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FRANCISCO DOMINGO MARQUÉS

(Valencia, 2 de marzo de 1845-Madrid, 1920)

 

Durante su primera juventud, Francisco Domingo Marqués fue discípulo del célebre profesor Rafael Montesinos. La Diputación Provincial de su ciudad debió ver buenas aptidudes en el joven aprendiz durante sus estudios en la Academia de San Carlos de Valencia; no en vano, fue Premio de Roma en 1867, galardón que pensionaba al ganador en la Ciudad Eterna para la culminación de su formación, que Domingo Marqués redondeó en estancias pensionadas en París, ciudad a la que volvería después con posterioridad, pero ya como residente, pues allí mantuvo una segunda residencia. Lo cierto es que debía estar especialmente dotado, pues en 1868, con 23 años solamente, ya era profesor de la Academia de San Carlos. Desde Roma envió una Santa Clara que consiguió la primera medalla en la Exposición Nacional de 1871; las deudas de esta pintura denuncian el detenido estudio que Domingo Marqués realizó durante su formación de las cumbres de la pintura española, a la que unió, en esta obra y en otras que la seguirían, una destacada franqueza moderna en técnica, cromatismo y composición. No en vano, sus primera obras se vieron influidas por la paleta sobria y restringida de Eduardo Rosales –lo que, en parte, es decir de Velázquez y Goya-.

Gato

De estilo fogoso y de un realismo rayano en lo expresionista, viajó numerosas veces a Madrid, donde acometió la decoración de los palacios de Fernán-Núñez y de Portugalete. Su técnica, suelta y libre, debe mucho a sus estudios de la obra de Velázquez y Goya, como queda dicho, aunque se torna más minuciosa y cuidada en las escenas de género. Durante una estancia en París se vio fascinado por el virtuosismo técnico, chispeante y suelto, de Mariano Fortuny, pintor al que alcanzó en renombre no sólo en España, sino también en el extranjero, y no eran muchos los pintores españoles que podían disputar a Fortuny tan elegido puesto. Cultivó Domingo Marqués la pintura de historia, como tantos otros en su época, pues era el género en que los pintores debían dar el máximo de sus capacidades, y además escenas costumbristas, paisajes y retratos, entre ellos uno de Alfonso XIII, especialmente célebre. No le faltó tiempo para dedicarse a temas menores que le permitían mostrar lo mejor de su técnica, como el Gato que atesora la galería, que tantas reminiscencias convoca de los animales que pueblan la pintura española. De factura suelta y rápida, el pequeño lienzo demuestra la pericia del pintor en la sabia combinación cromática de azules y encarnados, matizados por la blancha mancha del gato en el centro. A los honores que recibió en España se añadió la elección como miembro de la Academia Real de Amberes en 1889, ejemplo de la fama que cosechó en el extranjero. Murió en Madrid, en 1920, dejando un hijo también pintor, de nombre Roberto.

Escena de mosqueteros, 1890

 

Escena de costa

 

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