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Andreu y el rumbo
de los clasicismos modernos

ISABEL GARCÍA GARCÍA

 

La presentación para el público de la obra de Mariano Andreu en una galería de arte representa una extraordinaria, por lo inusual, oportunidad de poder admirar una pintura casi desconocida. No exageramos cuando decimos “desconocida” y es que hasta el momento son muy contados los estudios que se le han dedicado, a la espera, claro está, del catálogo razonado de Esther García Portugués, comisaria de la muestra.

La recuperación contemporánea del artista comienza en el año 1978 cuando se realiza la Exposición Homenaje a Andreu en el segundo aniversario de su muerte, en las Galerías Padró de Barcelona; posteriormente, en 1995 el Museo Comarcal del Maresme de Mataró le dedica otra exposición y para finalizar, dos años más tarde, en la que fue la última exposición dedicada al artista en una galería privada.

En cambio, Madrid no ha recibido nunca una muestra individual de este original artista. Su figura polifacética como esmaltador, grabador, pintor, escenógrafo, figurinista, dibujante, ilustrador y creador de objetos le sitúan en uno de los puestos más altos del arte español de la primera mitad de siglo XX. Tras una década sin exponer su obra y por primera vez en Madrid, la Galería José de la Mano exhibe 45 excepcionales piezas procedentes de la familia del artista. Retratos, naturalezas muertas -cuyos elementos principales son pipas, libros, botellas, jarras o instrumentos musicales-, desnudos y fragmentos de diferentes partes del cuerpo representan el grueso de la exposición o, lo que es lo mismo, sus diferentes géneros.

Así, la exposición pretende mostrar una retrospectiva que permita definir su posición en el ambiente artístico español de su tiempo, reemplazando así esa idea de artista más conocido en el mercado extranjero, sobre todo francés y estadounidense.

Partícipe del noucentisme, es uno de los seguidores menos conocidos y reconocidos de los realismos de nuevo cuño, preferentemente los de procedencia francesa e italiana, en obras en las que son evidentes aún las huellas del neocubismo, sin olvidar que también formó parte del movimiento surrealista. De hecho, el título de la muestra, Mariano Andreu y los clasicismos modernos, rinde homenaje a esos clasicismos tan queridos por el artista.

La aparición pública de Mariano Andreu comienza en las galerías del Faianç Catalá en 1911 junto a Laura Albéniz, Ismael Smith y Néstor, en una muestra colectiva donde presenta su producción de esmaltes de influencia de fin de siglo, sobre todo decadentismo y simbolismo. Ese mismo año es el momento del lanzamiento oficial del noucentismo, una corriente política, social y cultural de marcados tintes nacionalistas que se oponía al vigente modernismo y que defendía la búsqueda de unos nuevos valores ideales, entre ellos un clasicismo mediterraneísta. Andreu se adaptaría muy pronto al noucentisme; así lo defiende en obras como Retrato femenino, presente en esta muestra actual, aunque su marcha inminente a París y sus viajes a Italia y Munich cambiarían por completo su manera de pintar.

A pesar de ganarse la vida como ilustrador de revistas; como grabador dominando varias técnicas como el aguafuerte y la litografía, y de continuar su labor como esmaltador para orfebrería y joyería, en 1920 se incorpora al discurso de las artes plásticas mediante el retorno al orden, apoyando un nuevo clasicismo con un dibujo alla ingresca o a lo picasiano, con una depuración formal donde precisión, austeridad y pureza son los elementos de su obra. Ejemplos de ello aparecen en los dibujos de esta exposición como Estudio de mano con racimo de uvas (1923) o Desnudo femenino sentado (c. 1930). Así mismo es evidente ese clasicismo con aspectos neocubistas como en Naturaleza muerta (1925) o Estudio para niñas con instrumentos (1926).

Su contacto con Cataluña es constante, así en 1916 participa en la exposición del Saló de les Arts i els Artistes de Barcelona, donde presenta entre otras el retrato de su amigo Manuel Smith vestido de torero (1914), incluido en esta exposición; en 1918 participa en la Exposición promoción de artistas del Círculo de San Lucas, y en 1933 expone individualmente en la Sala Parès.

Pese a todo, el encuentro con ese lenguaje de corte clasicista le deparará más éxitos en París que en Cataluña. Así comienza una carrera imparable de participación en los grandes salones parisinos como el de Otoño en el Grand Palais y el de las Tullerías o en galerías como Graveau (1924), Le Portique (1925), Barbazanges (1926) o Druet (1927-1929 y 1932 y 1935).

Las obras que se presentan en la galería José de la Mano reciben además la influencia de otro de los lenguajes de esos realismos de nuevo cuño, el italiano. En concreto, los viajes de Andreu a Italia le permiten conocer in situ la obra de los primitivos como Signorelli o de contemporáneos como Giorgio de Chirico, máximo representante de la pintura metafísica. Su gusto por la cultura clásica latina, unido a un intenso estudio por lo literario, llena sus obras de escenarios arquitectónicos renacentistas, solitarios, de aire misterioso y perspectivas irreales, donde habitan personajes inquietantes que bailan, tocan instrumentos musicales, beben, se acicalan, se asean… Esos seres, en su mayoría desnudos, evocan la Arcadia clásica. Todo ello con una gran sensualidad, refinamiento y exquisitez en las formas que irán evolucionando, muy pronto, hacia un manierismo donde frecuentemente las extremidades adquieren unas posturas difíciles en cuerpos forzados e incluso artificiales donde los escorzos y los contrappostos son habituales como en Esbozo de desnudo
masculino (c. 1920-1925) o Desnudos (c. 1925-1930).

Su predilección por los artistas del Cinquecento, sobre todo el clasicismo de Rafael o la expresividad de Miguel Ángel, en obras como Estudio de violonchelista (1924) o Retrato de Dante (1925) son tan claras que ya en 1932 el escritor Joan Sacs, seudónimo de Felíu Elías, le definía “como un pintor del Renacimiento pero con un espíritu moderno”. Esa fórmula tuvo un impacto notable en el panorama internacional.

Habría que resaltar, en ese sentido, sus participaciones en Tokio y Osaka (1927) o en la gran exposición de Arte Español Contemporáneo en el Jeu de Paume de París, organizada por la Sociedad de Artistas Ibéricos (1936). En esa misma década también exhibiría su obra en las exposiciones del Carnegie Institute de Pittsburg, además de en grandes capitales como Munich, Londres, Bruselas, Nueva York, Los Ángeles  Buenos Aires.

Posteriormente, su obra se centrará en la escenografía y figurines teatrales aunque su relación con ese mundo ya había comenzado en los años diez. Como escenógrafo triunfó en París y Londres –en los festivales de Stratford-upon-Avon que conmemoraban las obras de Shakespeare-, colaborando con autores como Glinka, Giraudoux o Fokine. De éste último mostramos dos excepcionales ejemplos fechados en 1936.

Me gustaría concluir insistiendo, una vez más, en la gran oportunidad que se nos ha presentado sacando a la luz un conjunto de obras en su mayoría inéditas y reivindicar así un artista casi desconocido pero muy interesante para la renovación del arte español en la primera mitad del siglo XX.

Por último, quisiera agradecer la colaboración y ayuda de la familia del artista así como su constancia y perseverancia por mantener siempre viva la memoria de un gran artista llamado Mariano Andreu.

 

 

Claudio Coello 6 28001 Madrid tel. (34) 91 435 0174 galeria@josedelamano.com