Vicente Camarón Torrá
(1803-1864).
Dos academias masculinas:
A. Hombre sentado. B. Guerrero con una bandera
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Dos academias
masculinas: A. Hombre sentado. B. Guerrero con una bandera Agosto
1817 INS.: A: “Vicente Camaron. Agosto de 1817. de edad
de 14 años” (áng. inf. dcho.) “10”
(áng. sup. izdo.). B: “Vicente Camaron . Agosto”
(parte inf.) Sanguina y lápiz negro/papel agarbanzado.
A: 490 x 320 mm. B: 470 x 315 mm.
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Los Camarón, como los González
Velázquez o los Madrazo, son una fecunda saga de artistas
que hunde sus raíces en el siglo XVIII y que mantienen
su presencia a lo largo del siglo XIX. Oriundos de Segorbe, los
pintores José Camarón Boronat (1730-1803) y su hijo
José Camarón Meliá (1761-1819), padre de
Vicente, dieron el paso desde la Academia de San Carlos, en Valencia,
a la corte. Vicente nació en Madrid y recibió sus
enseñanzas en la Academia de San Fernando, de la que con
los años llegaría a formar parte como Académico
de Mérito (1844) y profesor(1). Su obra es fiel reflejo
de las transformaciones del panorama pictórico español
en el cambio de centuria. En su trabajo tocó temas diversos,
aunque su dedicación fundamental fue el paisaje de tono
romántico. Hoy su memoria se ha visto relegada ante otros
especialistas contemporáneos de mayor fama, como Pérez
Villaamil, pero alcanzó renombre entre la sociedad burguesa
de su tiempo. Fue miembro del Liceo Artístico y Literario
Español e, incluso, llegó a ser designado Pintor
de Cámara honorario por Isabel II en 1847, mencionando
expresamente su habilidad en el género en la cédula
de nombramiento. Su pintura se caracteriza por una interpretación
de la naturaleza en la que se aúna la inspiración
en los paisajes flamencos del siglo XVII con la impronta paisajista
inglesa, tan en boga en su época(2). Participó además
en la decoración de los techos del Palacio del Congreso
de los Diputados(3) (Sala de Conferencias y escritorios) y, en
su faceta como grabador, en la Colección Litográfica
de Cuadros del Rey de España, bajo la dirección
de José de Madrazo. Su relación con el grabado es
mejor conocida, dedicándose igualmente a vistas de parajes
madrileños y de los Sitios Reales, por composiciones propias
y de otros artistas, como Brambila; tanto como a ilustraciones
de libros y también retratos.
En el ámbito del dibujo, su
faceta menor estudiada, es más conocido por el álbum
con diseños de diversos autores, muchos de ellos de mano
de su padre, que donó a la Academia de San Fernando(4).
Incluye sólo un dibujo propio, precisamente de un país,
pero es un ejemplo significativo de los cuadernos de artista,
en los que se coleccionan obras propias y ajenas, como fuente
de inspiración y recursos para otros trabajos. Estas dos
academias ilustran en cambio la faceta germinal de la educación
artística, en la que asimismo el dibujo es el medio primario.
Los ejercicios de desnudo del jovencísimo Vicente, fechados
tres años después de su matrícula en la Academia
de San Fernando, son los propios de un alumno que asiste a la
última de las salas o aulas de “Principios”(5).
Es decir, los primeros pasos en el aprendizaje de la pintura,
en los que se copia de dibujos. Los maestros que asistían
a las clases proporcionaban a los estudiantes los modelos a reproducir,
muchas veces de su propia mano. Primero partes del cuerpo (principios
y extremos), para pasar a la copia de cabe-
 |
 |
| Francisco
Pérez Entero.
Academia masculina. Madrid,
Facultad de Bellas Artes
de la Universidad
Complutense. |
Vicente Camarón Torrá.
Vista de las Pesquerías de Toledo.
Madrid, Museo
del Prado. |
zas y, como último paso en
esta fase inicial, el cuerpo humano (figuras). Tras este ciclo
el alumno accedía a dibujar modelos tridimensionales (Sala
del Yeso) y, finalmente, a la copia de modelos vivos (Sala del
Natural).
Por tanto, estas Academias no están
copiadas del natural, al que se accede al final del proceso formativo,
sino de otros dibujos que Camarón y sus compañeros
de clase tuvieron como ejercicio en el agosto madrileño
de 1817. Uno de estos prototipos estaba en el mencionado aula,
seguramente enmarcado y protegido por un cristal, al menos desde
el 8 de marzo 1779. En ese día otro alumno, Francisco Pérez
Entero, ejecutaba el mismo desnudo masculino de espaldas, portando
una bandera, que Vicente copiaría 38 años después;
en aquella ocasión Pérez Entero obtuvo el premio
mensual de ayuda de costa de la Sala de Figuras, gracias a su
dibujo(6). Ambos son prácticamente idénticos, tomados
de un mismo original. Si bien en el desnudo de Camarón
se percibe nítidamente el contorno de lápiz negro,
inicialmente dado para apuntar el perfil de la figura, así
como el tratamiento del sombreado resulta menos contrastado. También
el aspecto de la roca adyacente se ha alterado algo y los dedos
de la mano derecha aparecen extremamente alargados. El otro ejemplar,
el que se halla sentado, evoca de igual forma arquetipos anatómicos
dieciochescos. Parece inspirado directamente en alguno de los
ignudi pintados por Miguel Ángel en la bóveda de
la Capilla Sixtina, con una cinta ciñendo los cabellos
sobre la frente, como los mancebos que acompañan a la Sibila
Eritrea y a Jeremías en el fresco vaticano.
Por tanto, estamos ante dos obras
del siglo XVIII contempladas y “revisitadas” por un
pintor primerizo en los albores del XIX. No son sólo bellos
ejercicios con los que adiestrar la mano o familiarizarse con
la anatomía antes de pasar a estudiar el natural. Son además
huellas patentes del continuismo en la enseñanza de las
bellas artes en esos convulsos años inaugurales del siglo
XIX. El peso de la tradición de un siglo XVIII que sólo
se había extinguido en el calendario, pero cuyas diversas
tendencias artísticas coleaban, se manifiesta en los modelos
con los que se formaban las nuevas generaciones. La academia imponía
un ideal clasicista, mientras permanecían aún en
su seno beneméritos representantes del barroco cortesano
y al tiempo se introducían “agentes” del neoclasicismo
de corte davidiano. Pero todos coincidían en la inveterada
necesidad de estudiar, por un lado, a los maestros del pasado
y, por otro, el cuerpo desnudo. Las
“academias” no en vano
presentan esta denominación delatora que las liga ostensiblemente
a la institución. Una institución que no debemos
olvidar que se funda en España precisamente en el siglo
XVIII.
La técnica adoptada por Camarón
enlaza con ese gusto clasicista del final de siglo, en la que
el cuerpo es idealizado con los cánones grecorromanos como
norte. La limpieza con la que se plasman ambas figuras y el uso
canónico de la sanguina (nunca difuminada, siempre aplicada
en líneas) concuerdan con los patrones académicos.
Los contados rasgos anecdóticos, como los hoyuelos de la
espalda del guerrero, apenas alteran la “idealidad”
apolínea que se quería transferir a los alumnos
como objetivo a la hora de retratar el cuerpo humano. El estudio
de las posturas y de las expresiones, con las que se quería
ejercitar la destreza del estudiante, nunca debía estar
reñido con la búsqueda de la belleza. De ahí
que un futuro pintor hubiera de afanarse en copiar con corrección
los modelos que sus maestros entendían como bellos.
ÁNGEL ATERIDO
1 González García,
María Adolfina. “Aportaciones a la biografía
del pintor Vicente Camarón Torra”, Boletín
del Museo e Instituto Camón Aznar, LV, 1994, pp. 61-80.
2 Arias Anglés, Enrique.
“Influencias de la pintura de los Países Bajos e
Inglaterra en Vicente Camarón”, Archivo Español
de Arte, LV, 1982, pp. 150-155.
3 González García,
op. cit. pp. Salvá Herán, Amalia. Colecciones artísticas
del Congreso de los Diputados, Madrid, 1996, pp. 59 y 68.
4 Arnáiz, José Manuel.
“El Álbum de Vicente Camarón y otros dibujos
españoles inéditos”, Academia, LXVII, 1988,
pp. 114-231.
5 Acerca de la formación
artística véase Vega, Jesusa. “Los inicios
del artista. El dibujo base de las artes”, en La formación
del artista. De Leonardo a Picasso, Madrid, Academia de San Fernando,
1989, pp. 1-29. Para el funcionamiento de la Academia en época
de Vicente Camarón véase Navarrete, Esperanza. La
Academia de San Fernando y la pintura en la primera mitad del
siglo XIX, Madrid, FUE, 1999.
6 Formación del buen gusto:
la enseñanza artística en la Real Academia de San
Fernando (siglo XVIII), Madrid, 1996, p. 82.
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