Ramón de Zubiaurre nace en Garay, Vizcaya, en 1882. Su padre fue músico, organista de Santurce y maestro de Capilla Real en Madrid. Al igual que su hermano mayor, que también se dedicó a la pintura, fue sordomudo de nacimiento, característica que seguramente les propició una mayor tendencia a la observación del mundo. El trabajo de su padre, hizo que la familia se trasladase a Madrid, pero Ramón nació con problemas de salud y pasó sus primeros cuatro años en Garay, al cargo de una vecina. Esta primera infancia disfrutada en el País Vasco marcará su posterior pintura, siempre repleta de una sensibilidad hacia el paisaje y el pueblo vasco.
Desde muy pronto tuvo claro que quería ser pintor y sabemos que con sólo diez años ya dibuja con Luis Carriedo. Su formación se desarrolla posteriormente con Francisco Aznar en la Escuela Central de Artes y Oficios, hasta que en 1896 entra oficialmente en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando. En ella, puede desarrollar plenamente su aprendizaje pictórico, ya que cuenta con grandes maestros como Carlos de Haes, Moreno Carbonero, Muñoz Degrain y Alejandro Ferrant. Todos los veranos vuelve junto a su familia a Garay, a poner en práctica las lecciones de paisaje al natural y a impregnarse de la sensibilidad de su tierra natal. En 1898 aproximadamente realiza un viaje con su madre y su hermano por Francia, Bélgica y Holanda y en 1902 es pensionado en Paris con una bolsa de viaje por la Excma. Diputación de Vizcaya. Sin duda estas estancias en el extranjero hacen que Zubiaurre abra su mente a las nuevas tendencias pictóricas europeas, como el impresionismo.
Es en 1904 cuando acaba la etapa de formación del pintor, coincidiendo con la obtención de la Mención Honorífica en la Exposición Nacional de Bellas Artes, donde presenta varios lienzos como Retrato de don Juan Mayeras, Retrato del autor o Desde Ondárroa. Desarrolla el género del retrato y en 1911 hace uno de Miguel de Unamuno. Entre 1912 y 1913 vive una temporada en Volendam, Holanda, estancia productiva por la influencia de motivos iconográficos holandeses y sobretodo por su apertura al color. Es en este momento cuando Zubiaurre consolida su estilo, marcado por la influencia tonal del motivo que representa, pero sin olvidar nunca el dibujo. Masas de color que componen grupos de figuras con el uso habitual de perspectivas orientales y cierta ingenuidad en la representación de un mundo que desaparece.
Ambos hermanos asientan su trayectoria en 1915, en una exposición celebrada en las salas de artistas vascos de Bilbao. A partir de este momento las exposiciones se multiplican, coincidiendo con su apogeo internacional. Madrid en 1917 en los salones de “La Tribuna”, y en 1921 exposiciones en Buenos Aires, Montevideo y Rosario de Santa Fe. Al año siguiente participa en la Bienal de Venecia, donde expone su obra Pícaros y Mendigos, obra que pasa al Museo de Arte en Roma. También participa en la Exposición Española de Londres. Se casa en con la chilena Isolina Gallego en 1918, mismo año en el que abre estudio en Madrid.
Es de destacar la obtención de la Primera Medalla en la en la Exposición Nacional de Bellas Artes con el cuadro El marino vasco Shanti Andía, el temerario. En este cuadro se ponen de manifiesto las características del estilo de Ramón de Zubiaurre en este momento; el juego entre las líneas del dibujo y las masas de color, valorando la superficie pictórica como característica esencial. Por otro lado la representación entre etnográfica y costumbrista del mundo rural y tradicional vasco, en un intento que con cierto tinte melancolico, potenciado por el color, trata de representar los tipos y paisajes de un pueblo que conoce y ama desde su infancia.
En la década que va de 1926 hasta la Guerra Civil española, Zubiaurre continúa con numerosas exposiciones nacionales e internacionales, como en Paris, Buenos Aires, Santiago de Chile, Valparaíso, Madrid y Bilbao. Durante la Guerra Civil, dada la escasez de motivos pictóricos y la dificultad de pintar al exterior, Zubiarre hace dibujos sencillos y con pocos tonos, especialmente figuras humanas y retratos, siguiendo con la representación del tipo humano, especialmente vasco, como motivo iconográfico. Después de la guerra vive diez años en Chile, donde continúa pintando retratos principalmente. Vuelve a España en 1951, y retoma los temas populares de fiestas y danzas. Hasta el final de sus días continúa pintando y elaborando con el lienzo y la materia pictórica composiciones que se interpretan en la actualidad como imágenes teñidas de un espíritu que entre humorista y melancólico, nos habla de una sociedad tradicional que definitivamente se ha perdido. Muere en 1969, presintiendo el último suspiro, recoge una caja con tierra de Vizcaya y una bellota de un árbol de Guernica, para ser enterrado junto a ella, y que creciera un árbol sobre él, atento al ciclo natural de la vida y la muerte.