Luis Feito: el camino a la internacionalización
Inés Vallejo
“Soy lo que soy gracias a mi pasado. Soy la consecuencia de todo lo que he vivido. He aprovechado para aprender con plena conciencia, sabiendo que si ese momento lo perdía estaba perdido irremisiblemente. Mi pintura y mi trabajo han sido siempre la consecuencia de lo que vivo” 1. Luis Feito
Lo que esta exposición nos brinda es una oportunidad excepcional: la posibilidad de contemplar un conjunto de obras que suponen algunos de los primeros pasos de un artista que, en la actualidad, es un pintor de reconocido prestigio internacional. Estos lienzos y dibujos de Luis Feito han estado juntos desde los años cincuenta, reunidos en una colección particular. El hecho de que no hayan podido ser vistos hasta el momento hace que nos encontremos ante un conjunto de obra que podríamos considerar como recuperado.
Como asegura el propio artista al comienzo de este texto, la pintura de Luis Feito está especialmente relacionada con los acontecimientos que fueron marcando su trayectoria. Por ello, y para poder contextualizar la obra que esta muestra recupera, es necesario poner en perspectiva los hechos más relevantes que marcaron la biografía del artista entre su ingreso en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando y su participación en las bienales internacionales como representante de la nueva pintura española.
Este recorrido no resultó fácil para el pintor, ya que el ambiente familiar en el que creció no era propicio para una dedicación a las bellas artes. Además, el estallido de la guerra civil, así como la dura posguerra que se vivió en Madrid, ciudad donde el artista había nacido, no contribuyeron a allanar el camino. Sin embargo, la posibilidad de que ingresara, tras realizar unos ejercicios espirituales, en el seminario, hizo que sus padres se plantearan como viable, incluso como mejor alternativa, la carrera de pintor. No debió ser fácil esta decisión para un padre carnicero, que había tenido que defender él solo su negocio en la calle Fernández de los Ríos durante la contienda y que veía a su hijo como el sucesor de su oficio, y para una madre que, antes de su matrimonio, había sido sirvienta en casa de una familia francesa cuyo patriarca era el director del Wagon Lits Cook.
Esta presentación familiar, unida a la afición y a la destreza de mano que Feito apuntaba desde su infancia, nos llevan a un hecho que ha sido una constante en la existencia de este artista: la convivencia de opuestos.
“Yo he vivido en una situación de permanente conflicto interior, de tensiones: cielo e infierno, luz y tiniebla, negro y blanco. Para mí, eso es la vida. Mi trabajo es la consecuencia de esas tensiones internas” 2.
Estas situaciones de tensión interior fueron, precisamente, las que le llevaron a sentir una vocación religiosa. Durante año y medio, y a pesar de la oposición familiar, se preparó con la idea de ingresar en el noviciado jesuita teniendo como director espiritual al padre Llanos. El paso del tiempo, no obstante, hizo decaer su fervor religioso. De esta manera, el misticismo y la exaltación con los que había abordado su carrera religiosa, se convirtieron en el entusiasmo y la emoción con los que proyectó su carrera de pintor.
Sin embargo, tener una buena mano no era suficiente para ingresar en la Escuela de Bellas Artes y Feito necesitó una primera ayuda que vino de la mano del pintor Manuel Mampaso:
“Mi hermano era amigo del pintor Manuel Mampaso, que luego ha sido ilustrador de ABC, y le dijo que a mí me gustaba mucho dibujar. Por entonces, yo había hecho ya algunas acuarelas y copiaba los paisajes suizos de los calendarios que me fascinaban. Mampaso, que estaba acabando la Escuela de Bellas Artes, propuso que yo fuera a enseñarle algunos dibujos.
Fui entonces a su estudio que era alucinante. Estaba en la esquina de la calle Serrano y la plaza de la Independencia. La casa era de un cuñado suyo y arriba, en las buhardillas y la rotonda, estaba el estudio. [...] Cuando le enseñe mis dibujos me dijo que con ellos no me podía decir mucho, pero que si quería podía volver otro día y probar a pintar un bodegón que él me pusiera.
Creo que, cuando volví a casa y les conté a mis padres lo que me proponía Mampaso, con tal de ver si se me pasaba lo del seminario, hicieron un esfuerzo enorme y me compraron una caja de pintor, colores, pinceles y una tela. Entonces volví al estudio del pintor una mañana y me propuso un bodegón que consistía en una jarra, un cuchillo, un vaso y una tela. Empecé a dibujar sin tener ni idea, dando palos de ciego completamente, y él me iba dando algunos consejos básicos. En unos días terminé el bodegón, que era una verdadera catástrofe, pero yo iba cogiendo rápidamente las ideas. Entonces, me propuso hacer un segundo bodegón, y me enseñó a preparar las telas para que quedaran más a mi gusto que las compradas. Yo me preparé una tela más grande que la anterior y comencé el segundo bodegón. Al terminar, Mampaso estaba bastante sorprendido. A mi hermano, le dijo que le había asombrado enormemente porque, en el segundo bodegón, los progresos eran alucinantes. Y entonces, decidió ponerme un tercer bodegón, y tras realizarlo, le dijo a mi hermano que él no podía enseñarme más y que, como yo estaba enormemente dotado, debía preparar el ingreso a la Escuela de Bellas Artes”.
En el invierno de 1949, con veinte años, Feito empezó a preparar el ingreso a Bellas Artes en la Escuela de Artes y Oficios, teniendo que compatibilizar este aprendizaje con la ayuda en el negocio familiar. En septiembre de 1950, y tras haber estado durante el verano en el Museo de Reproducciones Artísticas copiando las imágenes clásicas, superó la prueba de dibujo de estatua sobre papel e ingresó en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando.
La Escuela de Bellas Artes de San Fernando
La Escuela de Bellas Artes “es el órgano eficaz de la vida del arte de nuestro país, entendiendo que su primordial y más alta misión es la de servir [...] a la formación del artista y al estímulo y capacitación del talento artístico que aspira a realizar una obra personal en el libre camino de la pura creación” 3, según afirmaba en 1950 Francisco Esteve Botey, profesor de la institución, quien dedicó su vida a la difusión y recuperación del arte español. Sin embargo, la formación impartida en San Fernando a principios de la década de los cincuenta, no era ni mucho menos tan libre como cabría interpretarse de las palabras de Esteve Botey. La educación académica tenía su base en el concepto de mímesis de la naturaleza, bebía de los clásicos y enseñaba, como última aportación al mundo de la pintura, el impresionismo. Existía pues, un desconocimiento total de lo moderno y un cerramiento a las nuevas tendencias artísticas, que iba muy ligado a la situación política del país nada amiga de los aperturismos.
Sin embargo, para Luis Feito el paso por la escuela y la educación academicista fueron claves en su desarrollo personal:
“Para mí empieza todo en la Escuela de Bellas Artes. Era un sitio donde había de todo. Desde las niñas que iban allí en vez de estar bordando en su casa, hasta un núcleo de gente seria, unos ocho o nueve, entre los que me incluyo, para los que aquello era fundamental. En mi curso, estaban Martín Chirino, Julio López Hernández, Lucio Muñoz, Carmen Laffón, Miguel Rodríguez Acosta, César Montaña... Fue un curso verdaderamente excepcional porque salió mucha gente que luego se ha dedicado al arte profesionalmente.
Allí, había una pandilla de gente, entre las que estaban Chus Lampreave y Elena Santonja, que se pasaron la escuela cantando y bailando en el pasillo y, aunque era muy divertido, yo no podía participar en ello, porque para mí aprender era muy importante. Se pasaban el curso tocando la pandereta por los pasillos, haciendo comedias o cantando boleros a lo Machín, pero claro yo no iba a divertirme sino a trabajar”.
Ese ambiente festivo se mezclaba con la rigidez de la formación académica, y Feito supo aprovechar esa dualidad entre la libertad del camino propio y la disciplina de la enseñanza:
“Es curioso, porque ya en el preparatorio del primer año, empecé a hacer cosas muy antiacadémicas, muy interpretativas a mi manera, pero, de pronto, me di cuenta de que no llegaba a ningún sitio haciendo lo que me apetecía sino que lo que tenía que hacer era aprovechar, estudiar y aprender verdaderamente. En casa, seguí llevando a cabo mis fantasías, pero en Bellas Artes tuve conciencia enseguida de que no podía perder el tiempo, de que lo que allí debía hacer era aprender del natural”.
De nuevo, ese interés por el conocimiento de lo moderno le llevó, a la vez que asimilaba lo académico, a interesarse por toda fuente de modernidad:
“Recuerdo que la única revista sobre arte contemporáneo que llegaba a la biblioteca de la escuela era una revista alemana que se llamaba Dans Kunstberg, y yo devoraba esa revista. Luego, en la galería Buchholz o en la galería Clan, que eran las dos únicas galerías de vanguardia que había en Madrid, había cosas de arte contemporáneo”.
Feito adquirió en Bellas Artes un oficio académico de la mano de un profesorado ante el que pasó sin pena ni gloria, y del que no guarda un especial recuerdo. Sí lo guarda, sin embargo, de Daniel Vázquez Díaz, quien si bien no pudo ser su profesor en la escuela, alentó y apoyó tanto su carrera como la de otros muchos artistas de esta generación:
“El personaje que más influyó en mi generación en todos los sentidos, artística y humanamente, fue Vázquez Díaz. Todos lo conocimos. Fue profesor de fresco en la Escuela de Bellas Artes. De hecho, es el único profesor que hubiera querido tener, pero cuando yo llegué a fresco, él acababa de jubilarse, así que lo conocí fuera de la escuela, y fue fundamental para nosotros. En su pintura, su figuración tenía mucha geometría situándose casi en el cubismo.”.
Esta última pintura de Vázquez Díaz, que analiza la realidad con tintes cubistas, fue trascendental para el joven Feito. Como muchos otros pintores de la generación de los cincuenta, Feito llegó a la abstracción a través de una reflexión ligada al cubismo, que bien podríamos denominar postcubismo. El planteamiento de un cubismo analítico, concebido con un gran rigor teórico, fue la herramienta que le permitiría el alejamiento de la naturaleza y la llegada a la abstracción:
“La evolución de un pintor no basta con que sea intelectual, lo importante es que la realice en su trabajo. Es decir, cuando un artista abandona la enseñanza académica e intenta crear, no comprende mucho de lo que han hecho muchos pintores contemporáneos. Es necesario llegar, por evolución, a plantearse los mismos problemas que esos pintores se plantearon. La evolución te debe hacer pasar por ahí, no sirve haberlo leído o haberlo visto, hay que llegar con tu propio trabajo. Yo no entendí el impresionismo hasta que no me planteé el mismo problema, y llegué al cubismo cuando con mi pintura llegué a las mismas cuestiones.”
La Galería Buchholz de Madrid: primera exposición individual
Como ya ha señalado Feito en uno de sus testimonios, la Galería Buchholz fue uno de los escasos centros artísticos abiertos a la modernidad en el Madrid de la década de los cincuenta. Había sido abierta en diciembre de 1945, en la librería del mismo nombre que estaba en el paseo de Recoletos, por el alemán Karl Buchholz, librero y galerista ligado a los círculos intelectuales españoles del momento.
Juan Manuel Bonet, en un texto dedicado a la pintura de Luis Feito, se refería a la sala como “un lugar clave del Madrid de la difícil posguerra, un espacio libre, donde los jóvenes ansiosos de información [...] podían conseguir libros extranjeros, algo básico para hacerse con un bagaje de imágenes nuevas, y donde se podían contemplar cuadros o esculturas que tenían poco que ver con el gusto imperante” 4.
Estas fueron las razones que hicieron que Feito, al pensar en una primera exposición individual, se inclinara por mostrar su trabajo en esta galería:
“Cuando hice esta exposición estaba todavía en el último curso de la escuela. Fue todo deprisa y corriendo, porque yo quería solicitar una beca para París del Instituto Francés pero, para optar a ella, había que haber hecho por lo menos una exposición.
En aquel momento, exponer era difícil y era fácil. Fui, tranquilamente, a la sala Buchholz, mostré un poco mis pinturas, vinieron a ver algunas de ellas al estudio, y les interesaron. Me dijeron que querían montar una exposición pero que tenía que ser al año siguiente, y yo les conté que mi problema era que tenía que presentarme a una beca ese mismo año. Entonces resultó que tenían una semana libre en el mes de febrero, después de la cual exponía Antonio Valdivieso, y me dijeron que tenía que convencer a Valdivieso para que retrasase su exposición una semana, si quería exponer durante quince días. Corrí a casa de Valdivieso, al que no conocía de nada. Bajamos a tomar un café, le conté la situación y me dijo que no había ningún problema en retrasar su exposición.
Fui a la galería Buchholz porque era la única que me parecía más idónea para lo que yo hacía. En esta exposición coincidieron mi última etapa figurativa y los balbuceos del arte no figurativo”.
La crítica de la exposición fue muy positiva. No quisiera detenerme excesivamente en este punto, ya que además este catálogo cuenta con una antología de textos y artículos de prensa, pero me parecen especialmente acertadas las palabras que Luis M. Saumells y María Luisa Semper le dedicaban al artista desde las páginas de los Cuadernos Hispanoamericanos:
“Un muchacho muy joven, Feito, salta por primera vez a una sala de exposiciones. Primera exposición: una sorpresa. Era curioso el desdoblamiento ofrecido por el autor en esta sala. Por un lado, pintura tan concreta como puede ser la pintura mural en su sentido clásico; por otro lado, pintura no figurativa. Quizá estos dos géneros de pintura, no anden, en el fondo, tan lejos. Pero en la apariencia, sobre las paredes de una sala, la diferencia no puede ser mayor. Figuras rectas, arquitectónicas, de sólida osamenta; figuras tangibles como muros. Pérdida total de la realidad, acordes de color, ritmos de masas, movimientos, los elementos de la pintura en plena libertad y valiéndose por sí mismos. Ignoramos por qué camino seguirá luego Feito. Lo chocante es que parecía igualmente bien dotado para seguir por cualquiera de ellos” 5.
Efectivamente, en esta primera exposición individual, Feito quiso exponer lo que venía siendo, en esos años, su trayectoria, y eso implicaba por un lado obras de una figuración relacionada con el cubismo y, por otro, obras de una primera abstracción. En el primer caso, se decantaba por el retrato de figuras humanas, que ocupaban la práctica totalidad del lienzo, caracterizadas por una influencia clásica. El resultado eran unas imágenes monumentales muy en la línea de los fresquistas italianos, como reconoce el propio artista:
“Creo que lo que había en mis pinturas figurativas era una tendencia a la simplicidad de las formas arcaicas, que coincidía muy bien con el cubismo y la geometría, y que venía de una mezcla del fresco italiano con el cubismo”.
Relacionada con ese primitivismo con que Feito dota a sus figuras, está la obra del pintor italiano Massimo Campigli, muy del gusto de los artistas españoles de esta generación:
“Campigli era un artista que me gustaban muchísimo. Es cierto que, en todo el arte contemporáneo de esa época, existía una fascinación por Campigli y Sironi, pero yo a Campigli enseguida lo pasé porque me resultaba un poco primario y decorativo”.
Conviviendo con esta obra figurativa en las paredes de Buchholz, colgaba también lo que era el primer y definitivo paso de Luis Feito a favor de la abstracción:
“[La figuración] ya no me decía nada. Por lo menos, su lenguaje resultaba ineficaz para expresar mis sentimientos personales. Picasso agotó todas las posibilidades de lo figurativo; después de él no cabe más que repetir lo dicho una y otra vez, sin posibilidad de descubrir una manera de decir que sea íntimamente propia. No [...] resulta fácil renunciar a lo figurativo. [...] Pero una cosa fue la comodidad [...], y otra lo que ambicionaba en lo más profundo de mi ser” 6.
Esta primera obra abstracta, de ritmos totémicos y con base en la geometría, tenía ya una calidad matérica de empaste grueso que dejaba entrever unas líneas finas, casi como rasgadas en el lienzo, generando un orden convulsionado sobre un sentir geométrico.
La Galería Fernando Fe: mayo de 1954
La Galería Fernando Fe abrió sus puertas en 1954 en la librería del mismo nombre situada en la esquina de la calle de Alcalá y la Puerta del Sol. La sala era propiedad del ex-vanguardista, vinculado a la Institución Libre de Enseñanza y diputado comunista durante la República, Fulgencio Díaz Pastor, quien, para abrir la galería, contó con el asesoramiento de Manuel Conde, crítico de arte y más tarde miembro del grupo El Paso, que sería durante varios años el director de la sala, y con su sobrina, Mariola Romero.
Además de ellos, Luis Feito siempre se ha sentido parte en la fundación de esta sala, tal y como se lo relató a Paloma Alarcó:
“Éramos Manolo Conde, Fernando Mignoni, Manrique... Todos éramos ya amigos, nos conocíamos y estábamos un poco así como agrupados. Y entonces, un día, Manolo nos llama a todos: ‘Oye, que me han llamado, que hay un señor que quiere abrir una galería en la Puerta del Sol, con una chica muy simpática que es sobrina suya’. Y quedamos en La Ballena Alegre. Entonces fuimos todos a La Ballena Alegre de Alcalá. Este señor se llamaba Fulgencio (para nosotros era siempre Ful), que había sido diputado comunista durante la guerra, había estado exiliado y acababa de volver... Total, que quedamos todos allí, este señor está con su sobrina, con Mariola, y nos cuenta que quiere abrir una galería de arte. Ahí organizamos ya todo el tinglado enseguida. Manuel Conde les dijo: ‘tenéis que hacer esto, lo otro, lo de más allá’. Los pintores: ‘queremos hacer esto, lo otro, lo de más allá’, y así es como se abre Fernando Fe, que era una librería de su familia, en la que Mariola y Fulgencio tenían parte, y arriba tenía una sala y es donde deciden hacer la galería de arte” 7.
Con este impulso y un ideario basado en apoyar tendencias de base abstracta, la galería abrió sus puertas en abril de 1954, convirtiéndose, junto a Buchholz y Clan, en referente del arte contemporáneo.
Siguiendo con esa idea de exponer arte abstracto, Luis Feito inauguró en esta sala su segunda muestra individual en Madrid en mayo de ese mismo año 1954. La exposición se componía, en su totalidad, de obra no figurativa y fue ensalzada por Carlos Edmundo de Ory, participante asiduo de las actividades de Fernando Fe y encargado de escribir el pequeño texto del díptico:
“Me alegra -¡Qué puedo decir con mayor convicción!- que Luis Feito, completamente joven, haya conseguido, aún dentro de un ambiente nada propicio, encauzar su inspiración por un camino en verdad tan competente como el del arte abstracto” 8.
Durante la inauguración, y dentro de la política de apoyo al arte de vanguardia, Manuel Conde pronunció una conferencia que versaba sobre los Problemas del Arte Actual, y a la que asistió, entre otros, Daniel Vázquez Díaz, en su continuo apoyo a las nuevas generaciones. El maestro se interesó por la pintura de Feito, tal y como el joven pintor afirmaba en unas declaraciones a Radio Nacional:
“Pintura se vende siempre muy poca; se venderán retratos y bodegones, que también pueden ser, en algunos casos, pintura. No, no vendo, los gustadores de pintura suelen tener poco dinero. Don Daniel Vázquez Díaz preguntó por uno de mis cuadros...” 9.
La pintura que Feito presentaba en esta muestra no era, efectivamente, fácil para el público de la época. Esta obra suponía un paso más dentro de su investigación abstracta, ya que la geometría se había convertido ahora en el resultado de la disposición de la pintura. Así, estas obras se han interpretado como planos militares y como mapas de ciudades 10. No es de extrañar, ya que el hecho de que el espacio del lienzo se viera entonces invadido por una materia pictórica delimitada por líneas, tanto rectas como curvas, bien puede hacer pensar en ellas como composiciones topográficas.
Caracterizadas por un marcado grafismo, sus líneas no denotan sino la importancia que tiene para el artista la geometría concebida como una manera de entender la pintura:
“Siempre he pensado, y más cuando he llegado a una pintura totalmente geométrica, que sin geometría no hay pintura. La geometría es el esquema de la pintura, lo que la sustenta, su armazón. Yo he tenido la geometría muy presente desde la pintura figurativa”.
Esta primera y acertada obra abstracta de Luis Feito, expuesta en Fernando Fe, es parte de la que podemos contemplar hoy colgada de las paredes de la sala de José de la Mano, ya que, entre la obra recuperada y expuesta en la actualidad, se encuentran piezas que formaron parte de la muestra de los años cincuenta. Así, hoy podamos contemplar un grupo de obras que tienen una cualidad extraordinaria: el compartir un pasado conjunto.
El sueño de ir a París
En los años cincuenta, y aunque el centro del arte contemporáneo era ya Nueva York, la capital francesa seguía siendo, con sus museos y galerías de arte, el lugar anhelado por los artistas españoles. El mito del viaje a París se alimentaba desde los caballetes de la Escuela de Bellas Arte, donde circulaban pequeñas estampas traídas desde Francia en las que se podían admirar obras de los artistas pertenecientes a las vanguardias históricas.
Como ya hemos señalado, el aislamiento en el que la política franquista tenía sometido al país impedía que las nuevas tendencias y la modernidad tuvieran cabida en la España de los años cincuenta. Por eso, intuyendo el mundo que se abría más allá de los Pirineos, el viaje a París se convirtió en una necesidad y gran parte de los artistas de esta generación visitaron la capital francesa una vez fue reabierta la frontera en 1948:
“En esa época, todos los pintores que podían iban a París. El sueño de todos los artistas era ir a París, algunos con el sueño de instalarse, y otros, por lo menos, para ver lo que había. En este país teníamos muy pocas posibilidades de ver arte de otras civilizaciones, porque no existía ninguna clase de institución donde pudiera verse eso, solamente en el Louvre y en otros museos de la capital francesa, podías ver arte griego u oriental. Además, para el arte moderno era la meca, si eras pintor tenías que ir por lo menos a conocerlo”.
De hecho, una serie de organismos e instituciones aprobaron en estos años programas de becas para la formación de españoles en el extranjero. En el caso de los pintores, la existencia de estas becas, que se debieron tanto al restablecimiento de las relaciones con Francia tras la Segunda Guerra Mundial, como a la leve apertura que se produjo con la entrada en el gobierno de Joaquín Ruiz-Giménez, posibilitó la estancia de muchos de ellos en Francia.
Esta serie de circunstancias fueron las que empujaron a Feito a solicitar en 1954 la beca que el Instituto Francés de Madrid ofertaba, y para la que, recordemos, el artista había expuesto en Buchholz ese mismo año:
“Para la beca, Don Daniel Vázquez Díaz me dio una carta de recomendación, y efectivamente, me la dieron. Sin embargo, no tuve suerte porque, esta beca, que normalmente era de dos meses, la dividieron en dos y le dieron a otro un mes y a mí otro mes. Pero bueno, ya era suficiente”.
Además de esta ayuda y también en 1954, Feito recibió una bolsa de viaje dentro del Concurso Nacional de Bolsas de Viaje para Artistas Plásticos que el Departamento de Cultura de la Delegación Nacional, dependiente del Ministerio de Educación, organizaba para artistas menores de treinta y cinco años:
“Era una bolsa de viaje consistente en diez mil pesetas. Eso te permitía pagarte el viaje a París, naturalmente en tren y en tercera clase, y vivir un mes en la ciudad de forma muy modesta”.
Además de estas becas y para poder costearse su vida en París, Feito realizó unos murales en el hotel Washington de la calle Gran Vía de Madrid, que no se conservan en la actualidad. Con estos ahorros, se marchó a la capital francesa a principios de 1955:
“Con esas becas y con ese dinero, fue con lo que me fui a París y pude soportar el primer año y pico, hasta que empecé a tener pequeños ingresos de mi pintura en París, modestos pero suficientes para vivir”.
La vida allí no era fácil para estos jóvenes españoles que aspiraban abrirse camino en el mundo artístico parisino y Luis Feito también tuvo dificultades en sus primeros años:
“Los tres primeros años que pasé en París fueron muy difíciles. En el verano y en Navidad volvía a Madrid, para luego volver a la capital francesa a una chambre de bonne donde vivía, cocinaba y pintaba. Era un abismo respecto a lo que era España en aquella época, pero bueno, a esa edad, con esa ilusión y con todas las posibilidades que tenías por delante, pasabas por lo que fuera. Tenías la euforia añadida de ser consciente de todo lo que estabas aprendiendo, de todo lo que estabas viendo, porque aquello era un hervidero, una marmita donde se cocía todo
Y a esto había que añadirle los museos, el Louvre principalmente, que era el fundamental y el máximo, pero también el Museo del Hombre, el Guimet de artes orientales, el Museo de Artes Decorativas, el Museo de Arte Moderno, el Jeu de Pomme... Lo devorábamos todo, incluso los monumentos, recuerdo que las vidrieras de Notre Dame nos fascinaban. Es decir, estabas completamente embelesado. Era fabuloso pero era muy duro, la prueba es que aguantar allí, aguantamos muy pocos”.
En París, la mayoría de los artistas españoles vivían en el Colegio de España de la Cité Universitaire. Ésta institución, inaugurada en 1935, había sido ideada como residencia universitaria para estudiantes en la capital francesa y como medio de difusión de la cultura española. Los bajos precios de la residencia y del comedor universitario posibilitaban las estancias de artistas en París. Sin embargo, el colegio español, dependiente del Ministerio de Asuntos Exteriores, era un pequeño reducto de la España de la época inmerso en el París de los cincuenta, con lo que algunos pintores rehusaron vivir allí:
“En realidad, casi todos los pintores de mi generación pasaron por el Colegio de España. Yo nunca tuve la ocasión y la verdad es que no me atrajo mucho, porque a mí lo que me interesaba de ir a París era integrarme en la vida de la ciudad y no estar en ese gueto de un colegio español, con gente española, aunque fuera mucho más cómodo y fácil. La gente iba allí, estaba un mes o dos, y volvía casi como había ido. De hecho creo que no entré nunca en el Colegio de España, siempre oía hablar, pero, como la Ciudad Universitaria quedaba un poco lejos, nunca fui”.
Feito, no sólo se alejó de la vida en la residencia universitaria, sino que tampoco tuvo interés en relacionarse con pintores españoles que, cómo él, estaban en la capital francesa intentando salir adelante 11:
“Frecuenté a muy pocos artistas españoles, porque como lo que quería era quedarme a vivir allí, lo que me interesaba era estar con gente francesa y no estar hablando español todo el día. Intenté introducirme en núcleos de franceses o de pintores extranjeros que vivían en París 12. Uno de los pocos pintores españoles que frecuenté, porque era amigo mío, fue Agustín Úbeda”.
La Galería Arnaud: primera exposición en París
En el difícil proceso de abrirse camino en París para conseguir una galería francesa que le representara, Luis Feito decidió intentarlo en la sala de Jean-Robert Arnaud. Fundador de la revista Cimaise, Arnaud había abierto su galería en el boulevard Saint Germain con la intención de apoyar la carrera de los pintores abstractos de la década de los cincuenta:
“Tuve la suerte de llevarme mis cuadernos de pinturas y dibujos sobre papel a París y los enseñé en una galería, la sala Arnaud, que me pareció idónea porque era joven y de pintura no figurativa. Les interesó mucho lo que vieron pero, para exponer, querían ver lo que hacía en lienzo, así que tuve que mandar cuadros desde Madrid. Fueron a verlos a la aduana y también les gustaron. Sin embargo, la exposición no me la hicieron por mi cara bonita, sino que, en la época, tenías que pagar quinientos francos, que era mucho dinero. Yo no sé cómo me las apañé, pero conseguí el dinero y la exposición duró quince días. En ella se vendieron dos o tres obras, lo que se agregó a mi curriculum, y a partir de ahí se interesaron mucho por lo que hacía e intentaron venderme”.
Si seguimos estas declaraciones de Feito, seremos capaces de reconstruir el camino que ha seguido el conjunto de obras que hoy podemos contemplar en la sala de José de la Mano. Cuando el pintor decide marcharse a París con la idea de establecerse allí, lleva consigo una carpeta de dibujos que le sirva de tarjeta de visita en su recorrido por las galerías parisienses. Sin embargo, al mostrar su obra en la sala Arnaud, el galerista requiere ver algunas de las pinturas sobre lienzo que Feito había realizado en esos años. Al no tener consigo ningún cuadro, el artista pide que le envíen obra desde Madrid donde, recordemos, ya había expuesto lienzos en Buchholz y Fernando Fe. Pues bien, lo que le envían desde Madrid son los cuatro lienzos y veintisiete dibujos que hoy podemos admirar. Cuando las obras llegan a la aduana francesa, Jean-Robert Arnaud o alguno de sus ayudantes, deben desplazarse allí para poder contemplarlas. Al corresponder a la línea artística de la sala, Feito inaugura una exposición en esta galería en febrero de 1955. Sin embargo, las obras que se han trasladado desde España, quedan retenidas en la aduana. Al haber sido incautadas, son subastadas, tal y como confirma la pegatina de la carpeta de dibujos, en marzo de ese mismo año. En la subasta, son vendidas a la colección particular que las ha mantenido agrupadas hasta el día de hoy.
Luis Feito y Jean-Robert Arnaud colaborarían asiduamente en los veinticinco años que el pintor residió en París y su relación se tornó en una profunda amistad. Con motivo de la exposición que el artita celebró en esta galería en 1959, Pierre Restany resumía, en un brillante texto para el catálogo, lo que la capital francesa había supuesto para Feito:
“Lo que París ha aportado a Feito, como antes de él a los emigrados españoles de las dos grandes generaciones precedentes, es una vida completamente distinta, el derecho a la libertad del espíritu, la ventana abierta al mundo” 13.
El propio pintor nos ratifica lo fundamental que fueron para él estos años:
“Si yo me hubiera quedado en España, como otros pintores, no hubiera sido el pintor que soy. No sé qué clase de pintor hubiera sido, pero no el que soy. Lo que yo tenía claro, y lo que me hacía agarrarme a París de una manera desesperada, es que el volver a España y quedarme en Madrid era como un suicidio profesional. Yo no veía ninguna clase de porvenir en este país”.
El Paso y la internacionalización
A pesar de los años que el artista residió en París y de su reticencia a volver a una España anclada, Feito no perdió nunca contacto con sus compañeros de generación ya que, con algunos de ellos, le unía una gran amistad.
Así, en febrero de 1957 Rafael Canogar, Luis Feito, Juana Francés, Manolo Millares, Antonio Saura, Manuel Rivera, Pablo Serrano, Antonio Suárez, Manuel Conde y José Ayllón firmaron un manifiesto con el que se constituía el grupo El Paso. Se agrupaban con la pretensión de darle a nuestro país un futuro artístico relacionado con la modernidad. En sus propios términos, lo que pretendían era “vigorizar el arte contemporáneo español, que cuenta con tan brillantes antecedentes, pero que en el momento actual, falto de una crítica constructiva, de ‘marchands’, de salas de exposiciones que orienten al público y de unos aficionados que apoyen toda actividad renovadora, atraviesa una profunda crisis” 14.
El Paso se convirtió en un grupo plástico, que aunque en un principio no quiso adscribirse a ninguna ideología artística, acabó tomando el informalismo como tendencia predominante. Este arte otro, como lo denominó Michel Tapié, había sido heredado por Europa del expresionismo abstracto americano y en París estaba en pleno apogeo.
Con una actividad expositiva que duró entre 1957 y 1960, año de la disolución del grupo, El Paso se convirtió en símbolo de la vanguardia española, dejando constancia de que los artistas españoles estaban a la altura de las tendencias artísticas que llegaban del exterior, y le dio al arte español un cierto aire de aperturismo y la posibilidad de un futuro distinto.
El Paso supuso un hito en la renovación plásticas española, pero éste no fue un hecho aislado ya que, entre 1957 y 1959, se produjo la internacionalización de la pintura abstracta española. Gracias al criterio de Luis González Robles, que se ocupaba de la representación española en las bienales internacionales, el arte contemporáneo español pudo traspasar nuestras fronteras.
Si bien Luis Feito ya había cosechado un primer éxito a escala internacional con el tercer Premio de Pintura de la I Bienal del Mediterráneo, celebrada en 1955 en Alejandría, el paso definitivo llegó dos años más tarde. En 1957, el artista fue seleccionado para la IV Bienal de São Paulo y, al año siguiente, participó en el pabellón español de la XXIX Bienal de Venecia en la que los pintores españoles conquistaron al público y a la crítica internacional. Además, en 1960, las obras del grupo de jóvenes pintores informalistas presentes en Venecia se exhiben en el Museum of Modern Art y en el Guggenheim Museum de Nueva York. Luis Feito se había convertido en un pintor internacional.
1. La práctica totalidad de los testimonios de Luis Feito, que se citan en este texto, han sido extraídos de una serie de entrevistas realizadas con el pintor entre mayo de 1999 y agosto de 2002. Así, solamente se indica la referencia de las declaraciones cuando su procedencia es otra.
2. HUICI, F. Feito. Madrid, Museo Español de Arte Contemporáneo, 1988.
3. LÓPEZ VIZCAINO, P. Enseñanza oficial de las Bellas Artes [1940-1959]. Madrid, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1990.
4. BONET, J. M. Luis Feito, Circa 1960. Madrid, Galería Jorge Mara, 1995.
5. SAUMELLS, L. M.; SEMPER, M. L. “Exposición de Feito, Canogar, Pacheco Altamirano, arte abstracto”, Cuadernos Hispanoamericanos, Madrid, marzo de 1954.
6. DE CASTRO ARINES, J. “Para Feito, están agotadas las posibilidades del arte realista”, Informaciones del Sábado, Madrid, diciembre de 1954.
7. Citando la conversación entre Luis Feito y Paloma Alarcó en la Galería Egam de Madrid, recogida para la extraordinaria documentación del catálogo: Del Surrealismo al Informalismo: Arte de los años cincuenta en Madrid. Madrid, Comunidad de Madrid, Consejería de Cultura, 1991, p. 247.
8. DE ORY, C. E. Luis Feito. Madrid, Galería Fernando Fe, 1954.
9. Declaraciones de Feito para el Resumen Crítico de Actualidad de la Radio Nacional de España. Madrid, mayo de 1954.
10. Francisco Calvo Serraller y Françoise Mathey han calificado, respectivamente, esta obra como planos militares o planos de ciudades. A este respecto, ver: CALVO SERRALLER, F (ed). España: medio siglo de arte de vanguardia 1939-1985. Madrid, Fundación Santillana, Ministerio de Cultura, 1985, p. 356. MATHEY, F. “Luis Feito”, Cimaise, París, octubre-diciembre de 1960, número 50.
11. En 1955 y 1956, año en el que Feito establece su residencia en Paris, estaban en París, viviendo en el Colegio de España, Eusebio Sempere, Lucio Muñoz y Salvador Victoria.
12. “Conocí a artistas como Hartung, Poliakoff, Fautrier, Soulages, al que conocí bastante porque venía mucho a la galería. No frecuenté a estos artistas, porque frecuentar es mucho decir, ya que había una gran diferencia de generación, pero tuve la oportunidad de conocerlos personalmente, incluso de ir a sus estudios. A Miró lo conocí también en París, y a Chillida y Tàpies”.
13. RESTANY, P. Feito: Le lyrismecastillan et le traditionmystique. París, Galería Arnaud, 1959. Siguiendo la traducción que figura en el catálogo Feito. Obra 1952-2002. Madrid, Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, 2002, p. 135-144.
14. AYLLÓN, J. Manifiesto. Madrid, Colección El Paso, 1957. Siguiendo a TOUSSAINT, L. ‘El Paso’ y el arte abstracto en España. Madrid, Ediciones Cátedra, 1983, p. 19-20.
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