Sebastián Muñoz
Dos academias masculinas: A. Hombre en pie.
B. Hombre tendido
Ver artista
INS.: A: “Sebastian
Muñoz”, “3 Rs” (áng. inf. izq.).
“son dos” (zona inf. dcha.). B: “3 Rs”
(part. inf.) Sanguina y lápiz negro/Papel agarbanzado.
A: 420 × 265 mm. B: 240 × 405 mm
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Sebastián Muñoz fue
un miembro sobresaliente de las “generaciones truncadas”
del siglo XVII madrileño. A juicio de sus contemporáneos,
sobre todo de su biógrafo y compañero Antonio Palomino,
fue uno de los más brillantes pintores en el Madrid de
Carlos II, alcanzando el reconocimiento tanto de la corte como
de sus colegas de profesión. Como años antes Escalante,
Antolínez o Cerezo, Muñoz murió prematuramente.
Esta “regla” no escrita en la dinámica generacional
del Madrid seiscentista, por la que algunos de los valores más
prometedores desaparecían de forma precoz, se consumó
inexorablemente en este discípulo preferido por Claudio
Coello.
Su lugar y fecha de nacimiento son
todavía inciertos. Según Palomino fue natural de
Navalcarnero, pero según propia declaración era
originario de Segovia1. Recientemente se ha sugerido que se trate
del mismo Sebastián Muñoz que en 1670 entró
como aprendiz en el taller toledano de Hipólito Torres,
cuando contaba doce años(2). Curiosamente ese mismo año
están fechadas las primeras obras conocidas de Muñoz,
los retratos del VI conde de Cedillo y su hermana, aunque sería
raro que se encargaran retratos a un simple aprendiz. De ser cierta
la identificación, Muñoz habría entrado en
contacto con Claudio Coello cuando éste trabajaba en la
catedral de Toledo, en 1674. Las primeras noticias seguras sitúan
al joven pintor en el obrador de Coello a fines de la década
de 1670, colaborando con él en las decoraciones efímeras
para la entrada de la reina María Luisa de Orleans (1679).
En 1680 marchó a Italia para completar su formación
en el estudio de Carlo Maratti, la figura dominante en el panorama
artístico de Roma; allí participó en el intento
fracasado de crear una academia de pintores españoles,
que lideró el canónigo Vicente Giner. Al regresar
a España (1684), retomó la relación con Coello,
con quien ejecutó la decoración mural de la iglesia
de la Mantería de Zaragoza. Ya en la corte, inició
una prometedora carrera a la sombra de su maestro, a cuyas órdenes
trabajó en diversos ámbitos del Alcázar de
Madrid. Alcanzó el título de Pintor del Rey en 1688.
Falleció en un accidente mientras restauraba las pinturas
de la cúpula de la Capilla de la Virgen de Atocha, al caer
del andamio en el que trabajaba, cuando rondaba los treinta y
seis años.

Nicola Monti.
Galo moribundo. Roma,
Accademia di San Luca.
Entre las escasas obras que dejó,
además de algunos retratos, destaca el Martirio de San
Sebastián (col. part.) y la inquietante imagen de los Funerales
de María Luisa de Orleans (Nueva York, Hispanic Society
of America). Su producción supone una fusión de
la tradición pictórica vernácula, cimentada
en la simbiosis de lo flamenco y el neovenetismo practicada por
Carreño y Rizi, con el clasicismo romano asimilado en el
círculo marattesco. Buena muestra de ello son los tres
desnudos masculinos conservados en el Museo de los Uffizi(3),
que ofrecen una mayor precisión y apretura en el trazo
de lo que es habitual en los contados estudios del natural dibujados
en Madrid que nos han llegado. Muestra una vibración del
contorneado muy atemperada, si la comparamos con el mórbido
delineado que empleara Carreño en su Cristo desnudo (Madrid,
Prado) o el ágil Desnudo masculino de espaldas de Coello
(Madrid, Real Academia Española de la Lengua). Análoga
impresión dan sus anatomías cuando son traducidas
al lienzo como en el citado Martirio de San Sebastián,
en el que el cuerpo del santo se incurva elegantemente como indudable
eco del mundo visual de Maratti. Sin embargo, esta contención
e incipiente “clasicismo” de las formas no son sólo
achacables a la raigambre romana del aprendizaje del pintor, puesto
que el propio Coello realizó incursiones equivalentes en
el género, como su sereno Desnudo masculino (Madrid, Fábrica
de la Moneda), de apariencia tremendamente similar a las de su
discípulo.
Estas dos academias, realizadas con
sanguina como los ejemplares de los Uffizi, se hermanan directamente
con aquéllos no sólo por la técnica común,
sino sobre todo por la cercanía de su factura. La inscripción
que atribuye la paternidad de una de ellas a Muñoz, añadida
con posterioridad, resulta pues bastante convincente. Dada la
escasez de obras de Muñoz, así como de dibujos de
desnudo españoles conservados, la aparición de dos
piezas inéditas supone un apreciable avance en el conocimiento
del artista, como de los métodos y recursos en la formación
de los pintores del siglo XVII. Además, el contacto con
las academias romanas convierte a Muñoz en nexo y preludio
del dibujo dieciochesco. La sanguina que representa a un Hombre
tendido presenta una clara línea que perfila la silueta,
con un trazo fuerte, repasado sobre los breves líneas que
ocasionalmente se vislumbran, y que inicialmente sirvieron para
tantear el contorno. El sombreado es luego aplicado a través
de breves sucesiones de tenues rayas paralelas, de mayor o menor
espesor según lo acusado de la sombra; aunque luego se
puede difuminar sobre ellas el lápiz arcilloso, acentuando
la mancha de la sombra, siempre se percibe ese rayado que anima
y simula la oscilación luminosa y el volumen. Con ese procedimiento
se ha ido modelando la figura, dotándola de consistencia
y coherencia volumétrica, al proceder la luz de un único
foco localizado a la izquierda. La suave musculatura, plácidamente
presentada, da idea de la carnosidad del modelo, de su naturaleza
y su humanidad.
Pero tal humanidad es en realidad
una “humanización”, porque el artista ha optado
por un modelo de la escultura clásica, ampliamente utilizado
en Europa desde el Renacimiento y manejado en la instrucción
artística aún hoy. La academia de Muñoz representa
al famoso Galo moribundo (Roma, Museos Capitolinos), si bien su
disposición se ha invertido. Esta escultura, copia romana
de un original griego de escuela pergaménica(4), permaneció
en las colecciones de la familia Ludovisi en Roma desde su hallazgo
en el primer tercio del siglo XVII, pasando a las colecciones
del Capitolio en la centuria siguiente. Fue reproducido en numerosas
estampas y dibujos; y se realizaron múltiples copias en
yeso y bronce. El primero de los vaciados que se sacaron fue para
Felipe IV, encargado por Velázquez e incorporado a las
Colecciones Reales. Por tanto, Muñoz pudo acudir tanto
a los grabados, como a la copia conservada en el Alcázar
madrileño, al que tenía acceso a través de
Coello; e incluso pudo tomar directamente sus apuntes del ejemplar
Ludovisi, como uno más de los que acudían a Roma
a ejercitarse en las reputadas obras de la Antigüedad. Optó
por un punto de vista frontal, repitiendo, inversa pero puntualmente,
la postura de los brazos y piernas y el escorzo derrotado del
cuerpo. La posición de la cabeza no permite ver la torques
que rodea el cuello del Galo, ha desaparecido la herida de su
costado y las armas que yacían junto a él se han
simplificado con la insinuación de un escudo circular.
Este recurso, de simular un cuerpo vivo a partir de la falsilla
de una escultura, debía ser habitual en los talleres españoles.
Pacheco y Palomino recomiendan en sus tratados el estudio de las
estatuas, para evitar en lo posible tomar apuntes del natural
desnudo. La desnudez del cuerpo era un tema delicado en el barroco
español(5), sujeto a prejuicios y vedas: los artistas supuestamente
sólo podían acudir al desnudo masculino, al estar
prohibido tomar apuntes de una mujer desnuda.
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Sebastián Muñoz.
Desnudo masculino. Florencia,
Galleria degli Uffizi. |
Sebastián Muñoz.
Desnudo masculino. Florencia,
Galleria degli Uffizi. |
El segundo dibujo parece repetir
el mismo modelo humano, al menos en los rasgos faciales y el peinado.
Pero la anatomía se ha vuelto más poderosa y marcada.
De nuevo se recurre al referente clásico, pues el tronco
parece haber sido copiado del llamado Torso del Belvedere, también
copia romana de una obra helenística. Era una obra de mayor
prestigio e igualmente divulgada y bien conocida de los artistas(6).
Como en el Galo, se ha invertido la disposición del prototipo,
aunque se ha obrado con mayor libertad ya que se trataba de “terminar”
una figura mutilada. Esto explica la desproporción de la
cabeza, pequeña en relación con la mole del cuerpo;
defecto del que también adolece uno de los dibujos de los
Uffizi. La torsión se ha aprovechado y sus “nuevas
piernas” se han colocado en un airoso contraposto acorde
con ella. Así, se ha dispuesto un modelo que bien pudiera
ser estudio para un Cristo atado a la columna o un San Sebastián.
Comparte en todo las características técnicas de
su compañero, con un mayor difuminado de las sombras. Dada
la coincidencia estilística de ambos con las academias
de los Uffizi, quizá podamos concluir que corresponden
al mismo período, tras su relación con Maratti.
ÁNGEL ATERIDO
1 Para la biografía y obra
de Muñoz véase Palomino y Velasco, Antonio. El Museo
Pictórico y Escala óptica. III. El Parnaso Español
Pintoresco y Laureado. Madrid, 1724 (ed. de Nina Ayala, Madrid,
1986, pp. 307-310). Martínez Ripoll, Antonio. “Sebastián
Muñoz, pintor de María Luisa de Orleáns”,
Archivo Español de Arte, 1985, pp. 332-350.
2 Revenga Domínguez, Paula.
Pintura y sociedad en el Toledo barroco, Toledo, 2002, p. 45.
3 Pérez Sánchez,
Alfonso E. Mostra di disegni spagnoli, Florencia, 1972, pp. 111-
112. Pérez Sánchez, Alfonso E. Historia del dibujo
en España, de la Edad Media a Goya, Madrid, 1986, pp. 272-274.
4 Haskell, Francis; Penny, Nicholas.
El gusto y el arte de la Antigüedad. El atractivo de la escultura
clásica (1500-1900), Madrid, 1990, pp. 247-251.
5 Portús, Javier. La Sala
Reservada del Museo del Prado y el coleccionismo de pintura de
desnudo en la Corte Española. 1554-1838, Madrid, 1998.
6 Haskell. Op. cit., pp. 342-346.
Claudio Coello 6 28001 Madrid tel.
(34) 91 435 0174 galeria@josedelamano.com
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