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EN BÚSQUEDA DE UNA IMAGEN DE LA DINASTÍA: La Familia de Carlos IV de Mariano Maella.

José Manuel de la Mano *

 

 

En fechas bastante recientes se ha tributado una profusa monografía al estudio de la composición de la Familia de Carlos IV, que vendría en inmortalizar los pinceles de Francisco Goya [1] . En el discurso de este volumen se alude en diversas ocasiones a un proyecto anterior de análoga temática pero acometido por su compañero en la dignidad de Primer Pintor de Cámara, el artista Mariano Salvador de Maella. Esta comisión del valenciano comparece todavía bastante desdibujada ante la ausencia total de documentación. Los únicos testimonios que se han podido recuperar son de naturaleza estrictamente pictórica. El análisis en conjunto de una pareja de dibujos y un boceto de presentación facultan ciertas conjeturas sobre la génesis y  vicisitudes de esta embajada artística ante Carlos IV. Aunque a menudo se han venido en fechar todos estos esbozos de Maella de manera concurrente, a lo largo de este texto se demostrará como acontece una corta pero significativa distancia cronológica entre ellos. Un margen de tan sólo dos años ratifica un perseverante interés en su conclusión por parte de su regio comitente, tanto en su condición de Príncipe de Asturias como de recién proclamado Carlos IV. A pesar de ser innegable su cardinal importancia como precedente del emblemático lienzo de Goya, este frustrado emplazamiento palatino de Maella detenta de igual forma su particular peso específico en el contexto del retrato de Corte en la España de las Luces.  
 

            La iconografía del cuadro de familia experimenta con el arribo del siglo XVIII una trascendental evolución.  La introducción de los “afectos” como obligado instrumento de intimidad, irrumpe en estos regios proscenios [2] . Aunque Maella no renuncia a estas modernas fórmulas de retrato colectivo, en su escena familiar de Carlos IV persiste todavía el aparato de un lienzo concebido a modo de programática alegoría pictórica de intencionalidad dinástica. Sin embargo este llamamiento no constituye para el valenciano la primera ocasión en que es interpelado para glosar este temática. El ansiado nacimiento del infante Carlos Clemente, anterior garante de la sucesión del trono en el feudo hispano, comportaría asimismo otra comisión. La localización de un dibujo del bautizo del mencionado infante exhuma otro proyecto frustrado del valenciano, del que hasta el momento no se guardaba noticia alguna. Transcurridos cinco años de matrimonio de los Príncipes de Asturias, Carlos y María Luisa, todavía no había llegado un primogénito varón. El  19 de septiembre de 1771 nacía en el Escorial el suspirado infante que se bautizaría con el nombre de Carlos Clemente en honor a sus padrinos, el propio Carlos III y el Papa Clemente XIV.

 

La anhelada consecución de un heredero encarnó para la monarquía hispana el preámbulo de una apasionada actividad propagandística, desplegada en dispares ámbitos de la vida cortesana. A modo de sagrada ofrenda el soberano arbitra por ejemplo la institución de una nueva Orden a la que tituló de Carlos III, bajo el patrocinio de la Virgen María en su misterio de la Inmaculada Concepción. En paralelo a la multitud de sermones publicados en acción de gracias por el feliz parto, se desencadenó asimismo una avalancha de comisiones en el entorno de los artistas. En la Academia de San Fernando con motivo de la convocatoria de los premios de 1772, se emplaza a los opositores a abordar una alegoría designada a glosar el acontecimiento [3] . Mariano Maella, como beneficiario de la nómina real, no se podrá sustraer a esta frenética campaña de exaltación dinástica. Un dibujo inédito, localizado en una colección particular [4] , esbozado a lápiz por el valenciano glosa la memoria de un destacado proyecto silenciado por el paso del tiempo. Frente a la multitud de alegorías del nacimiento del infante, nuestro pintor será emplazado a inmortalizar el histórico episodio de su bautizo. La afectiva representación de Carlos III con su nieto en brazos centra la composición, como verdaderos protagonistas de la ceremonia oficiada en El Escorial. La existencia de otro padrino, Clemente XIV, se patentiza a través de un rompimiento de gloria donde el retrato del Pontífice es introducido al espectador por una alegoría de la Iglesia. El casi gestual trazo de creación así como el inconfundible análisis de luces y sombras a través de un metódico rayado, testimonian la personal técnica de Maella hacia esta etapa de su carrera.

 

Esta comisión a Mariano Maella de un lienzo llamado a conmemorar el bautizo del infante Carlos Clemente, se vería truncada en 1774 por la repentina muerte del primogénito sin a penas llegar a cumplir los tres años. Con toda probabilidad el progresivo fallecimiento de todos los varones herederos al trono compelería a los Príncipes de Asturias a demorar cualquier exaltación pictórica de continuidad dinástica, tras el nacimiento del futuro infante Fernando. En el siguiente dibujo, preservado por Valentín Carderera para su colección privada [5] , la exacta identificación de cada uno de los vástagos reales que el valenciano esbozó para esta escena formaliza la única herramienta para precisar su datación. De todas las combinaciones la única factible es que el niño que se sitúa en el centro, sea el futuro Fernando VII [nacido el 14 de octubre de 1784]. Por lo que a su izquierda el artista dispondría a sus hermanas las infantas María Amalia y María Luisa Josefina. En edades tan tempranas los infantes de ambos sexos eran todavía vestidos de manera análoga. La fecha aproximada sería por lo tanto de hacia 1786-87 franqueados ya los funestos años precedentes, donde en el espacio de menos de dos años fallecieron cuatro de sus hijos: María Luisa Carlota (1783), Carlos Domingo Eusebio (1783) y los gemelos Carlos y Felipe Francisco de Paula (1784). Al mismo tiempo la ausencia en 1785 de la infanta Carlota Joaquina a raíz de su matrimonio con el heredero al trono de Portugal, compele al pintor a no considerarla para este diseño. La tristeza por todos estas defunciones y la partida de la infanta con tan sólo diez años, contrapuesto con la satisfacción de ver crecer sano a un infante heredero a la Corona articulan los prolegómenos de este dibujo. Los  Príncipes de Asturias se decantan por comisionar a Maella un monumental lienzo de familia que el valenciano imagina de modo inaugural sobre esta cuartilla de papel.

 

Mariano Maella ya había concebido hacia 1782 los retratos oficiales de los Príncipes de Asturias, requeridos con objeto de actualizar las efigies que en su día planteara su maestro Mengs. La multitud de copias de este prototipo del valenciano testimonian la difusión de esta iconografía áulica, que sin duda motivó que los comitentes se inclinaran por el valenciano a la hora de materializar este cuadro. Aunque tampoco se puede omitir como esta embajada artística brota concurrente con el requerimiento del pintor para representar varias escenas de la toma de isla de Menorca, con destino a la escalera de la Casita del Príncipe en El Escorial. Este dibujo esbozado por nuestro protagonista podría parecer en principio un retrato de familia de carácter casi doméstico. No obstante al profundizar en las actitudes de los retratados se puede intuir en sus mecenas una clara voluntad por acentuar el mensaje de continuidad dinástica. El Príncipe de Asturias de pie, con la orden de Carlos III, dirige su mirada fuera del cuadro y con su mano derecha introduce al espectador a un joven infante llamado a reinar en el feudo hispano. En el otro lado de la composición la mayor de las hermanas, a pesar de su prioridad de nacimiento, señala asimismo con su mano izquierda hacia el primogénito varón, que accederá al trono como Fernando VII. El escenario que esboza sobre este papel el valenciano para tan emblemática escena resulta bastante tradicional, siempre con la majestuosidad propia del retrato de corte. La casi perenne columna y un profuso cortinaje resulta parejo al que dispuso van Loo en su retrato de la familia de Felipe V. María Luisa se hace retratar sentada en una especie de banco corrido, ataviada con un original sombrero al dictado de la moda inglesa. La madre toma de la mano al joven heredero, que ya parece tambalearse al dar sus primeros pasos en la vida pública. Cabe destacar como a pesar del acostumbrado aparato, en la escena articulada por Maella no se renuncia a los detalles afectivos. Estas particularidades de naturaleza dinástica nos lleva a afirmar que nos encontramos ante un cuadro erigido con cierta proyección a la esfera pública y no sólo a la privada.

 

La declamación al óleo de este emblemático proyecto de Mariano Maella se decide retrasar, que no abandonar, como testimonia la significativa distancia cronológica con sus sucesivos bocetos. El fallecimiento de Carlos III y el consiguiente acceso al trono del Príncipe de Asturias, como Carlos IV, compelieron al artista a reconsiderar su primera escena de familia. De igual modo el nacimiento de Carlos María Isidro, nuevo garante de la sucesión de esta línea dinástica, afianzaba el futuro ante una eventual pérdida de Fernando. Transcurridos tan sólo un par de años de la culminación del dibujo de la colección Carderera, que se acaba de estudiar, Mariano Maella retomaba de nuevo su encargo de un monumental lienzo llamado a inmortalizar la familia del entonces ya monarca. El único historiador que se enfrentó en su momento a la datación de este esbozo compositivo, custodiado en el museo del Prado [6] , así como a precisar la identidad de cada uno de los personajes fue Alfonso E. Pérez Sánchez. En su prolijo catálogo de los dibujos españoles del siglo XVIII custodiados en el museo del Prado, describe como: “... A la izquierda, en pie, Carlos IV. Tras él su hermano Antonio Pascual. Casi en el centro, sentada, María Luisa con el Príncipe Fernando (n. 1784) a su derecha, y las infantas Carlota Joaquina (1775-1830) y María Aurelia (1779-1798). Detrás, en brazos de dos damas, quizás Carlos María Isidro (1788-1855) y María Isabel (1789-1848). Si estas identificaciones fuesen correctas como pensamos, habría que fechar el dibujo – y el boceto correspondiente, que guarda la colección del Marqués de Villavieja - , hacia 1789, inmediatamente después de la subida al trono del Monarca (1788). De todos modos faltaría en él la infanta María Luisa Josefina (1782-1824), cuya edad no corresponde a ninguno de los niños representados” [7] .

 

Esta identificación resulta bastante precisa salvo en lo concerniente al grupo de infantas que comparece a la derecha de la escena. La infanta Carlota Joaquina no sería considerada por Maella para su composición, ya que desde 1785 residía en Portugal a consecuencia de su matrimonio con Juan IV. En concreto las hijas representadas son María Luisa Josefina con su hermana menor María Amalia. Otro de los escollos más importantes es la puntual personalización de los individuos que acompañan al regio matrimonio con sus hijos. Manuel Godoy en una misiva fechada en 1848, los identifica como “... la Camarera Mayor y el Ministro”. No obstante es más probable que se trate de los hermanos del monarca el infante don Antonio Pascual y la infanta doña María Josefa, fácilmente reconocibles por su casi dinástica nariz. Su inclusión en un segundo plano, en oposición con el otro esbozo de 1786-87, formaliza con certeza un requerimiento directo del propio soberano. El infante don Gabriel acababa de fallecer hacía tan sólo un año y Carlos IV acudía con tristeza a la progresiva pérdida de sus más queridos familiares.  En esta pintura cortesana el artista articula una miscelánea de relaciones interindividuales, en las que un rígido protocolo establece las adecuadas jerarquías pictóricas.

 

En lo que concierne a la fecha exacta de ejecución de este diseño se ha de fijar entre finales de 1789 y principio de 1790. En esta instantánea familiar se representa un par de bebes, uno de ellos es sin duda Carlos María Isidro mientras que el otro se corresponde con la infanta María Isabel, nacida el 6 de julio de 1789 y esbozada aquí por Maella a la aguada con tan sólo unos meses. La documentación corrobora asimismo como en octubre y noviembre de 1789 el valenciano fija su residencia en El Escorial, de modo concurrente con la jornada del monarca y la corte en este Real Sitio. Esta datación confrontada a la de 1786-87 del dibujo de la colección Carderera, altera por completo la programada intencionalidad de tan emblemática comisión. En este lapso de tiempo, Carlos III ya ha fallecido en diciembre de 1788 por lo que su primogénito ha subido al trono como Carlos IV. De ahí que el Príncipe de Asturias que tan sólo llevaba la banda de la orden de Carlos III ha pasado a convertirse en el monarca y lleva la bengala de capitán general con la espada. Además el 28 de marzo de 1788 había nacido Carlos María Isidro, otra garantía más de la perpetuación de la dinastía borbónica en el feudo hispano. Con idéntica intención Mariano Maella emplaza al recién nacido en manos de su ama en el centro de la composición en un segundo plano en relación con su hermano Fernando. El explícito deseo de exaltación de la continuidad dinástica persiste en el ejemplar del Prado, aunque ya se ha procedido a eliminar todo el lenguaje de ademanes que conducían la atención del espectador hacia un joven Fernando.

 

Al atribuir esta datación a nuestra escena palatina no se puede relegar la coyuntura de que Mariano Maella la proyecta en fechas contemporáneas al estallido de la Revolución Francesa. En los albores de 1789 se inaugura el reinado de Carlos y María Luisa, presidiendo el temor hacia cualquier reflejo en un Luis XVI, débil de carácter, desarmado frente a sus súbditos rebeldes. El 10 de julio de 1789 el conde de Floridablanca participaba a Fernán Núñez, como embajador de España en Francia, la preocupación de Carlos IV: “... S.M. permanece en la curiosidad y en la inquietud que justifican el estado en que se encuentran los asuntos de Francia y la situación en que ve, a su buen amado primo, el Rey Cristianisimo” [8] . Los acontecimientos se precipitan con rapidez, en junio de 1790 la Asamblea Nacional decreta la abolición para el territorio galo de toda distinción o emblema de nobleza. Con este motivo el 5 de julio Carlos IV advertía a su embajador en París de la eliminación de las armas reales en sus coches y criados “... para evitar las malas consecuencias de qualquier atrevimiento” [9] . Todas estas crónicas de aires revolucionarios franquearon al instante nuestras fronteras, por lo que el país procede a levantar un “cordón sanitario” con objeto de evitar el contagio. A pesar de este ambiente de quiebra del Antiguo Régimen el Pintor de Cámara confiere a su dibujo un marcado carácter de naturalidad. Esta escena nace al dictado sin duda de un escenario político que requería de la monarquía hispana una imagen tanto de fortaleza como de cierta cercanía hacia sus súbditos.

 

El lenguaje con el que Maella declama esta renovada glorificación pictórica de la Casa Borbón , se caracteriza sin embargo por ser  bastante tradicional. Por un lado el escenario deriva de las prácticas más retardatarias del retrato de familia, con una estancia abierta a un sucinto paisaje y un profuso cortinaje que atenúa en parte la monumentalidad de una columna. El estatus áulico de los retratados parece requerir del pintor el séquito de este aparato así como un consciente distanciamiento de todo entorno doméstico. La otra herramienta ancestral es la jerarquizada ordenación de los personajes que presiden esta composición. A pesar de la aparente inmediatez de lectura, Maella arbitra para esta escena  una dualidad masculina-femenina por la que se contrapone a Carlos IV y su hermano con María Luisa con el resto de las infantas. De igual modo se articulan dos planos entre los soberanos y sus hijos frente a los hermanos de Carlos IV. Antonio Pascual que en un primer momento es emplazado a la misma altura que el monarca, será emborronado por Maella y se aleja jerárquicamente a un segundo plano. Además el centro geométrico de la composición es el ovalado rostro de Carlos María Isidro.

 

Manuel Godoy rememora como se concibió este cuadro de familia “[...] al ensalzamiento al trono”. De modo consciente hasta los elementos más irrelevantes vienen a glosar la recién estrenada dignidad regia de los homenajeados. Como testimonio de esta programática intencionalidad, el banco corrido del dibujo precedente pasa a ser sustituido por una pareja de tronos con respaldos ovalados. La moda desempeña asimismo su particular ministerio en este grupo de familia esbozado por el valenciano. Los varones se retratan de manera tradicional con casaca, chupa y calzón a excepción del príncipe Fernando que ya viste a lo “matelot”, al dictado del progreso en su edad. Concerniente a la indumentaria femenina el pintor moderniza ciertos detalles del dibujo de la colección Carderera, ya que el sombrero a la inglesa de la reina es abandonado a favor de una peluca. En lo que respecta a las condecoraciones, hacia estas fechas la orden de María Luisa todavía no se ha instituido por lo que las damas comparecen sin distinción alguna. Por este motivo la banda de la orden Carlos III que luce el monarca y su hermano es anterior a su renovación, mientras que Fernando parece inmortalizarse sin ninguna insignia. La finalidad de este dibujo, custodiado en el museo del Prado, fue tan sólo la ordenación de la composición, de ahí que los rostros queden tan sólo insinuados. Más adelante una vez alcanzada la aprobación del monarca, Maella acometería una cuidadosa individualización de cada uno de los integrantes de la familia real. Esta práctica sería a imagen de lo que aconteciera casi una década después con el lienzo de Francisco de Goya.

 

El 24 de octubre de 1848 Manuel Godoy dirigía desde París a la señora de Barrón la siguiente misiva: “Muy Sra. mia y de mi mayor aprecio, habiendo sabido el singular respeto con que recuerda V. la época feliz del Reinado de mi augusto soberano Dn. Carlos IV de Borbon y que los buenos ciudadanos en las regiones de la America especialmente en el Imperio del Mégico no olvidan los beneficios que recivieron durante el Reynado de tan justo y benigno Rey, me persuado hacerla cosa grata ofreciendole el boceto del Cuadro de Familia que al ensalzamiento al trono pintó el celebre Dn. Francisco Goya primer pintor de Cámara; en el figuran el Rey la Reyna sus hijos Dn. Fernando y Dn. Carlos con sus Hermanas Da. Amalia y Da. Luisa, la Camarera Mayor y el Ministro; acepte V. Pues mi estimada señora esta preciosa é histórica reliquia de que puede disponer el Ministro y amigo de su Rey y que contento y vecino ya a dejar este mundo lo deja en deposito á una respetable familia por aprecio tambien á las atenciones con que el Sr. Barron como su amada esposa han tratado mi nuera y su familia” [10] . Al publicar Aureliano de Beruete esta carta ilustrada por una imagen de este lienzo de la familia de Carlos IV, no se cuestionó la autoría asignada por nuestro ministro en su ocaso en el exilio. No obstante en estudios posteriores ya se procedería a rectificar su atribución al vincularlo con su dibujo preparatorio, que se custodia en el Museo del Prado.

 

Como nos ha legado Frederic Quilliet, el Príncipe de la Paz exhibía esta pintura en su Palacio de Buenavista en una de las paredes de la tercera galería en compañía de una colección de miniaturas, conformando así un preciado gabinete de retratos. Sin embargo Manuel Godoy no pudo ser el comitente de este cuadro porque no accede a la dignidad de Secretario de Estado hasta 1792. Esta circunstancia faculta la especulación de que constituyera un presente que recibiera de los monarcas, a los que a su vez se lo habría entregado el pintor en persona. En el mes de septiembre de 1789 acontece en Madrid la exaltación al trono de Carlos IV al igual que la Jura del Príncipe don Fernando. Para las funciones que se organizan por toda la ciudad se comisionaron retratos de los nuevos monarcas entre otros pintores a Zacarías González Velázquez, López de Enguídanos y Francisco Goya. El destino de la mayor parte de estas efigies será el ornato de las distintas fachadas de palacios nobiliarios y organismos oficiales. Mientras tanto el monarca en persona, imbuido de este espíritu de las Bellas Artes al servicio de la política, emplaza a un par de artistas para la realización de dos lienzos llamados a inmortalizar pictóricamente esta sucesión dinástica. A Mariano Maella le encarga nuestro retrato de familia creado para gloriar al nuevo Carlos IV así como al Príncipe Fernando. Mientras que a Luis Paret le ordena materializar una crónica pictórica del acto de juramento del Príncipe de Asturias celebrado el 23 de septiembre en la iglesia de los Jerónimos. En ambas ocasiones el futuro Fernando VII comparece como protagonista de la composición, en el de Maella de la mano de María Luisa y en el de Paret sentado con sus padres bajo el dosel. El seguimiento ejercido por el soberano en ambos casos tuvo que ser bastante estricto.  En el diario de González Sepúlveda queda recogido como en enero de 1790 “... presentó Paret su divujo de la Jura del Principe y mando el Rey que el quadro fuese de 9 pies para que las figs. de primer termino tuviesen a tercias” [11]

 

Con similar protocolo que Luis Paret nuestro pintor comparecería con su esbozo, todavía en papel con toda probabilidad, ante Carlos IV a fin de alcanzar el beneplácito real. Por este motivo el dibujo preparatorio de Paret en el Louvre, así como su homólogo de Maella del Prado se distinguen por ser los más grandes que se inventarían en sus respectivos catálogos. El soberano tan sólo le indicaría hacer más cuadrado el lienzo definitivo, ya que el dibujo aparece visualmente seccionado a lápiz en la parte superior del cortinaje. La existencia de este boceto de presentación en la colección Villavieja, ratifica como este emblemático encargo del valenciano no se malograría en su entrevista inaugural con el rey. Este óleo se erige en una de las escasas ocasiones dentro de la producción del valenciano en que el lienzo deja de ser un campo de experimentación compositiva, para convertirse casi en una mera trascripción de la escena esbozada sobre el papel. Las únicas mudanzas son una insignificante variación en la posición del Príncipe Fernando y el tocado que se añade al peinado de María Luisa. A pesar de esta concordancia, el dibujo conservado en el Prado no presenta cuadrícula con lo que es de imaginar que existieron otros diseños de los que se sirvió el pintor. La trascendencia de esta credencial visual ante el soberano, apremió a nuestro protagonista a no dejar ningún detalle al azar. Sin embargo en este estadio parece darse por concluida esta embajada artística de nuestro protagonista.

 

De haberse aceptado este modello habría de ser ultimado más adelante con retratos individuales de cada uno de los integrantes de la familia, como aconteciera más adelante con el lienzo de Francisco Folch de Cardona y de Francisco Goya. El cuadro definitivo de la Jura del Príncipe de Asturias pasaría a decorar alguna de las estancias del Palacio Nuevo, mientras que el de la Familia de Carlos IV nunca llegaría a materializarse. Las razones por las que este llamamiento palatino de Maella se desvanece discurren todavía en el terreno de la conjetura. Un inabarcable cantidad de compromisos de otra índole, un cambio de gusto en los monarcas o simplemente cuestiones de carácter burocrático pudieron llegar a entorpecer esta comisión. Además lo que es innegable es que el nuevo monarca parece bascular hacia otros artistas de la Corte , tanto para inmortalizar sus efigies como para la consecución de otros retratos de familia.

 

El crepúsculo de esta empresa áulica de Maella es concurrente en fechas con los preámbulos de otra de idéntica naturaleza. La comisión que brota pareja es la familia de Carlos IV de Francisco Folch de Cardona, que se culminaría hacia finales de noviembre de 1793. Este autor, introducido en la Corte por el conde de Floridablanca, alcanzaría la dignidad de Pintor Retratista de Cámara a comienzos de junio de 1790. Las creaciones salidas de su pincel no se distinguen por una calidad excepcional, pero en contrapartida contemporáneos suyos de la talla de Orellana glosan la tremenda rapidez en la ejecución de sus efigies. El lienzo de Maella sería encomendado con toda probabilidad por Carlos IV en un formato vertical, mientras que el de Cardona por la reina María Luisa en un formato horizontal [12] . Con todo, el destino expositivo de ambas apoteosis de la estirpe Borbón sería con certeza el ornato del Palacio Nuevo. Hasta la fecha no se ha reparado en que las monumentales dimensiones del lienzo de Cardona, emergen curiosamente coincidentes con la familia de Felipe V de Louis-Michel van Loo. Este lienzo a la muerte de Carlos III se inventaría todavía en el Buen Retiro, donde de modo concurrente María Luisa de Parma ordena pintar su correspondiente retrato colectivo. No sin cierto riesgo de caer en el terreno de la especulación, se puede plantear la hipótesis de que Cardona acometiera su escena a modo de potencial pareja.

 

En 1794 se cumplía el traslado del lienzo enrollado de Folch de Cardona del Buen Retiro al Palacio Nuevo. Con objeto de ser colgado en su emplazamiento definitivo le aguardaba un notable marco de talla dorada [13] . De modo concurrente sobrevenía el fallecimiento de los dos infantes más jóvenes significados en este lienzo, María Teresa y Felipe María, así como el alumbramiento del último vástago real, Francisco de Paula. Ante esta coyuntura la vigencia familiar del lienzo de nuestro retratista de Cámara había caducado de inmediato, como acaeciera años atrás con los sucesivos esbozos de Mariano Maella. Tendrían que transcurrir casi cinco años para que Carlos IV requiriera hacia 1799 esta vez de Francisco Goya otro actualizado “... Rto. de todos juntos”.  Mientras que las composiciones de los dos valencianos bascularon mas hacia el protocolario cuadro de van Loo como fuente de inspiración, el aragonés se decanta por las Meninas como referente formal. Las dispares calidades artísticas y por ende manejo de recursos compositivos de esta terna de pintores darían como resultado creaciones diametralmente opuestas. La estricta ordenación jerárquica de la familia real así como la arcaica dualidad masculina-femenina que articulan los pinceles de Maella y Cardona, daría paso a una fórmula muchísimo mas moderna apoyada en los afectos. Los infantes Antonio Pascual y María Josefa, que se habían desestimado en la escena de Cardona vuelven a aparecer en la de Goya. María Luisa no consideraría conveniente su inclusión en el lienzo que había comisionado en persona mientras que su marido no renuncia a representarse acompañado por sus hermanos.

 

La fecha de ejecución de cada uno de estos ejemplares de la Familia de Carlos IV comporta contextos históricos bastante heterogéneos. De ahí que el mensaje público de las sucesivas composiciones se irá reconsiderando a medida que su autor aborda su respectiva comisión. En 1786 un todavía Príncipe de Asturias demanda de Mariano Maella una escena de exaltación de la continuidad dinástica en la figura de un casi recién nacido Fernando. El posterior lienzo, materializado por Maella hacia 1789-90, difiere por completo en su argumento. La consecución ya de dos vástagos varones aparta a un segundo término estas preocupaciones sucesorias, mientras que el estallido de la Revolución Francesa se erige en la principal inquietud. La culminación en 1793 del lienzo de Francisco Folch de Cardona, a modo de desdichado pendant de la familia de Felipe V, se descubre concurrente con el ajusticiamiento de Luis XVI. Los más funestos temores de la monarquía hispana se ven hechos realidad  y se requiere un retrato de aparato que enarbole con orgullo el origen común de ambas estirpes dinásticas. Finalmente en 1800 comparecía la magistral creación de Francisco Goya, coincidente con una etapa de cierta tranquilidad en el feudo hispano.

 

Ya se ha glosado la fugacidad en la validez familiar de estos cuadros, pero su argumento histórico se muestra todavía más efímero en los convulsos albores de la centuria enciclopedista. Esta sucesión de encargos de Carlos IV detenta un reflejo directo en el reinado de Felipe V, con la progresiva comisión de lienzos de familia a los pintores Miguel Ángel Houasse, Jean Ranc y Louis-Michel van Loo [14] . Es indudable que Goya se rebela contra lo efímero de todo este repertorio de imágenes de los Borbón, tanto en su faceta doméstica como dinástica. En este hecho subyace una posible explicación de la decisión del aragonés por incluir un retrato póstumo de la infanta María Amalia, así como una figura femenina de rostro velado que acompaña al Príncipe Fernando. Este guiño al pasado pero sobre todo al futuro, dejaba así abierta la puerta a una potencial intervención tras el conocimiento de la identidad de la próxima Princesa de Asturias. Esta persistente lucha contra la caducidad de las composición de esta naturaleza se descubre como una constante desde el arribo de esta dinastía al trono de España. La memoria de las composiciones de Folch de Cardona y Mariano Maella perecerían con el transcurso de los años. Mientras que Francisco Goya encontraría en la genialidad de sus pinceles la única herramienta llamada a ganar la cruel batalla del tiempo.



* Desearía antes de comenzar expresar mi agradecimiento a las personas que me han hecho accesible el material esencial para la redacción de este artículo, en especial a José Manuel Matilla y Fernando Carderera. El intercambio de ideas con otros historiadores del Arte ha sido como siempre esencial en la redacción de este artículo. Peter Cherry me localizó en el extranjero ciertas lecturas de difícil acceso y con Amalia Descalzo compartí su inagotable conocimiento sobre la moda en España.

 

[1] Mena Marqués, Manuela B. Goya. La familia de Carlos IV. Madrid, Museo Nacional del Prado, 2002.

[2] Portús, Javier. “Orden y concierto. Escenas familiares en la pintura española del Renacimiento a Goya”. en Ternura y Melodrama. Pintura de escenas familiares en tiempos de Sorolla. Valencia, museo del siglo XIX, 2002-2003, p. 56.

[3] “... encargue desde luego á la Pintura el diseño de un luminoso Quadro, en que represente al Supremo Hacedor, que complaciéndose en la vista de una bella Criatura, encomienda á los Santos Angeles su custodia, y asimismo la guardia á los dos valerosos Soldados de Christo el Español Lorenzo y el Napolitano Genaro, por el lugar y el dia de su nacimiento”. Oración de la Real Academia de S. Fernando al Rey Nuestro Señor con motivo del Feliz Nacimiento del Infante. Madrid, Joaquín Ibarra, 1771, p. 12.

[4] Alegoría al Bautizo del Infante D. Carlos Clemente. 1771-1772. Lápiz/Papel. 152x217. [de la escena] 185x256. [del papel] [Montado al dorso sobre un grabado de Le Brun]. Procedencia: Londres, colección particular.

[5] Lápiz, tinta, aguada sepia y parda/papel. 260x185. INS.: “Carlos IV María Luisa y demas familia” (a lápiz en el centro) y “Maella inb” (a lápiz áng inf. dcho) [recortado y pegado a cartulina en el siglo XIX]

Madrid. Colección particular.

[6] La Familia de Carlos IV. [1789-90]. Lápiz y aguada sepia y parda/papel. 480x360. INS.: “La familia de Carlos 4. Maella f /40 rs.” (a lápiz áng inf. dcho.) Madrid. Museo del Prado (Nº Inv. FD 453).

[7] Pérez Sánchez, Alfonso Emilio. Museo del Prado. Catálogo de dibujos. III Dibujos españoles Siglo XVIII C-Z. Madrid, Museo del Prado, 1977, p, 76.

[8] Prieto, Rosario. La Revolución Francesa vista por el embajador de España, Conde de Fernán Núñez. Madrid, Fundación Universitaria Española, 1997, p. 76.

[9] op. cit., pp. 156-157.

[10] Beruete y Moret, Aureliano de. Goya. Composiciones y figuras. Madrid, 1917, p. 149.

[11] Biblioteca Nacional de Madrid. Mss. 12.628,  ff. 22-22v.

[12] En noviembre de 1791 la Reina María Luisa concedía 320 reales de su “Bolsillo secreto” a Magdalena Acebedo, mujer de Francisco Folch de Cardona, para sus gastos de instalación en Madrid. (A.G.P. Administrativa leg. 229).

[13] El 9 de julio de 1794 Jorge Balze presentaba la siguiente factura: “Cuenta de un marco qe. tengo hecho de orden superior á la Rl. Furriera , para los Retratos de la Familia Rl. hechas por Dn. Franco. de Cardona Pintor de Camara de S.M. de 16 ps. de alto por 19 de ancho hasta el dia ultimo de Novre. de 1793. Es como sigue. Primeramte. de haver hecho el Marco expresado de madera y talla. 4.000 Rs. De haver hecho el Bastidor para la pintura, dividido en dos partes con sus Bisagras y escuadras, así como un rollo de madera pa. envolver el lienzo. 850 Rs.”.  El 7 de julio de 1794 el dorador Andrés del Peral presentaba asimismo la cuenta de ocho mil reales porque “... se há dorado un marco mui grande tallado, y de mucho travajo, que tiene de circunferencia 66 ps. y mas de un pie de ancho” (A.G.P. Carlos IV (Casa) leg. 57)

[14] Aterido, Ángel. “No sólo aspas y lises: Señas de las colecciones de Pinturas de FelipeV”. en Inventarios Reales. Colecciones de pinturas de Felipe V e Isabel de Farnesio. Madrid, Fundación de Apoyo a la Historia del Arte Hispánico, 2004, v. I, pp. 49-53.

 

 

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