José del Castillo (1737-1793)
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San José
con el Niño Abril 1755 INS.: “J. Castillo m. de Abril.
1755” (áng. inf. dcho.) Lápiz rojo y negro/Papel
verjurado. 370 × 315 mm
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Al madrileño José del
Castillo se le cataloga habitualmente bajo el epígrafe
de cartonista, como un mero ejecutante de modelos para las tapicerías
encargadas por Carlos III para sus palacios, debido a que el grueso
de su obra precisamente lo constituyen los cartones para tapiz(1).
No obstante, dentro de la “constelación” de
talentos que trabajaron en Madrid en la segunda mitad del siglo
XVIII, siempre eclipsados por los historiadores al compararlos
obsesivamente con Goya, Castillo es a menudo ponderado como uno
de los más originales y atractivos. Su apartamiento de
los principales puestos palaciegos, copados por el entorno de
Bayeu y Maella, supuso sin duda una limitación a sus capacidades,
que le obligó a adaptarse a unos márgenes temáticos
estrechos y menos brillantes que los de sus contemporáneos
más afamados.
Su carrera había arrancado
prometedora y precozmente pues, con sólo catorce años,
fue becado por José de Carvajal y Lancaster, Secretario
de Estado, para acudir a estudiar a Roma. Castillo había
aprendido los primeros rudimentos artísticos con José
Romeo, en la Junta preparatoria para la creación de la
Academia de San Fernando. Carvajal era protector de la Junta y
ejerció como mecenas de algunos alumnos aventajados, como
era el caso. En Italia accedió al círculo de Corrado
Giaquinto, pintor en pleno éxito, cimentado en una peculiar
combinación de los hábitos pictóricos romanos
y napolitanos. En 1753 regresó con Giaquinto a España,
al recaer en su maestro los nombramientos de Pintor de Cámara
y de director de la Academia de San Fernando. Bajo su égida
obtuvo sus primeros éxitos académicos y los iniciales
trabajos para la Fábrica de Tapices. Sin embargo, retornó
a Roma en 1758, pensionado esta vez por la Academia, donde permaneció
completando su formación hasta 1764. Al llegar a Madrid
la situación se había transformado sensiblemente,
pues Giaquinto había vuelto a Italia y era el bohemio Anton
Rafael Mengs quien regía en el panorama artístico,
imponiendo doctrinas beligerantes con el barroquismo de su antecesor.
Castillo supo amoldar su estilo al nuevo momento y reemprendió
sus trabajos para las tapicerías reales, participando en
las diversas campañas decorativas hasta 1786, cuando es
desplazado definitivamente por Ramón Bayeu y Goya. Realizó
además algunos trabajos para iglesias madrileñas,
como San Agustín y los menesterosos del convento de la
Encarnación (1771) y el Abrazo de San Francisco a Santo
Domingo de San Francisco el Grande (1782- 83). De hecho, en sus
últimos años esta fue su dedicación principal,
además de algunas decoraciones en el palacio de Floridablanca
y de su limitada labor como académico.
Su peculiar estilo es una síntesis
original entre la exuberancia de Giaquinto y el equilibrio de
Mengs. El uso de tan sutil lenguaje en temas costumbristas, que
eran los habituales de los cartones, dio lugar a refinadas visiones
a medio camino entre lo galante y una cotidianeidad idealizada.
Quizá sea en su producción dibujística(2),
abundante y muy variada, donde se pueda seguir mejor el pulso
de su genio despierto, libre del corsé temático
de los tapices. Sus cuadernos de apuntes, de los que se conservan
tres de su estancia italiana, informan de los modelos habituales
en la educación de los pensionados españoles, como
de las propias preferencias de Castillo. Están repletos
de testimonios de los grandes maestros del Renacimiento y el Barroco;
no faltando un revelador autorretrato en actitud de dibujar.
Este San José, realizado cuando
tenía 17 años, es buena muestra del fuerte influjo
de Giaquinto en su formación temprana. El tipo humano empleado
y la disposición de la figura evocan claramente los modelos
del maestro de Molfetta. Éste se hallaba inmerso ese mismo
año en la realización del fresco de la cúpula
de la capilla del Palacio Real de Madrid(3). Muchos de los santos
que componen la multitudinaria gloria celestial adoptan posturas
similares, reclinados en adoración sobre nubes, que se
pueden poner en relación con este dibujo. La figura de
San Joaquín, en el grupo de la parentela de la Virgen,
recuerda mucho la de este San José, al que pudo servir
de inspiración. Recoge en idéntica posición,
pero volteada, la imagen de un varón togado, arrodillado
en un mullido celaje. Castillo asimiló en su apunte las
señas propias del repertorio giaquintesco desplegado en
la capilla.
El dibujo hace gala de una efectista
sencillez. Sobre el tímido tanteo del lápiz negro,
con el que se han dado las líneas maestras de la composición,
se aplica un lápiz rojo oscuro con el que se reafirman
y dan forma definitiva. Son trazos que tienden a lo rectilíneo,
creando pliegues angulosos y quebradizos. Ocasionalmente se remarcan
para hacer notar los dobleces del ropaje o la superficie nubosa
en la que se asienta. Este manejo abreviado y ágil llega
a su máxima reducción en los rasgos faciales, en
las manos y pies, resueltos con toques cortos bien marcados. Se
estructura siguiendo un esquema triangular, configurada por la
amplia túnica del santo, que no permite ver su anatomía.
Al tiempo que los contados plegados confieren movilidad, creando
un dinámico juego con pocos medios, acentuado aún
más por las sombras. Éstas se adensan en las ropas,
para hacerse más ligeras en el entorno, al distanciar las
líneas que las forman y atenuar la presión sobre
el lápiz.
Técnica y composición
son parejos a los empleados por Castillo en su esbozo de Santa
Cecilia en gloria (Madrid, Prado)(4), dibujado tan sólo
cinco meses antes. Aunque algo más compleja y con mayor
énfasis en la ascensionalidad, es una representación
equivalente en significado y realización. Ambos están
encuadrados y llevan inscritos el nombre de Castillo y la fecha,
con idéntica grafía. No era la primera ocasión
que Castillo realizaba un diseño de San José. En
1751 remitía a Carvajal una imagen de su santo patrón,
sacado de un dibujo conservado en la Academia de San Luca, según
consejo de Giaquinto5. Aunque desconocemos hoy qué aspecto
tenía, es de presumir que se ceñiría a las
directrices de su maestro, como el aquí presentado. En
la Biblioteca Nacional de Madrid se conserva otra versión
de igual temática, más tardía y con técnica
diferente, en la que se evidencia el cambio hacia un concepto
más mesurado de las formas6. Los dibujos tempranos de Castillo
son expresiones de los esquemas propios del Barroco romano, plenamente
asimilados al panorama español de la mitad del siglo XVIII.
No sólo en el aspecto iconográfico o estilístico,
sino en el material, en los procedimientos gráficos para
“construir” eficazmente la imagen. La impronta de
Giaquinto, no exclusiva de Castillo sino compartida por otros
artistas, como Antonio González Velázquez, se establecía
así como uno de los ingredientes fundamentales del arte
cortesano.
ÁNGEL
ATERIDO
1 Sambricio, Valentín.
José del Castillo, Madrid, 1958. Morales y Marín,
José Luis. Pintura en España. 1750-1808, Madrid,
1994, pp. 222-229.
2 Pérez Sánchez,
Alfonso E. Historia del dibujo en España, de la Edad Media
a Goya, Madrid, 1986, pp. 358-360.
3 Urrea, Jesús. La pintura
italiana del siglo XVIII en España, Valladolid, 1977, p.
120. Cioffi, Irene. Corrado Giaquinto at the Spanish Court: 1753-1762.
The Fresco Cycles at the New Royal Palace in Madrid, New York
University, 1992.
4 Pérez Sánchez,
Alfonso españoles. Siglo XVIII. C-Z, Madrid, 5 Urrea, Jesús.
“Pintores Boletín del Museo e Instituto 6 Bray, Xavier.
“Drawings González Velázquez and p. 422.
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