
que sin duda detentará la mayor divulgación en los albores del
reinado es un tondo con el retrato de perfil del soberano que en 1807 esboza
“d’apres nature” el pintor Jean-Baptiste Wicar, y transcribe Guillaume Morghen.
Esta curiosa representación del monarca a modo de relieve de
la Antigüedad
,
constituye la fuente formal en la que se inspira Francisco Goya para componer
el tondo de su famosa Alegoría de
la Villa
de Madrid. Además de la imagen
esbozada por Wicar que presentó Tadeo Bravo de Rivero, también
sirvieron para esta empresa artística de otros modelos formales, ya que
el 7 de Abril de 1810 se libraron a Manuel Fernández el costo de “… un retrato de S.M. al oleo pa.
qe. sirviese de modelo à los pintores de los Salones, otro de
miniatura”. Es incuestionable que
en el curso de este convulso reinado, la principal campaña publicitaria
llamada a gloriar la imagen de José I será lanzada desde
la Municipalidad
de
Madrid, que requerirá la participación de Francisco Goya, Mariano
Maella, Agustín Esteve y otros pintores todavía por identificar.
Esta carencia de imágenes del nuevo monarca que censura el corregidor a
finales de diciembre de 1809, quedará solventada por completo en tan
sólo tres meses. En efecto el 19 de marzo de 1810, con motivo de la
celebración de la onomástica del monarca en el día de San
José se difunde en la prensa madrileña como “... el cuerpo
municipal ha dado por la noche una gran funcion de música y baile, con
un espléndido ambigú. El concurso ha sido mui numeroso y lucido;
las salas estaban magníficamente adornadas, y se veian en todas retratos
del REI y quadros alegóricos trabajados por los mas habiles pintores de
esta corte”.
El
12 de febrero Mariano Maella se dirige al conde de Melito solicitando permiso
para abordar el retrato de José Bonaparte que le encarga
la Municipalidad
de
Madrid “... para colocarlo en sus casas consistoriales, y que al mismo tiempo
sirva para las fiestas públicas que se hagan en obsequio de S.M”.
Ante la escasez de modelos formales que denuncia Tadeo Bravo en una misiva, el
valenciano recurre a sus propios contactos palatinos con objeto de conseguir el
codiciado testigo de representación áulica. Por su parte
Agustín Esteve para su correspondiente lienzo utilizaría la misma
estampa de Morghen que Goya para su alegoría, solicitando una audiencia
ante el monarca ya que “… desea corregir los defectos qe. tienen asi
por el corto auxilio qe. es el de un grabado como por al falta de
colorido, y la impropiedad de la actitud y expresión”.
Toda esta documentación corrobora que la alegoría de Goya no
constituye un encargo aislado sino una importante campaña del
ayuntamiento a través de la cual se contrataron los más doctos
pinceles de la época y se pusieron al servicio de la dinastía
Bonaparte. Al presentar el tapicero
Manuel López Cerrado sus gastos en esta recepción constata “… que
todo queria qe. correspondiera con el espiritu y decoro con qe.
estan pintadas las Salas de
la
Casa
de
la
Municipalidad
, en donde se emplearon los Profesores de las
nobles artes mas conocidos pr. sus talentos y en nada han
desmerecido las suyas ejecutadas al grande objeto de qe. se trataba
debian serbir y han serbido”.
Hasta la fecha se desconocía que esta exposición de la
alegoría de Goya con el séquito de los otros retratos estuvo
abierta al público por espacio de casi dos meses y por ella concurrieron
gran cantidad de madrileños.
El 23 de mayo de 1810 con motivo de
una nueva recepción en el consistorio, se refiere en la prensa
madrileña: “...
La
Municipalidad
de Madrid habia dispuesto celebrar los dias de
la REINA
, y á este
efecto dio anoche un magnífico baile, á que concurrieron mas de
2.000 personas; estando adornadas las salas con varios quadros de pinturas
alegóricas á los sucesos de la campaña de
Andalucía. El REI se dignó asistir á esta funcion; y su
presencia excitó en todos los concurrentes el entusiasmo mas vivo y las
tiernas emociones de respeto y amor á S.M.”.
Esta celebración sería la primera vez en que José I
podría contemplar en directo, tanto la alegoría de Francisco Goya
como el resto de las efigies. El monarca acaba de retornar de sus jornadas por
Andalucía, de ahí que la alegoría de
la Villa
de Madrid se exponga
con dos monumentales lienzos de la entrada de José I en Sevilla y en
Granada. Los 15.000 reales que recibió Tadeo Bravo para la
alegoría no serían íntegros para Goya, ya que el marco
costó la importante cifra de 3.600. La entrada de los ingleses en agosto de 1812
comportó el almacenamiento de todo retrato josefino, pues el 18 de
noviembre de 1812 Manuel López de Cerrado presenta sus gastos “… pr.
descolgar el retrato del Rey Josef, colgar el de nro. Dn. Fernando
el Septimo, pr. tres bezes componer la talla de su marco, y poner
la Zifra
de
la Alianza
de las tres
Naciones con su horla de flores”.
En paralelo se ocultaba el retrato de José Bonaparte de nuestra goyesca
alegoría para añadir la palabra Constitución. Esta intervención sobre el lienzo del
aragonés se verificaría con motivo de la visita del general
Wellington al ayuntamiento. A golpe de recepción en el ayuntamiento se
escribe la crónica de este magistral lienzo, que se erige en un una inmejorable
síntesis de la accidentada existencia de Francisco Goya durante este
convulso reinado.
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