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BERNARDO LORENTE GERMÁN

(Sevilla, h. 1681-ivi, 15 de enero de 1759)

 

Aprendió Bernardo Lorente Germán las primeras herramientas del arte de la pintura con su padre, también pintor, y después con Cristóbal López, artífice que hizo patrimonio con los lienzos que envió a las Américas. Durante la estancia sevillana de Felipe V e Isabel de Farnesio, se vinculó con fortuna a la corte y llegó a retratar al infante don Felipe, futuro duque de Parma (h. 1730) en un cuadro que adolece, inevitablemente, la influencia del pintor francés Jean Ranc. No quiso incorporarse al cortejo real cuando éste retornó a Madrid en 1733, quizá por un temperamento melancólico y reservado que le impidió triunfar aún más y que abotagó un talento que nunca explotó al límite; al menos eso cuenta Ceán en el Diccionario Histórico de 1800, narración a la que puso reparos, con razón, José Milicua en un fundamentado estudio (Archivo Español de Arte, 1961, pp. 313-320). En Sevilla quedó pintando a la aristocracia hispalense, en cuadros que rezuman el gusto francés por

San Miguel Arcángel

entonces imperante, y otros que muestran su deuda con Murillo, cuyas formas algodonosas y colores pastel, por otra parte bellísimos, acordaban a la perfección con un asunto edulcorado del que Ceán Bermúdez hace creador a Lorente Germán, el de la Divina Pastora, que representa a la Virgen pintada de tal guisa, en el campo y apacentando al rebaño, advocación de especial querencia entre los capuchinos pues de esa orden fue Fray Isidoro de Sevilla, a quien la Virgen se le había aparecido de esa manera; lo cierto es que Miguel Alonso de Tovar fue el primero que pintó esta iconografía, en un cuadro que se vio por Sevilla en 1703, aunque se debe a Lorente Germán la difusión y fortuna de la Virgen Pastora. Es por ello que fue conocido como el Pintor de las Pastoras; el ejemplar más famoso fue el de Alcolea del Río, de 1742, hoy desaparecido, aunque no sólo pintó ese asunto. Sus obras más conocidas se conservan en la cartuja de Jerez de la Frontera y repartidas por iglesias de Úbeda y Baeza; algunas de ellas llegaron a venderse como originales de Murillo. Su valía le permitió ser nombrado uno de los primeros miembros de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en 1756. Entre lo más valioso de su producción destacan, también, bodegones y escenas de género, y sobre todo trampantojos, en los que llegó a ser consumado maestro, así como otros lienzos de asunto religioso, como el San Miguel Arcángel que posee hoy día la galería.

 

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