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CARLOS ESPINOSA Y MOYA

(1758-Después de 1818).

 

La vida y obra de Carlos Espinosa (Alicante, 1758-Después de 1818) resulta original dentro del panorama de los pintores españoles del siglo XVIII por dos motivos sobre los que centraremos nuestro comentario: el desarrollo de su carrera fundamentalmente en Italia y las dificultades que los profundos cambios históricos que le tocó vivir (Revolución Francesa, guerras napoleónica, derrumbe del absolutismo ilustrado...) provocaron en dicha carrera.


Espinosa, hijo del pintor Agustín Espinosa, tuvo una juventud y un primer aprendizaje pictórico absolutamente acorde con los parámetros de la ilustración madrileña de la época. Así, con quince años de edad, en 1773, se matricula como alumno de la Real Academia de San Fernando en Madrid en donde conseguirá, a lo largo de sus estudios, tres premios en los concursos de dicha institución. A la par, desde el mismo año de 1773 y hasta 1776 asistió al estudio de Francisco Bayeu, uno de los pintores más importantes de la época. A través de Bayeu,

Retrato de José Esteban de Mendizabal y Mayorá (?) (1780)

Espinosa conocerá a Anton Raphel Mengs, su maestro, quien le marcará a lo largo de su vida. Cuando Mengs viajó a Roma, Carlos Espinosa será uno de los pintores que le acompañará y convivirá con él en tierras italianas. La confianza de Mengs en el arte de Espinosa sabemos, a través de la documentación conservada, debió ser grande hasta el punto que le pagó de su propio bolsillo una pensión para su manutención en la capital romana.


Las relaciones del arte oficial hispano con Italia y, en concreto de su institución más representativa, la Academia de Bellas Artes de San Fernando, fueron muy importantes a lo largo de la segunda mitad del siglo XVIII y se articularon a través de la figura clave de Francisco Preciado de la Vega. Sin embargo, con el viaje de Mengs y sus discípulos estas relaciones se alteraron de manera radical. Un grupo de jóvenes pintores españoles, entre los que se encontraba Espinosa, viajó a Roma a las órdenes directas del pintor bohemio quien, a su vez, controlaba su educación en la ciudad eterna. Así la formación de Espinosa se centró en la copia de modelos clásicos, obras maestras de la pintura y el desnudo.


Este principio discordante, fuera del control de Preciado, desapareció con la muerte prematura de Anton Mengs en 1779. A partir de este momento y a pesar de que a través del propio Francisco Preciado Espinosa consiguió las prórrogas necesarias para la pensión que le mantenía en Roma, la carrera de Espinosa se encaminó hacia círculos italianos, acudiendo al estudio de Pompeo Batoni, lejanos de la realidad pictórica hispana. Ahora bien, el vínculo con España se mantuvo a través de personajes como José Nicolás de Azara como se puede comprobar en la participación de Espinosa, con dos grandes óleos en las exequias romanas de Carlos III o por el cuadro realizado para el cardenal Antonio Despuig del Beato Sebastián de Aparicio.


Sin embargo, tras el estallido de la Revolución Francesa, el vínculo se rompe y en ello se acumulan una serie de motivos explicativos que imposibilitan el regreso de Espinosa a la corte española. El primero de estos motivos sería la propia Revolución y sus consecuencias que provocaron unos cambios generales de tan amplio calado que influyeron en la conservación física de las monarquías del Antiguo Régimen y, a la postre, en su propia política cultural: no eran tiempos para el fomento de las artes. En segundo lugar, la propia situación "periférica" de Espinosa (fuera de España en una Italia convulsa, con planteamientos pictóricos diferentes, etc.) también imposibilitó un retorno más fácil en otra situación general. Los propios valedores de Espinosa, fundamentalmente Azara, tuvieron una trayectoria política poco acorde con los deseos de Godoy, el controlador de la política hispana hasta 1808, lo que, finalmente, imposibilitó el regreso de Espinosa.


Todos estos factores se unieron en contra de Carlos Espinosa, quien, en 1798, tuvo que emigrar a Florencia tras la revolución jacobina en Roma. Incluso allí, en 1808, se vio obligado a marchar a Francia, tras haber sido detenidos por las tropas francesas. Tras las guerras napoleónicas regresó a Florencia y posteriormente se traslado a Roma. Nos encontramos ante un interesante ejemplo de cómo los acontecimientos bélicos desbaratan una posible carrera artística.


Una vez establecido en Roma, Espinosa ligará su futuro, tras haber desaparecido de la vida política sus antiguos valedores, a las figuras de los reyes padres, el exiliado Carlos IV y María Luisa de Parma. Aunque, desde un punto de vista político, dicha apuesta estaba claramente abocada al fracaso, era la única opción que le quedaba. En Roma retrata a Carlos y María Luisa y solicita, el 10 de enero de 1818, a Fernando VII, sin éxito, ser el director de los pensionados españoles en Roma. Tampoco conseguirá ser nombrado, a pesar del memorial que eleva el 15 de septiembre de dicho año, pintor de Cámara del Rey con sueldo aunque el 5 de octubre de 1817 había sido elegido académico de mérito de la Academia di San Luca en Roma.


Estos intentos fracasados de regresar a la Península son los últimos datos que conocemos de Carlos Espinosa quien debió morir poco después, probablemente en Roma. Se constata así como los convulsos tiempos que le tocaron vivir influyeron en una carrera artística que, en circunstancias normales, pudo haber concluido “cómodamente” entre los pintores de cámara del rey de España.

 

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