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Antonio Palomino, en su Parnaso Español Pintoresco Laureado, publicado en Madrid en 1724, dedicó una de las biografías a la figura de Juan de Arellano, y por ello pasa en la actualidad por ser la fuente literaria fundamental para el estudio de este destacado pintor; en ella afirma que Arellano fue “tan superior” en la pintura de flores, “que ninguno de los españoles le excedió en la eminencia de esta habilidad”, y es ésa la fortuna que el destino le ha guardado en la historia del arte español.
Nacido en Santorcaz en 1614, pronto quedó huérfano de padre y se trasladó con su madre a Alcalá de Henares, donde entró en el obrador de un hoy desconocido pintor. Allí estuvo ocho años, y a los dieciséis volvió a Madrid, al taller de Juan de Solís, pintor de cierto prestigio que trabajaba para la reina Isabel de Borbón. Se mantuvo los primeros años haciendo trabajos de necesidad, como pequeñas pinturas devocionales y otros encargos de menor empeño, incluso pintando carrozas, hasta que se decidió a encarar la pintura de flores, género en que destacó sobremanera.
En 1639 casó con María Banela; pero escaso tiempo después enviudó, y no dudó en casarse en segundas nupcias con una sobrina de su maestro Solís, de nombre María de Corcuera, con quien tuvo cuatro hijos: una hija, que casó a su vez con el más importante de sus colaboradores, Bartolomé Pérez de la Dehesa; y tres hijos, que también ejercieron la misma profesión que el padre. Los veinte últimos años de la vida de Arellano fueron los más ricos e intensos, pues mantenía “una de las más célebres tiendas de pintura que hubo en esta Corte”, a decir de Palomino, frente a las gradas de San Felipe el Real, institución hoy desaparecida que se encontraba en la actual calle Mayor, cercana a la Puerta del Sol. Allí no sólo se pintaban floreros y fruteros, sino también paisajes, alegorías de los sentidos, cacerías, estaciones, retratos reales e imágenes religiosas, seguramente casi de manera industrial. Ello le permitió vivir de manera desahogada, como muestra el inventario de bienes realizado a su muerte en 1676.
Quizá comenzó, en sus orígenes, copiando floreros de otros pintores, en especial del italiano Mario Nuzzi (1603-1673), a cuya elegancia sumó el rigor de los bodegones flamencos del jesuita Daniel Seghers y de Jan Brueghel de Velours, dos de los grandes maestros del género. A esa simbiosis perfecta añadió después el estudio directo del natural en floreros emparejados o formando series de cuatro, por lo general, donde la ligereza, la variedad y la sutileza son las señas de identidad del modo de hacer de Arellano.
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