Escuela española siglo
XVIII
Retrato de Francisco Bayeu
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Óleo sobre lienzo, 50
x 37 cm
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Lidiando con la muerte y con 9 medicos
contra mi he estado desde que te avisé. De esta manera
daba cuenta el pintor Francisco Bayeu a Martín Zapater
del curso de la enfermedad que le tenía apartado de su
trabajo, en mayo de 1795. Su abatimiento (crío tristeza
por más que me conformo) y sus crisis precedieron varios
meses a la muerte del pintor, ocurrida el 4 de agosto siguiente.
Semanas más tarde, la Academia de Bellas Artes de San Fernando
celebraba su exposición anual de verano, en la que académicos,
aficionados y alumnos podían presentar sus obras al juicio
público. Era una costumbre reciente, instaurada el año
anterior, con desigual concurrencia de participantes y abundante
asistencia de curiosos, que constituía una magnífica
ocasión para darse a conocer. Francisco de Goya, cuñado
y antaño discípulo de Bayeu, acudió entonces
por primera vez a este certamen informal con un retrato, tema
con el que se presentaría regularmente a la cita en los
años siguientes.
Goya no escogió la efigie
de alguno de los importantes mecenas que le protegían en
el lustro final del siglo XVIII, ni siquiera presentó un
lienzo acabado: colgó en la pared de la Academia el retrato
inconcluso del difunto Bayeu. No partió de la corporación
homenajear a quien fue primer pintor de Cámara del Rey,
teniente director de la sección de pintura y, por breve
tiempo, director general de la propia institución. En los
últimos días de ese fatídico y caluroso agosto
quien recordó a Bayeu a la Academia fue Goya, a quien la
muerte de su cuñado sin duda hubo de impresionar. Las difíciles
y bamboleantes relaciones entre ambos, que hoy calificaríamos
de amor-odio, habían pasado sus momentos de mayor crisis
en 1781, al fiscalizar Bayeu los trabajos de Goya en la Basílica
del Pilar, en Zaragoza. Aunque las heridas parecían restañadas,
sellada la reconciliación con un retrato de Bayeu pintado
por Goya en 1786 (Valencia, Museo de Bellas Artes), en la cabeza
delmoribundo repicaban los ecos de la disputa. (...) por si acaso
en aquellas desabenecias de Goya falte en algo contigo, y con
Goycoechea, pido que me perdoneis, escribía a Zapater en
abril de 1795. Y Goya zanjó de nuevo el problema con un
retrato, esta vez póstumo, con la soltura, elegancia y
vigor característicos de su genio.
Tradicionalmente se atribuye el encargo
de la obra a la única hija de Bayeu, Feliciana, quien acababa
de contraer matrimonio en vísperas del fallecimiento de
su padre. La pintura pasó a su propiedad tras ser concluida,
ya que en 1796 Feliciana regaló al tío Goya una
caja de oro por hacer el retrato de nuestro padre. La pintura
perteneció a los descendientes del marido de Feliciana,
Pedro Ibáñez, hasta que en 1866 lo adquirió
el Museo de la Trinidad, de donde pasó al Museo del Prado
(inv. 721). No obstante, dado el pago en especie que recibe Goya,
puede que Feliciana estuviera correspondiendo a un regalo afectuoso.
Ante la precipitación de los acontecimientos y las prisas
de Goya por presentar “su” Bayeu aun inacabado a la
Academia, parece que el pintor de Fuendetodos se permitió
un expresivo “capricho”, un retrato sin comitente,
un homenaje sincero. El hecho de que se inspirara en un autorretrato
de Bayeu, adquirido recientemente por la Academia de San Fernando,
del que tomó la pose y la fisonomía, confirma la
urgencia con la que se acometió la obra; sin tiempo a recuperar
de memoria unos rasgos tan conocidos para él.
La existencia de una copia muy temprana
de retrato tan revelador y, a la vez, tan familiar, no sólo
manifiesta el interés suscitado a algún joven estudiante,
sino la autoridad que suponían para las nuevas generaciones
el retratado y el retratista. Su exhibición “prematura”
lo hizo conocido para los alumnos de la Academia. Después,
conservado en el hogar de Feliciana Bayeu, hija y sobrina de pintores,
se hubo de facilitar el acceso a algún devoto y desconocido
artista, si es que no se copió antes. Nuestro lienzo se
limita al busto, sin duda la parte que llegaríamás
acabada a la exposición de 1795. El copista concentró
su atención en el rostro, que presenta mayor dureza por
la insistencia en captar los rasgos, si bien conserva el aire
adusto y melancólico que Goya imprimió al original.
Llega a curiosos mimetismos, como el trazo del mechón de
pelo que, echado hacia atrás describiendo una curva, apenas
cubre la calvicie del anciano. La concurrencia de la factura es
más evidente en la libertad con la que se sugiere el traje,
con unas pinceladas ágiles que pergeñan la casaca
tornasolada, aquí de un tono entre verdoso y plomizo. En
colección particular madrileña se conserva una versión
del retrato del Prado, también limitada al busto, que se
ha llegado a tener por autógrafa, aunque con reservas.
Nuestro retrato guarda gran semejanza con ella, tanto por concentrarse
en la cabeza y los hombros, como por el contorno del óvalo
de la cara, en ambos más alargado que en el cuadro del
Prado. Tales copias del retrato goyesco testimonian su condición
de modelo y su crédito entre los artistas, ejercicio de
aprendizaje sobre los rasgos venerables de un pintor de cámara,
rescatados de la sombras del olvido como ejemplo, como “hombre
ilustre”. Pero también como admirable epílogo
de una tormentosa amistad.
ángel aterido fernández
Bibliografía Gassier, Pierre;
Wilson, Juliet; Lachenal, François, Goya, Life and Work,
Colonia, 1994, p. 170. Lafuente Ferrari, Enrique, Antecedentes,
coincidencias e influencias del arte de Goya, Madrid, 1947, p.
65. Morales y Marín, José Luis, Francisco Bayeu,
Zaragoza, 1995, pp. 126-127. Morales y Marín, José
Luis, Goya. Catálogo de la pintura, 199, pp. 239 y 373.
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