ABRIR UNA CARPETA,
DESVELAR UNA HISTORIA
Son muchos, y siempre elogiosos, los adjetivos calificativos que han llenado las páginas de la historia del arte español al referirse a la obra y a la personalidad de Luis Feito: pionero, cosmopolita, maestro, descubridor, creador, fundador… y un largo etcétera. Y es que, sin duda, al escribir un ensayo sobre las décadas centrales del siglo XX es imposible olvidar su figura. Cofundador del grupo El Paso y representante de la corriente abstracta española se dio a conocer nacional e internacionalmente en los años 50 y 60. Miembro de una generación que marcó una nueva trayectoria artística para otros jóvenes recién llegados, Luis Feito ha sido y sigue siendo un modelo de referencia.
Su última exposición antológica en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, dedicada a su obra entre 1952 y 2002, reafirmó su posición entre los primeros artistas españoles del siglo XX. Precisamente teniendo esa actuación en el horizonte, nuestra propuesta cobra mayor sentido, puesto que revela una etapa inédita del artista. Nos referimos a un hecho histórico que se desarrolló por igual en una generación de jóvenes artistas con ansias de libertad ante la situación de aislamiento sociocultural que vivía por entonces España. Así, la década de los años cincuenta, constituye uno de los pilares artísticos en la cultura española por ser uno de los momentos más fértiles y brillantes. No sólo porque se produce la formación de numerosos grupos artísticos sino también por la convergencia de diferentes corrientes estilísticas como el realismo social, el experimentalismo o arte analítico y el informalismo.
El punto de partida en la mayoría de estos artistas aparece con el “casi obligado” viaje formativo que permitía el descubrimiento artístico de Europa. En el caso de Luis Feito, su aventura comienza en París aunque sus orígenes se puedan rastrear ya en los preliminares estudios abstractos que realizaba cuando era estudiante en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando de Madrid.
El periodo a resaltar, trascendental para el artista, abarca tres años decisivos: 1953, 1954 y 1955, momento en que se produce el abandono de una pintura figurativa por otra abstracta. Podríamos hablar de la transición del neocubismo a la abstracción, donde el “sujeto figurativo”, como en alguna ocasión lo ha denominado el propio artista, es sustituido por composiciones lineales. A su vez ese grafismo, esa amalgama de líneas, pasarán a un segundo lugar para centrarse en la materia: es la génesis de su obra posterior, se inicia así la etapa del blanco, del negro y sucesivas.
Pero sin duda de esos tres años, 1954 marcará el resto de su carrera. Por un lado, realiza sus primeras exposiciones individuales en las galerías Fernando Fe, Buchholz y Círculo Tiempo Nuevo de Madrid, que le granjean numerosas críticas, como se recoge en la antología de textos realizada ex profeso para este catálogo, críticas que le definen como uno de los valores jóvenes más prometedores del momento dentro de los parámetros de la abstracción Su pintura fue elogiada pero también tuvo sus detractores en una época donde, poco a poco, iban emergiendo nuevas teorías difíciles de asimilar para gran parte de público y crítica. Calificada como una pintura compleja de analizar en formas, estructuras, incluso colores, supuso el fin, ya lo hemos dicho, de su figuración. A este respecto, el título de un artículo escrito por José de Castro Arines era contundente: “Para Feito, están agotadas las posibilidades del arte realista”, lo que el mismo Feito había confirmado en el prólogo al catálogo de la Sala Buchholz:
“Mi espíritu me ha llevado en una evolución necesaria desde el más humilde aprendizaje de academia a mis últimas pinturas.
Pinto como lo necesito en ese momento siguiendo la expresión que mi sensibilidad va descubriendo en el cuadro o en mí mismo.
Crear, dar a luz en el cuadro expresiones absolutamente plásticas, reflejo fiel y directo de mi alma.
Ni abstracciones, esquematismo o simbolismos, sino sentimiento pura y directamente espiritual.
La pintura tiene valores propios y claros para producir emociones y sentimientos sin representar o simbolizar nada, cada espectador puede sentir una impresión distinta incluso a la del pintor”.
Por otro, comienza un periodo de continuos viajes que no acabará nunca y que marcará ese carácter cosmopolita que le define. Al año siguiente, en marzo de 1955, el director de la Galería Arnaud presenta su primera muestra en París aunque antes le había solicitado ver algunas obras más de su producción realizada en España. Es una época de profundos cambios no sólo en lo personal sino también en lo profesional: decantarse por la abstracción fue una apuesta valiente, en donde los ejercicios, las investigaciones, las experimentaciones, los bocetos… constituyeron una base fundamental a la hora de la creación de nuevas composiciones. En el caso de Feito existieron momentos en los que compartió trabajo con otro gran artista, Rafael Canogar. Durante algunos días instalados en la habitación de un hotel de París, llevaron a cabo algunas creaciones en común, desconocidas por todos hasta hoy. Arquitecturas, manchas, enrejados, ventanas, grafismos, geometrías, empastes y un sinfín de juegos sobre la abstracción derivados de dos trayectorias artísticas diferentes, a lo que se refiere precisamente el texto, a modo de carta, que Rafael Canogar ha escrito a su amigo Feito con motivo de esta exposición.
Aquí es donde comienza la intervención de la Galería José de la Mano en esta historia. Creemos firmemente que se trata de un relato que debe ser contado, la oportunidad de revelar un episodio de la vida de Luis Feito que realza y acentúa aún más la importancia de su trayectoria artística, puesto que los trabajos presentados en esas exposiciones del año 1954 testimonian no sólo sus primeros tanteos en la abstracción, que será la génesis de su pintura posterior, sino también constituyen uno de los ejemplos más llamativos de aquellas dificultades político- económicas por las que pasaron los artistas de la época, a las que hay que añadir un estado de vigilancia policial que también tendría que ver con ese años 1954 y la exposición de Luis Feito en la Sala Fernando Fe.
El relato, según el propio artista, es el siguiente: dicha sala, inaugurada hacía escaso tiempo por un diputado republicano comunista recién llegado del exilio fue el detonante de este episodio. Una vez acabó la muestra Feito se trasladó a París con gran parte de su obra, que poco tiempo después reenvió a España en varias carpetas. Estas obras fueron retenidas por la aduana francesa. La policía española pensó que las carpetas contenían documentos comunistas procedentes de París por la relación de Feito y el dueño de la Galería Fernando Fe. A pesar de la inexistencia de actividad política, cuenta el artista, una vez examinado todo en la aduana nadie se preocupó de llamarle, de modo que al cabo de varios meses tuvo lugar una subasta pública de las obras. Allí desaparecieron sus obras, allí perdió todo contacto con ellas el artista. Los restos de aquel “naufragio” –la carpeta con su nombre donde viajaron las obras rumbo a España, los sellos de la aduana y demás documentación – se exhiben ahora como expediente inédito de aquel suceso. La recuperación física de todo aquello se debe también en gran medida a los descendientes de la persona que lo adquirió décadas atrás en aquella subasta.
En definitiva, es la oportunidad de sacar a la luz un hallazgo oculto durante más de 50 años y revindicar así un periodo trascendental que permite, una vez más, descubrir y reflexionar sobre la pintura de Feito. Así mismo, la muestra pone de manifiesto su trascendente aportación a la renovación de las artes plásticas españolas en los años cincuenta.
Por último, quisiera agradecer la colaboración y ayuda de todos aquellos que han preferido mantenerse en el anonimato de este proyecto tan fascinante, a Rafael Canogar, Antonio Cátedra, Javier Villalba y muy especialmente a Luis Feito gran protagonista de esta exposición.
Isabel García
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